CUBA, La Habana, Cienfuegos, Trinidad y Cayo Santa María

Este verano, por fin, tras un juego de indecisiones, a última hora decidimos hacer ese viaje tan esperado: ¡Cuba!

Para ponernos en antecedentes en cuanto a alojamiento y gastos: el año pasado vinieron a Cuba unos amigos y nos recomendaron una casa particular para alojarnos, así que nos pusimos en contacto con Raquel (la casera) y nos alojamos con ella en La Habana. Además, ella nos ayuda y nos reserva también alojamiento en casas de conocidas para nuestras noches en Cienfuegos y Trinidad. En Cuba abundan las casas de particulares que tienen una o dos habitaciones habilitadas como una pensión para alojar huéspedes. Suelen costar 25 Cucs  (para dos personas) y te dan siempre la opción de pedir desayuno por 5 Cucs por cabeza. Los desayunos son muy completos, siempre te ofrecen té, café, leche, frutas (guayaba, papaya, mango, plátano, piña…), zumo natural, tostadas y huevos. La verdad es que, por lo que vamos aprendiendo más adelante de las cosas que nos cuentan los cubanos a lo largo de nuestro viaje, quienes alquilan habitaciones y los conductores de taxi viven bastante bien… Hay que tener en cuenta que, por lo que nos cuentan, un médico está ganando en torno a 25 Cucs al mes, y muchos trabajadores sólo ganan 9. Sí, resulta imposible imaginar cómo pueden vivir con eso. No obstante, tampoco hay que olvidar que en Cuba hay dos monedas: los Cucs (para los turistas, a quienes todo nos resulta más caro) y los Cups (los pesos cubanos para los cubanos). Para hacernos una idea, 1 Cuc son unos 25 Cups. Y el cambio en el momento que fuimos era de 1€ mas o menos a 1,15 CUC o unos 20€, 25 CUCs, para que os hagáis una idea.

En fin, comencemos con nuestro viaje. Al aterrizar en La Habana por la noche a nosotros nos esperaba un taxi que venía de parte de nuestra casera y que nos cobró 30 Cucs para llegar hasta la casa (en el centro de La Habana, junto al Capitolio). No hay transporte público para moverse desde el aeropuerto, ha de ser en taxi. Si pides que te espere un taxi a tu llegada, hay que tener en cuenta que es posible que entre maletas, controles, etc. tardes cerca de 2 horas en salir. También tuvimos que cambiar algo de dinero y la verdad es que el cambio no está mal en el aeropuerto (al día siguiente en la ciudad cambiamos algo mejor pero nos comimos una fila de hora y media para hacerlo), así que puede ser una buena idea hacer ya todo el cambio allí de una vez para evitar perder el tiempo.

LA HABANA, ELEGANTE DECADENCIA

Día 1.

Amanece nuestro primer día en La Habana y lo primero que hacemos es acercarnos al Hotel Plaza para comprar los billetes de autobús a Cienfuegos, a donde queremos ir dentro de tres días. Lo hacemos con Transtur y nos cuesta 22 Cucs por cabeza.

Después necesitamos cambiar dinero, por lo que preguntamos por una Cadeca (Casa de Cambio) cercana y con esto casi termina nuestra mañana, pero tenemos los deberes hechos y ya podemos visitar tranquilos La Habana Vieja.

Nuestro paseo por esta zona empieza por la calle Obispo, arteria principal del barrio y encabezada por El Floridita, según Hemingway, el bar donde sirven los mejores daiquiris, pero que con ese ambiente tan chic no nos invita a entrar.

La calle Obispo está plagada de bares, tiendas de recuerdos y gente. Andamos toda la calle desembocando en la Plaza de las Armas y el Castillo de la Real Fuerza (al que no llegamos a entrar). El hambre ya aprieta, así que volvemos a un paladar (así llaman a algunos restaurantes en Cuba) que nos había llamado la atención. Es el Paladar Pucho, donde por 12 Cucs cada uno tenemos menú completo. Elegimos langosta en salsa y ropa vieja, ambos platos (como todos los platos cubanos) siempre acompañados de arroz y plátano frito. Además nos tomamos nuestro primer mojito cubano.

En Cuba, por lo que vemos, prácticamente todos los bares y restaurantes cuentan con un grupo de músicos que te deleitan con su ritmo. Eso sí, luego siempre pasan el cestillo para que les des una ayuda. Si eres amante de la música no te importará colaborar por esos regalos para los oídos.

