Tras el Fuji regresamos a Tokio, que sería ya nuestro destino final del viaje. Esta vez nos alojamos en Shinjuku, para movernos por esa zona y por el barrio de Shibuya.
Llegamos a Tokio al mediodía y, como en Japón siempre hay que esperar a las 15:00 para hacer el check-in de los hoteles, comimos cerca y lo hicimos luego. Así que nos quedaba una tarde para empezar a conocer esta zona de la capital. Decidimos pasarla por Shibuya, así que fuimos a Harajuku y la calle Takeshita, que es una zona en la que abundan las tiendas de ropa de los más diversos estilos, desde el gótico hasta el colorido decora kei, pasando por el cosplay. Además, podrás encontrar también muchas tiendas de ropa vintage y de segunda mano, tiendas de dulces, de recuerdos, de artículos de manga y ¡hasta una churrería! Por lo que el principal atractivo de esta zona es curiosear el lado más «friki» de Japón y observar a la gente que lo frecuenta.
Después de pasar un rato en Takeshita, tomamos la calle de Omotesando para subir al parque Yoyogi. Esta amplia avenida contrasta con el resto de las grandes calles de Tokio, pues, aunque también tiene grandes edificios futuristas, neones y tiendas, tiene árboles que le dan sombra y frescor y, de alguna manera, le conceden un poco de calma. El parque Yoyogi tiene anchos caminos y frondosas zonas de altos árboles, por lo que parece que paseas junto a un bosque en el que no puedes adentrarte. Nosotros tan sólo paseamos un poco por él hasta llegar al templo Meiji Jingu, que era un rincón bonito y tranquilo.






Tras esto, queríamos cerrar la tarde yendo al famoso cruce de peatones de Tokio, así que tomamos de nuevo la avenida de Omotesando y luego nos desviamos por otras calles en dirección a la estación de Shibuya. Tomamos una calle tranquila y peatonal bastante curiosa, llamada Cat Street, con algunas casitas bajas y muchas tiendas de marcas caras. Finalmente llegamos de nuevo a zona de neones de colores. Ahí estaban la estación de metro de Shibuya y el famoso cruce peatonal. Según dicen, hasta 2500 personas pueden cruzar a la vez por este múltiple paso de cebra, que se abre en diagonal y hacia el resto de las esquinas. En realidad, son muchos los cruces de este tipo en Tokio, pero este es el que se ha hecho famoso y ya sabemos cómo es esto de la fama… Se pone el semáforo en verde y una masa de gente se lanza hasta cruzarse en el centro, los turistas se graban cruzándolo… Para ver el espectáculo desde arriba, nosotros (y mucha gente) subimos al primer piso de un Starbucks que hay justo ahí.



Con esto ya habíamos terminado nuestra jornada turística. Sólo quedaba cerrarla con una rica cena de sushi en el Genki Sushi, que está en una de las calles de la zona y es uno de esos restaurantes en los que pides lo que quieres en una pantalla que hay en tu sitio (no hay mesas, sino barras) y tu pedido viene hacia ti por una cinta transportadora. Sobre todo, hay sushi, pero puedes cenar otros platos como soba, ramen, etc. Es un sitio económico, divertido y, además, se puede pagar con tarjeta. ¡Recomendable probarlo!

