8 días en China: los guerreros de Xian

XI’AN Y SUS GUERREROS DE TERRACOTA
Esta ciudad de 3 millones de habitantes está, sorprendentemente, atestada de turistas (de nuevo en su mayoría nacionales) y se percibe mucha más gente en las calles que en Shanghai. Seguramente sea por todo el turismo que atraen los guerreros de terracota. (Sí quieres reservar con alguna ventaja a través de Booking, sigue este enlace).
Con ellos comienza nuestra visita por la mañana. Hay muchas formas de llegar hasta allí: excursiones organizadas, diversos autobuses… Nosotros escogemos ir por nuestra cuenta cogiendo el autobús 306 en la estación de tren de Xian (Xi’an Railway Station). Cuidado, no confundir con la estación del norte. Lo cierto es que nos resultó facilísimo encontrar el autobús y además salió enseguida, ya que tienen una frecuencia como de 5 minutos. Se paga una vez dentro y el ticket vale un euro. Es la opción más barata para ir hasta el yacimiento arqueológico de los guerreros. Eso sí, hay un poquito más de una hora de viaje.
Una vez allí, no hay filas ni demasiada gente. Mucho turista sí, pero comparado con otros días como el 1 de octubre que es fiesta nacional y donde se han llegado a juntar hasta medio millón de chinos, nada fuera de lo normal.
El recinto se compone de: una zona de jardines a las faldas de las montañas; una carpa con un breve museo donde explican las excavaciones arqueológicas (el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX, por cierto), el contexto del complejo funerario (el más grande del mundo) y se exponen varios guerreros de terracota muy bien conservados para poder verlos de cerca; una carpa con el yacimiento de los altos mandos del ejército de terracota; una carpa con el de los carros de caballo y los arqueros; una última carpa (la más grande e imponente) donde se encuentra el ejército de infantería.
Nosotros le dedicamos a todo algo más de un par de horas. Cerca está también el mausoleo del primer emperador de una dinastía, Qin Shi Huang, quien tras ser coronado a los 13 años, puso en marcha la construcción de semejante tumba, que llevaría 40 años de trabajos. Y se hizo enterrar allí, en torno al año 200 a. C., protegido para siempre por su ejército de terracota. Nosotros, sin embargo, decidimos no visitar el mausoleo, ya que sólo tenemos una tarde para visitar la ciudad de Xi’an y lo preferimos.
Para ser sinceros, el ejército de terracota nos decepciona un poco. ¿Por qué? Simplemente por las expectativas demasiado altas que se crean en torno a algo así. Y seguramente porque en las revistas y en los documentales todas las imágenes nos adentran cuerpo a cuerpo entre los guerreros. En la realidad, dado que los trabajos de excavación y reconstrucción están todavía en marcha (igual han excavado y reconstruido tan sólo un tercio del ejército) el ejército se contempla desde arriba y no se puede ver al completo, ya que las filas de los soldados en formación quedan separadas por los techos hundidos de su enterramiento y las zonas aún sin excavar. Sin embargo, lo bonito y excepcional de esto es que todavía puede verse la realidad del paso del tiempo sobre una joya histórica como esta. Los troncos semirotos de los soldados reposan recostados sobre una pared, los cuerpos fragmentados de los caballos se funden con el suelo… Seguramente volver dentro de 50 años nos dé una imagen mucho más impresionante de un ejército totalmente formado frente a nosotros. Pero ahora mismo el encanto reside en otro punto de vista.
Dedicamos nuestra tarde en Xi’an a visitar la Big Wild Goose Pagode, la Gran Mezquita y la Torre del tambor.
Nos quedamos también con ganas de visitar la Small Wild Goose Pagode, las murallas y la Torre de la campana. Pero, por cuestión de tiempo y por cansancio, lo dejamos así.

 

Excepto para la mezquita, para todo lo demás hay que pagar entrada (30 yuanes en el caso de la torre y 55 en el de la pagoda y sus jardines). Para moverse de la pagoda al centro, donde están el resto de monumentos y calles que visitamos, es recomendable ir en metro. Al fin y al cabo, Xi’an es una ciudad muy grande, de inmensas avenidas interminables, rascacielos, moles de edificios al estilo chino… Y, de nuevo, hay que vigilar las distancias a pie, que acaban siendo muy grandes.
Desde lo alto de la pagoda puede verse toda la ciudad, hasta allí donde se funde en el horizonte, claro.
La mezquita resulta muy curiosa, ya que no es una mezquita «al uso», sino más bien un templo chino en cuyo interior no hay dioses, sino almohadas en el suelo para rezar a otra religión.
La torre del tambor (impresionantes sus luces por la noche, al igual que las de la torre de la campana) tiene un interior precioso con un techo artesonado de madera de colores y decenas de tambores (uno para cada época del año, según ciclos naturales) con los que antaño se daba la hora en la ciudad.
Además, hasta ella suben los ruidos del jaleo de las calles del barrio contiguo (donde se encuentra también la mezquita). Las calles de este barrio (conocido como barrio musulmán), estrechas y llenas de luces, bocinas y gritos, están flanqueadas por puestos callejeros de comida y recuerdos. En ellas puedes ver cosas curiosas (como las patas de patos que venden para comer) y debes acelerar a veces el paso para huir de algunos olores vomitivos que salen de no sabemos muy bien qué producto…
Venimos a Xi’an por los guerreros, pero sin duda la ciudad merece también una visita. Mañana por la mañana cogeremos el tren para llegar por tierra hasta nuestro próximo destino: Pingyao.

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