Continuamos nuestro día callejeando por La Habana Vieja, que entre las casas que reflejan un esplendor pasado y un presente decrépito y destartalado, nos deja una sensación de contradicción: fachadas de colores desconchados, antiguos palacios sin techo, con ventanas que miran hacia un interior vacío y hacia una calle llena de gente pobre, balcones agrietados donde crecen los árboles y casas a punto de caerse que albergan estrechas y sucias escaleras y familias enteras que viven como en cuevas oscuras. Por donde quiera que pasees, ves puertas abiertas y, al otro lado, familias cubanas que descansan o ven la tele sentados en las sillas o mecedoras (nada de cómodos sofás) en esa especie de salones que tienen donde los españoles tendríamos la entrada de casa. La intimidad parece no importarles en absoluto. Tan sólo pasando frente a sus puertas o ventanas abiertas de par en par puedes ver sus vidas. Pronto te das cuenta de que, en realidad, están más en la calle compartiendo su tiempo con los vecinos que dentro de sus casas, lo cual también es comprensible viendo por encima lo incómodas y oscuras que son, por no hablar del calor que debe hacer dentro si carecen de ventilador. La Habana, en general, nos parece terriblemente pobre. Más de lo que esperábamos.

Nuestro paseo, entre muchos rincones, pasa por la Plaza de la Catedral, con una iglesia diferente a las demás que veremos por Cuba (esta es de piedra y muy bonita) y una plaza con pórticos y palacios coloniales con hermosos patios. En los pórticos hay varias adivinas a las que puedes preguntar por tu futuro, entre ellas la Señora Habana. Nosotros sólo las observamos de lejos…

Nuestros pasos nos llevan hasta la Plaza Vieja, donde por 2 Cucs por persona visitamos la Cámara Oscura. Se trata de un artilugio ideado por Da Vinci, gracias al cual, a través de un sistema de espejos, metidos en una pequeña habitación oscura podemos ver toda la ciudad en tiempo real. Sólo hay 5 artilugios como este en todo el mundo y este en concreto, regalo de la Diputación de Cádiz, es el único que se halla en América. Es recomendable venir el primer día, porque con los espejos obtienes una idea global de la Habana Vieja, ya que la encargada te va explicando lo que ves en el perfil de la ciudad. Además, el sitio es increíble. Tiene una azotea desde la cual puedes contemplar toda la ciudad, aunque se pierde en la distancia. Y no exagero si digo que las vistas te dejan con la boca literalmente abierta. Parece que la ciudad acabase de sufrir una guerra, con todas esas ruinas, pero al mismo tiempo está llena de color y de ritmo. Como nos dice un cubano en este viaje: No intentéis entender mi país.

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Desde la azotea nos explican que abajo en la plaza hay un bar que fabrica su propia cerveza. Al bajar vamos allí, pero después de esperar media hora sin que nos sirvan y de discutir con la camarera, nos vamos indignados sin poder probar su cerveza. Nos sorprende lo maleducados que están siendo con nosotros muchos cubanos (sin olvidar que muchos otros están siendo muy amables y simpáticos). Pero parece que en el sector servicios incluso entre ellos muchas veces se tratan con cero simpatía, algo que no esperábamos, la verdad.

Queremos pasar al otro lado de la entrada de mar para ver la fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el Castillo del Morro. Así que cogemos un ferry para cruzar a Casablanca. Una vez al otro lado caminamos y caminamos bajo un sol que no tiene piedad. Pasamos junto a una zona militar y junto a la fortaleza, a la que no entramos. Por fin llegamos al Morro. Allí nos sentamos en un muro sobre el mar a descansar nuestros pies molidos. La naturaleza nos regala una tormenta acercándose sobre el océano. Volvemos en un autobús urbano que cruza en mar por un túnel para evitar repetir un paseo tan largo o un taxi que nos ofrecen por demasiado dinero.

Empieza la lluvia. Ha llegado la tormenta. Nos cobijamos entre las calles de La Habana Vieja y hacemos una parada en un bar para tomarnos una cerveza y un mojito. Aunque lo cierto es que cada vez que llueve en Cuba se agradece la lluvia sobre la piel. Damos después un último paseo por el barrio antes de ir a cenar. Pasamos junto a los muros del convento de San Francisco de Asís, ya cerrado, pero por sus ventanas se ven oscuros pasillos que parecen interesantes para visitar. Cenamos en la Plaza Vieja, en un restaurante que se llama La Vitrola, donde probamos “tapas” cubanas: tamales, que no no nos gustan para nada, frituras de malanga y tostones (que es plátano frito) con ropa vieja (carne de ternera). Por supuesto, no faltan los músicos amenizando la cena. Después de cenar buscamos algún lugar donde tomar algo, pero entre que estamos molidos, que los bares cierran pronto y que los pocos que hay con buen ambiente están demasiado llenos, decidimos que será más productivo irse a casa a descansar.