Con la mañana siguiente comenzaba nuestro último día completo en Tokio y en Japón. Tal y como nos organizamos, creemos que quizás nos sobró un día en Tokio. No es que en Tokio no haya cosas que hacer, pero algunos museos que quizás podríamos haber visitado nos pillaban en zonas lejanas de otras cosas que queríamos ver o estaban cerrados o sin entradas disponibles, el dinero en efectivo y en nuestra tarjeta Suica (necesaria para los transportes urbanos que no fueran JR) se nos estaban acabando y tampoco nos daba tiempo ya de hacer excursiones que seguro que habrían sido interesantes de hacer también. Así que lo que hicimos en nuestro último día en Tokio se podría haber condensado en menos tiempo.
Por la mañana fuimos a conocer la isla de Odaiba. No es que haya gran cosa en esta zona de la ciudad, pero ya sólo las vistas sobre los ríos que se juntan y el perfil de la ciudad merecen la pena si pasas varios días en Tokio y tienes tiempo para ir, pues te dan una perspectiva diferente de la que disfrutas ya sólo con coger la línea de metro que te lleva allí. En Odaiba hay una réplica a pequeña escala de la Estatua de la Libertad y también una playa en la que, todo hay que decirlo, tampoco dan muchas ganas de bañarse, aunque las vistas urbanas desde ella sean bonitas. Hay también varios centros comerciales y en uno de ellos había un concierto al más puro estilo «japo-popero» de las «girls bands» que nos divirtió de lo lindo. También en esta zona está el mercado de pescado de Toyosu, en el que subastan atunes por las mañanas y hay gente que va a verlo, pero no entraba en nuestros planes visitarlo. Cerca también se encuentra el museo Mori Building Digital Art Museum, que debe de ser toda una experiencia para los sentidos y al que nos habría gustado ir, pero ya no quedaban entradas.



Por lo tanto, tras nuestra breve visita a Odaiba, nos fuimos a conocer Shinjuku. En Shinjuku, que es de nuevo uno de esos barrios tokiotas de neones, ajetreo y colores, callejeamos por el barrio de Kabukicho, que es el barrio rojo de Tokio, y por las calles de Golden Gai, que esconden una curiosa zona de bares. Ambas cosas colindan. Sin embargo, nosotros las visitamos por la tarde, cuando en realidad el momento más interesante para vivirlas debe de ser de noche. Los callejones escondidos de Golden Gai parecen una zona de fiesta de minúsculos baretos algo pintorescos enclaustrados en casuchas sucias que parecen chabolas de un barrio pobre. Sólo por entrar, en la mayoría te piden ya que pagues una tasa, así que, entre eso y que casi todo estaba todavía cerrado y medio vacío porque era muy pronto, nosotros no entramos a ningún bar, pero es una zona interesante para ir a curiosearla.
En Kabukicho, además de centros comerciales, cines, restaurantes, establecimientos de Taito y Pachinko (recreativos y tragaperras), hay numerosos locales de dudosa reputación con fotos por fuera de lo que entendimos que son «las señoritas» o «los señoritos» que dentro te harán compañía. Hay también varias calles de los llamados Love Hotels, en los que pagas por horas. No diremos más…








Para cerrar la jornada, nos acercamos al edificio de la Oficina Del Gobierno Metropolitano de Tokio, que tiene dos torres a las que se puede subir gratuitamente para disfrutar de las vistas de Tokio. La verdad es que las vistas nocturnas de la ciudad, con sus luces perdiéndose en el horizonte, no tienen desperdicio.


Y llegó finalmente nuestro último amanecer en el país del sol naciente… Nuestro vuelo de vuelta a casa salía por la tarde, así que teníamos la mañana libre. Decidimos dedicarla a visitar el museo Sompo, que estaba cerquita de nuestro hotel. En este museo de arte contemporáneo se encuentra en exposición permanente uno de los cuadros de los girasoles de Vincent Van Gogh y, en esta ocasión, había una exposición temporal de un artista japonés del siglo XX al que no conocíamos: Yamashita Kiyoshi. La verdad es que nos gustaron mucho sus obras y nos pareció un gran descubrimiento.
Tokio se despidió de nosotros con una gran tormenta. Y nos fuimos de esta isla del Pacífico tan verde y tranquila dejando atrás a sus templos dormidos entre los húmedos bosques y el arrullar místico de sus pájaros. Sayonara, Japón.
Muy recomendable, para este y cualquier otro viaje coger seguro, para cualquier imprevisto que pueda surgir. En nuestro caso, ultimamente, siempre con HEYMONDO. Sí queréis un descuento del 5% sólo tenéis que pinchar en el enlace.

