8 días en China: Pingyao, polvo del desierto

PINGYAO
 
Para viajar a Pingyao cogemos un tren de alta velocidad en la estación del norte de Xi’an y, en unas dos horas, llegamos a nuestro destino.
 
Por el camino vemos un paisaje que bien podrían ser los desiertos y los campos de cultivo de nuestra tierra maña. Nos llama la atención que aquí es casi raro el campo de cultivo que no tiene una o varias tumbas decoradas con artilugios de colores, cruces o una lápida (cada uno lo que pueda permitirse, supongo). ¿Será que aquí es costumbre enterrar a los tuyos en tus tierras, si las tienes?
Otra cosa curiosa es que todos los pueblos campesinos que vemos son pobres. Las casas, de ladrillo, parecen inacabadas, todas iguales, y las calles son de tierra. Eso sí, cada casa se las apaña para tener una puerta grande de madera, con algo escrito en rojo a cada lado y sus dos farolillos rojos de rigor, para dar la bienvenida como es debido.
 
Una vez en Pingyao, cogemos el autobús 108 para acercarnos al hotel. La otra opción era un taxi. Nuestro autobús vale un yuan (mucho menos de un euro), pero el recorrido es largo porque da mucha vuelta hasta dejarnos cerca de la puerta de entrada a la ciudad antigua (casi una hora de viaje). Lo bueno de esto es que nos sirve como tour para ver la auténtica ciudad de Pingyao, donde vive la gente. Eso sí, es fea, fea. Pero fea con ganas. Todo parece un polígono o son torres idénticas de cemento (colmenas para dormir).
De hecho, nuestro hotel (que cuesta encontrar porque el nombre lo tiene sólo escrito en caracteres chinos y porque no esperas encontrarte ahí un hotel) está junto a una gasolinera en lo que en España sería un polígono industrial y no una zona de viviendas. (Sí quieres reservar con alguna ventaja a través de Booking, sigue este enlace).
 
Otra cuestión curiosa de Pingyao son las camas. Por lo visto, no debe de haber camas cuyos colchones superen los dos o tres dedos de grosor. Efectivamente, la nuestra es plana como si no hubiera colchón y las almohadas parecen pequeños sacos de grano, duras como el demonio. Sin embargo, luego no dormimos tan mal como esperábamos.
 
La ciudad antigua de Pingyao es como un museo. Amurallada y gris, cubierta de polvo, contiene en su interior casas centenarias que nos muestran cómo era la vida allí hace unos cuanto siglos, pero ya nadie vive en ella. Sus preciosas casas son museos o están ocupadas por tiendas, restaurantes u hoteles.
 
Ya en el viaje en tren, nos damos cuenta de que todos los parajes desde que salimos de Xi’an parecen estar sumidos en una interminable nube de contaminación, porque el horizonte siempre queda oculto a nuestros ojos, difuminado a poca distancia. Pero al llegar a Pingyao comenzamos a dudar si se trata de eso o de arena o polvo arrastrado por el fuerte viento desde el cercano desierto. Pues esta ciudad está ciertamente cubierta de polvo, por mucho que se esmeren en enjuagar sus calles con las fregonas.
 
Pasear por las calles de Pingyao resulta, por lo tanto, muy curioso. La ciudad tiene cierto aire muerto o triste, pero es, a su vez, preciosa con esas casas y templos grises con complicados techos de maderas de colores y farolillos en sus puertas.
 
¿Qué se puede hacer en Pingyao? Comprar un ticket para ver la ciudad antigua que te permite la entrada a todas las casas-museo, a los templos y subir a las murallas. En las casas-museo no entenderás nada porque está todo en chino, pero verás cómo vivían antes y podrás pasearte por sus patios y jardines.
 
Un consejo para Pingyao: ve con dinero suficiente. Nosotros necesitábamos sacar dinero y perdimos casi dos horas buscando un banco donde poder cambiar nuestros euros. Ningún cajero nos leía las tarjetas ni ningún banco nos cambiaba, todos nos decían que fuéramos al Bank of China, fuera de las murallas y con un buen rato de paseo.
 
 
Ciertamente, por este fallo de cálculo nos faltó algo de tiempo para visitar todos los templos y casas de la antigua ciudad, ya que todo cierra a las 18:00. Pero si no hubiera sido por eso, una tarde entera o un día basta de sobra para ver Pingyao.
 
Al día siguiente pondremos rumbo, de nuevo en tren: a Pekín.

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