Por lo que nos contaron y hemos podido comprobar, la verdad es que La Habana es una ciudad segura, no hemos tenido ningún problema, no hay robos. Pero sí usan mucho la picaresca, en los bares hay que comprobar la cuenta para que no haya un refresco o cerveza de más, si te dicen que les saques unas fotos luego igual te piden dinero… Pero con el tiempo te vas dando cuenta de quién se acerca por interés  y quién por curiosidad.

Día 2.

Hoy nos levantamos sin prisa. Los deberes son conseguir Internet porque tenemos un asunto urgente que mirar. Parece una tontería, pero no es tan fácil conseguir conectarse en Cuba. Ningún bar ni restaurante tiene Wifi y para conseguirlo hay que comprarse una tarjeta con un código que te da para conectarte una hora. Estas tarjetas en algunos lugares (como veremos en Trinidad) te las ofrecen por la calle y en otros te las venden en hoteles. El precio varía mucho, por ejemplo en el hotel donde nos hospedamos en Cayo Santa María las venden por 1 Cuc, mientras que la que conseguimos comprarnos en La Habana nos costó 4,5 y en otros nos pedían hasta 8 por la misma. Así pues, en La Habana tuvimos que vagabundear un rato de hotel en hotel porque a veces sólo se las quieren vender a sus clientes, hasta que conseguimos comprarnos una en el Hotel Telégrafo (junto al famoso Hotel Inglaterra).

Después de nuestro momento de conexión con el resto del mundo, volvemos a sumergirnos en la desconexión de nuestras vacaciones en Cuba. En lo que queda de mañana, decidimos visitar el Museo de la Revolución. La entrada cuesta 8 Cucs y resulta muy interesante. Explica todas las fases y batallas de la revolución cubana y hay muchísimas fotos del último siglo de historia en Cuba. Es gracioso leer algunas frases visiblemente subjetivas para describir hechos históricos que sólo un régimen comunista podría colgar en un museo, así que supongo que conviene no tomarse al pie de la letra todo lo que nos vayan a contar los letreros.

Por la tarde enfilamos las callejuelas del barrio chino, que está cerca de donde nos alojamos. La verdad es que de barrio chino no tiene más que algunos restaurantes chinos. Pero nosotros decidimos perdernos por sus calles hasta llegar a la Universidad de La Habana y la verdad es que el largo paseo que damos nos resulta muy enriquecedor. Poco a poco nos damos cuenta de que nos estamos metiendo en un barrio mucho más auténtico que la Habana Vieja. Las casas y calles ahora sí se ven totalmente tercermundistas, aunque siguen en la misma línea: esa mezcla de colores y ruinas habitadas. Vemos que la gente que vive allí también está muy echada a la calle. Por aquí no vemos bares ni tiendas, más que al cruzarnos con alguna calle principal, pero sí vemos muchas tiendas de las cooperativas donde ellos compran con las cartillas de racionamiento.

Llegamos a la Universidad, que está vallada y no podemos ver más que desde fuera. Cansados, nos sentamos un rato en sus escalinatas, para luego proseguir la marcha hacia el Malecón. El Malecón tiene fama de ser el lugar de fiesta para los cubanos (de ahí lo que dice la canción “hasta que se seque El Malecón”), pero llegamos y no es para nada lo que imaginábamos. Nada de paseo marítimo ni bares al otro lado… Nada. Sólo una acera con el muro del malecón (que será donde se sientan a beber y charlar los cubanos por las noches, esto, por cierto, se puede deducir por la cantidad de latas y botellas que se amontonan en las rocas bajo el malecón ). Enfrente hay un montón de carriles con mucho tráfico. Y al otro lado nada, más edificios ruinosos y en algunos casos ni habitados. De modo que nos decepciona un poco. Eso sí, hemos de decir que los dos días que nos acercamos por la zona son horas tempranas. Como la noche siempre nos pilla muy lejos, lo cierto es que al final no nos acercamos ninguna noche a conocer esa famosa zona de fiesta.

Ya volviendo hacia la Habana Vieja, entre algunas calles aún cerca del Malecón, Rafael, un cubano sin tapujos con ganas de charlar con alguien que le invite a un trago, se nos presenta y comienza a darnos conversación. Nos habla del callejón de Hamel. Allá que vamos con él.

El Callejón de Hamel funciona como una gran galería urbana de las tradiciones folclóricas heredadas por Cuba. Te será fácil de encontrar, pues se ubica justo entre las calles Aramburu y Espada, muy cerca de la siempre transitada calle San Lázaro. La creación de este espacio se debe al pintor, escultor y muralista cubano Salvador González Escalona, quien ha convertido en un gran mural las paredes de esta calle. Aquí los artistas llenan de colores cada rincón de los edificios, y grandes y extravagantes esculturas te dan la bienvenida. La verdad es que el callejón es todo arte y color. En el epicentro tiene un bar y un dicho (aproximado, no recuerdo muy bien): “quien venga al callejón y no se tome un negrón, no sólo es tonto, sino además un cabrón”. Así que, obviamente, nos tomamos un negrón con Rafael, que mientras tanto nos ameniza e ilustra contándonos sobre Cuba. El negrón cuesta 5 Cucs (muy caro), pero merece la pena, ya que el encuentro con Rafael y con el callejón nos resulta muy interesante.

A las 21:00 lanzan un cañonazo desde la Fortaleza de San Salvador (al otro lado del mar frente a la Habana Vieja), que en sus tiempos servía para avisar de que se cerraban las puertas de la muralla de la ciudad y que se echaba la cadena para cerrar el puente. Andando tranquilamente por El Malecón al atardecer, llegamos hasta situarnos frente a  la fortaleza para escucharlo.

Encontramos una sandwichería muy barata, fresquita y rica para cenar, pero en ella nos pasa algo que nos volverá pasar en varios restaurantes y tiendas más durante nuestro viaje: que no les queda prácticamente de nada. No les queda pasta, no les quedan pizzas, no les quedan refrescos, no les queda agua… Parece una broma pero es real. No se están quedando contigo, es que no les queda. A veces en Cuba no puedes conseguir lo que quieres, y no es por cuestión de dinero, así que conviene tenerlo en cuenta.

Aún no hemos ido al famoso bar de La Bodeguita del Medio, donde Hemingway se tomaba sus mojitos favoritos (por eso ahora está siempre lleno de gente y los mojitos cuestan 5 Cucs), pero esta noche lo conocemos. No está mal, pero tampoco es el mejor bar del mundo.

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Día 3.

Lo primerito hoy en el orden del día es una visita a la Plaza de la revolución. Como sabemos que luego vamos a patear pero bien, cogemos un taxi (más o menos desde el Capitolio) y sólo cuesta 3 Cucs. En la plaza, bajo el sol abrasador, no aguantas mucho rato. Obviamente, es un espacio abierto enorme pensado para dar grandes discursos a las masas. Y no hay nada más. Nos hacemos unas fotos con los retratos gigantes de Camilo Cienfuegos y el Che que vigilan desde las fachadas de dos edificios. Hay también un monumento a José  Martí con un museo para el que hay que pagar y al que no entramos.

Comenzamos entonces nuestro camino al Cementerio Cristobal Colón, que está más o menos cerca. Llegamos ya muriendo de sed y de calor (en ese barrio no encontramos ni un mísero puestecito para comprar un refrigerio). Por fin atravesamos los muros del gigantesco cementerio y ¡oh, sorpresa! Hay que pagar 5 Cucs de entrada si no tienes ningún muerto al que ir a llorar allí. ¡Ni de coña! Indignados nos damos media vuelta. Pues vaya paseíto de la muerte que nos hemos dado en balde…

Comienza ya, por lo tanto, nuestra ruta a pie por el barrio de planta cuadriculada de El Vedado. Este es, sin duda, un barrio con personalidad. Las calles no tienen nombre, sino que están todas numeradas, y las casas son señoriales (seguramente antiguos palacetes coloniales) e inspiran el esplendor de una época anterior que ya quedó muy atrás. Hoy en día sólo son palacios decrépitos, con imponentes porches de columnas rajadas y balcones de pinturas desconchadas donde vive una gente tan pobre que uno nunca habría imaginado habitantes de un palacio. Son una estampa curiosa esas ancianas negras y pobres descansando en su porche colonial. No nos cruzamos con ningún otro turista por este barrio y, de hecho, al comprarnos unas aguas en una de las escasas tiendecitas que hay en El Vedado, nos dan las vueltas en pesos cubanos (esta moneda prohibida al turista que nos guardaremos de recuerdo). Paseamos por esas tranquilas calles también llenas de árboles frondosos y coches cubanos a cada lado, hasta darnos de bruces con el malecón. Allí entramos a una licorería y nos compramos algo de ron y unos puritos y puros sueltos. El hijo de nuestra casera nos había comentado que él podía conseguirnos puros baratos de una cooperativa (ojo con esto, que también te ofrecen por la calle llevarte a una cooperativa, pero los propios cubanos te cuentan que suelen timarte). Pero a pesar de que nos hacía muy buen precio, sólo los venden por cajas grandes y a nosotros no nos interesaba comprar tantos.

En una especie de pequeño centro comercial (Galerías Paseo) con escasas tiendas, la verdad, descubrimos el Jazz Café, que tiene vistas al Malecón y aire acondicionado (aunque a estas horas por desgracia aún no tiene jazz en vivo, pero sí por las noches), así que hacemos una parada para descansar y tomarnos algo.

Más tarde recorremos parte de la Avenida de los presidentes. En el centro tiene un paseo peatonal con jardines y estatuas de presidentes, pero poca cosa más.

Buscando un sitio para comer entramos en el restaurante La Torre, en una planta 33 con impresionantes vistas y precios en consonancia con su altura. Finalmente comemos en La casona de 17, allí probamos unas brochetas de pollo y unas costillas de cerdo con miel deliciosas. Mientras degustamos el menú prácticamente solos en el restaurante, tres músicos tocan música cubana casi como en un concierto privado.

Con la panza llena, continuamos el camino bajo el sol abrasador. Asomamos de nuevo al Malecón para coger la avenida de La Rampa. En ella hay mucho más bullicio que en las calles residenciales de El Vedado, que dejamos atrás. En La Rampa hay lo más parecido a centros comerciales que podamos encontrar en La Habana, cines, bares, restaurantes… Y una heladería que tiene todo un imperio en un parque y para la que la gente hace fila : la heladería Coppelia. La avenida tiene mucha vida cubana, pero no es especialmente bonita y el sol pega que da gusto, así que tras andarla un poco, preferimos volver a desviarnos y callejear en dirección al centro de La Habana. Llegamos ya con los pies molidos y buscamos La Casa de la Música, por lo visto una famosa sala de fiesta con música en vivo. Son ya más de las 18:00, por lo que en teoría, según nos han dicho, debería estar abierta ya. No obstante, parece que no tenemos suerte y no vamos a poder entrar a ninguna sala de espectáculos cubanos, porque está cerrada por obras. No obstante, la calle en que está (calle Galiano) no deja de ser interesante, con edificios modernistas o palacios coloniales que sólo conservan los muros decadentes.

De modo que, como nuestras piernas no pueden más y queremos sentarnos a tomar algo, nos vamos al Café París (de nuevo Habana Vieja). Lo cierto es que los músicos esta vez sólo tocan a ratos y encima protestan por el dinero que se les da o no se les da cuando pasan el cesto. Además, aunque la comida está bien de precio, tomarse un mojito o una cerveza no sale nada barato. Por lo menos estamos muy a gusto descansando a la sombra, con la brisa del atardecer y observando a todos los viandantes que bajan por la calle Obispo, así como a los animados músicos que lo dan todo en una terraza un poco más adelante. Un dibujante a la caza del turista nos entrega dos caricaturas que nos ha hecho sin que lo supiéramos. Es la segunda vez que nos pasa ya y esta vez estamos de buen humor así que le damos algo y nos las quedamos de recuerdo. Músicos, caricaturistas, guías, las mujeres que te ofrecen papel en los baños… En Cuba, como bien nos dijo Raquel nada más llegar, la gente no te atraca, te roba legalmente.

CIENFUEGOS

Día 4.

Nuestro cuarto día en Cuba comienza con el viaje en autobús a Cienfuegos. Esta ciudad costera del sur es la única que fue fundada por franceses (en vez de por españoles, como el resto de ciudades cubanas) y por lo visto tiene una arquitectura diferente que le da personalidad.

Al llegar, un cubano nos espera (de parte de nuestra nueva casera) y nos lleva, andando, hasta nuestra nueva casa, que está a sólo unas cuadras, como dicen aquí, del hotel donde nos deja el autobús. Apenas dejamos en ella nuestros bártulos, nos vamos como siempre a dejar hechos nuestros deberes, pues mañana temprano queremos viajar de nuevo, esta vez a Trinidad. Así que vamos a la estación de autobuses para coger un autobús de línea.

La estación es un desastre. No corre el aire y nada más entrar te derrites (por cierto, en Cuba conviene tener siempre a mano un abanico) y la sala de espera para comprar los billetes está a rebosar porque es la pausa para comer y no hay nadie atendiendo (ni horario que indique a qué hora volverán a abrir las taquillas). Después de esperar como media hora, pasa alguien que nos dice que aún queda casi una hora para que abran, así que nos vamos a comer algo cerca entre tanto. Al volver después, la taquilla sigue cerrada pero la fila se ha quintuplicado. Para colmo, cuando abren empiezan a pasar a todo el mundo por delante nuestro porque, tal y como funcionan allí las cosas, no se pueden comprar por adelantado los billetes, sino sólo reservar, por lo que hay que comerse la fila dos veces: primero un día para reservar (importante porque los buses realmente se llenan) y luego en el mismo día hay que ir media hora antes de la salida del bus para hacer el check-in. Así que no nos atienden hasta que ya ha pasado todo el mundo que estaba para el check-in. En fin, un desastre. Hay que armarse de paciencia (o concertar con alguno de los taxistas que abundan en la zona un taxi colectivo, que cuesta prácticamente el mismo dinero).

Así pues, ya por la tarde comienza nuestra visita de Cienfuegos. No hay problema, porque la ciudad (el centro, claro, ya que en las afueras se ven aún un montón de barriadas pobres) se visita en una tarde.

Esta vez, por cierto, cambiamos dinero en una Cadeca que tiene el cambio mejor que en La Habana y nada de fila.

Visitamos las dos avenidas principales de la ciudad, que esta vez son más similares a cualquier ciudad costera occidental, con paseos peatonales, tiendas y supermercados y elegantes casas bajitas (por supuesto de colores, aunque más suaves que en La Habana y Trinidad). Esta ciudad no parece ya tan pobre como La Habana. Ya no se ven  por el centro casas a punto de caerse o fachadas desconchadas habitadas por la gente, y todo da la impresión de estar más limpio y cuidado.

Visitamos también la plaza José Martí, con la catedral de la Purísima Concepción y su estilo colonial, los edificios del Ayuntamiento, el Palacio de Gobierno, el Palacio Ferrer, el Arco del triunfo y el Teatro Terry.

Desde esa plaza baja una calle con mercadillos de recuerdos que da al edificio de la aduana. Junto al edificio de la aduana, cerca del agua, hay un chiringuito que prepara unas parrilladas buenísimas por muy buen precio (allí cenaremos).

Bajo el sol abrasador comienza nuestro paseo por el laaaaargo malecón que termina en Punta Gorda. Necesitamos hacer una paradita en un bar para no morir de insolación. Tranquilos, te ofrecen mil taxis, por si no sois tan masocas como nosotros, pero la mayoría son esa especie de tuk-tuks en los que te lleva un tío pedaleando que apenas va más rápido que tú andando, y la verdad es que con esta calorina da un palo pedirles que carguen contigo…

Por fin, muy al final de Punta Gorda (realmente en la punta), encontramos algo de vidilla. Un pequeño oasis. Hay un parque donde las familias locales van a pasar la tarde, a tomar algo, a merendar frutas, beber ron y bañarse en el mar. No hay playa, pero hay un par de rincones de baño de roca con fondo de arena que están bastante bien. Y ahí están todos a remojo. Sentados en un murete a la sombra refrescante de los árboles, mirando a la gente bañarse mientras nos tomamos una cerveza, nos hacemos amigos de un cubano y su mujer belga que están comiendo jamoncitos. Descubrimos este curioso fruto que se come como un caramelo (es carnoso y muy dulce, y hay que chuparlo dentro de la boca) y que los cubanos comen como nosotros las pipas, tirando las cáscaras al suelo. Así que intercambiamos con nuestros nuevos amigos jamoncitos por tabaco de liar. Desde luego, el mejor momento en Cienfuegos.

Poco antes de cenar volvemos a la plaza y, para nuestra sorpresa, en un rincón hay una calle llena de cubanos tocando música (ya desde lejos suena casi a charanga) y niños bailando. Nos damos cuenta de que están ensayando para el carnaval, que es dentro de unos días, así que nos quedamos a cotillear y a acompañarles en su ensayo de pasacalles un rato.

TRINIDAD, LA PERLA DEL CARIBE

Día 5.

Para viajar a Trinidad, primero tenemos que volver a tragarnos una fila caótica en la estación de autobuses para hacer el ckeck-in. No obstante, menos mal que ya teníamos los billetes porque el autobús se llena. El viaje desde Cienfuegos es corto (hora y media aproximadamente) y cuesta sólo 6 Cucs. La casa en la que dormimos durante los próximos días está en la misma calle de la estación, perfecto para no andar con los bultos entre las calles empedradas de Trinidad y bajo el sol húmedo de Cuba.

Antes de empezar nuestra jornada, nada más bajar del autobús en Trinidad, como siempre nos compramos los billetes para ir a Cayo Santa María dentro de dos días. Y ¡menos mal, porque nos dan las últimas dos plazas!

Trinidad es una pequeña ciudad (o pueblo, porque realmente la zona que visitas no es mucho más grande) hecha para callejear tranquilamente y perderse en ella. Hay que absorber todo el color y la música de sus calles. En nuestro callejeo entramos al Museo Nacional de la Lucha Contra Bandidos. Es del estilo del Museo de la Revolución de La Habana, así que lo visitamos muy por encima. Pero lo que realmente merece la pena es subir a su torre y disfrutar de las vistas: las casitas de colores se pierden poco a poco bajo la maleza conforme la ciudad avanza, a un lado se levantan no muy lejanas unas montañas selváticas y, de frente, tampoco muy lejos, delinea el horizonte el mar. Abajo en la plaza se oye a unos músicos que tocan para varias parejas que bailan.

Trinidad es turístico, sí, pero también es precioso, el lugar que más nos gusta de nuestro viaje. No obstante, como todo lugar turístico, está lleno de tiendas de recuerdos, restaurantes con comerciales que te dan el coñazo… y demás. Por la noche hay una plaza con unas escalinatas que suben a la Casa de la Música (que es como una sala de conciertos) y todos los turistas de Trinidad se concentran en ella. Por cierto, en esta ciudad vemos también bastante turismo nacional. La cuestión es que de día tomarse algo en la terraza de la Casa de la Música es gratis, pero de noche hay que pagar un poco y hacer algo de fila. De todas formas, para quienes no vemos muy claro lo de entrar, existe la posibilidad de tomarse unos mojitos en la plaza, ya que la música se oye igual.

Además del callejeo, en Trinidad hay también varias galerías de arte escondidas en antiguas casas palaciegas de patios abiertos que nos gustan mucho. También se puede visitar la catedral. De todas formas, los encantos de Trinidad pueden verse en un día, así que hemos reservado una excursión en tren a la mañana siguiente para ir al Valle de los Ingenios. Como queremos ubicar la estación del tren (sólo tienen este tren, que es para el recorrido turístico), bajamos hasta encontrarla por las calles que ya no forman parte del casco histórico. Aquí las calles ya no son empedradas y las casas vuelven a verse más pobres, aunque no tanto como en La Habana.

Día 6.

Hoy volvemos a levantarnos con despertador, porque tenemos que coger el tren al Valle de los Ingenios (que cuesta 15 Cucs). ¡Ingenuos de nosotros! Pensábamos que, al haber también excursiones al valle en autobús que hacen más paradas y llevan un guía, el tren no iría muy lleno. Pero al girar la esquina y verlo ahí esperando… ¡ya no cabemos casi ni de pie! Afortunadamente, los conductores se dan cuenta de que nos iban a llevar como al ganado y nos enganchan otro vagón. Todo muy rústico: el trenecito de carbón (te vas comiendo todo el humo), abierto, lento, con unos cruces de las vías con los caminos en los que la gente debe asomarse para ver el tren… Esto último lo vemos por toda Cuba y de verdad que más vale saberlo, porque por el estado de las vías uno diría que están abandonadas.

En nuestra opinión el paseo en tren es muy recomendable. Después de cruzar alguno de estos puentes estrechos de madera que parecen de película, se abre ante ti un paisaje selvático con las montañas escarpadas al fondo y un verde valle de campos de caña de azúcar. Este era, antaño, el negocio de la zona, hasta que les surgió competencia en el resto de Cuba y del mundo.

El tren hace una parada en Manaca Iznaga, que es un pequeño pueblecito con una torre a la que se puede subir para contemplar el valle azucarero a vista de pájaro. Después el tren vuelve a ponerse en marcha para llevarnos al final del recorrido: la antigua fábrica azucarera de FNTA. Es interesante pero hay poco que ver. Las ruinas de la fábrica son ahora un pequeño museo y puedes pasear entre ellas y cotillear los antiguos libros con los datos de los trabajadores, de las máquinas, etc. Tras esto, el tren emprende su vuelta a Trinidad. La excursión dura en total unas 5 horas.

En Trinidad comemos en un restaurante recomendable llamado Las Botijas, decorado con grilletes de esclavos y donde por la noche hay buena música hasta tarde (y fila de espera, por cierto).

Al mediodía cae una de estas típicas tormentitas tropicales y la tarde se queda más fresca. Aún así, seguimos con nuestro plan: nos vamos a la playa de Ancón a darnos nuestro primer baño en el Mar Caribe. En taxi está a unos 10 minutos de Trinidad y cuesta 8 Cucs, así que es una buena idea para pasar la tarde. No es una playa maravillosa pero es bonita y sobre todo frecuentada por gente local.

Nuestra estancia en Trinidad termina de nuevo con unos mojitos al pie de la escalinata de la Casa de la Música. Mañana nos vamos a nuestro último destino en Cuba, para descansar estos pies molidos y relajarnos frente al mar cristalino de una playa de Cayo Santa María.

CAYO SANTA MARÍA, PEDACITO DEL PARAÍSO

Días 7, 8 y 9

Tras unas 5 horas de viaje y por aproximadamente 40 Cucs entre ambos, llegamos por fin al tan ansiado Cayo Santa María. El cayo es en realidad una isla al norte de Cuba y para acceder a él construyeron sobre el mar una larga carretera que bien puede tener 45 kilómetros (hasta llegar a nuestro hotel). El acceso, además, está restringido con un peaje y en todo el cayo no hay ningún pueblo ni casas de particulares. Es decir, toda la isla en sí es un complejo hotelero. Por lo tanto, esta vez no nos queda otra que hospedarnos en un hotel “de pulserita”. La verdad es que echando cuentas, al final, al tenerlo todo incluido, nos sale más o menos por el mismo precio que nuestros anteriores alojamientos en casas.

La carretera de entrada ya es preciosa, con aguas oscuras y turquesas a capricho y marismas a ambos lados.

Pero lo que sí es realmente un placer es la playa de nuestro hotel. Tiene la arena blanca y unas aguas cristalinas más turquesas y limpias que las del fondo de una piscina. La playa es increíblemente larga (un día, tratando de llegar a un extremo nos damos finalmente por vencidos) y, a pesar de tener las salidas de varios hoteles, ¡está agradablemente vacía! Tienes tu tumbona tranquila o tu gran espacio de arena blanca para pasar las horas observando cómo el mar cambia caprichoso de color. De vez en cuando vuela a ras del agua junto a ti un pelícano que se posa cerca tuyo a descansar. Lo único que echamos de menos es que hubiera más pececillos…En fin, tres días de calma absoluta y regalo para los ojos.

El último día debemos volver a La Habana por la mañana porque nuestro vuelo sale por la noche, y es aquí cuando más dudas tenemos en cuanto a elegir transporte. Nos comentan en una de las agencias de la entrada del hotel que hay un autobús que va a La Habana, pero que suele retrasarse bastante porque va recogiendo a gente por todos los hoteles. El precio está muy bien, siendo 30 Cucs por persona, pero el viaje dura unas 7 horas y nos entran muchas dudas sobre si al final llegaríamos a tiempo. Al final, por mucho que nos duela, nos decidimos por contratar un taxi, que en 5 horas nos deja en el aeropuerto de La Habana, pero nos cobra la dolorosa de 180 Cucs. Por fortuna, ya sabíamos que era algo que podía pasar… ¡No es tan fácil moverse por Cuba!

Cómo en todos los viajes que hacemos fuera de la Unión Europea recomendamos ir con seguro si no estamos cubiertos con nuestra tarjeta sanitaria.  Podéis elegir el que más os interese, pero estad atentos sobretodo a unas cuantas claves: que os atiendan en español y con un número directo desde cualquier punto del globo; las coberturas que os ofrecen y la cobertura en caso de pérdida de enlaces o de retraso del medio de transporte, además del reembolso en caso de anulación si cogéis los viajes con mucha antelación.

Nosotros elegimos la primera vez IATI por el precio y las coberturas que nos ofrecían en alguna de sus muchas opciones. Sí al final os decidís por esta compañía,  y lo contratáis a través del siguiente enlace tendréis un 5% de descuento.

5 comentarios en “CUBA, La Habana, Cienfuegos, Trinidad y Cayo Santa María

  1. Una buena manera de acercarnos a Cuba.
    Un viaje muy completo , con visitas a diferentes pueblos, ciudades, y lugares paradisíacos. Gracias a Jorge por este post, esperando tú próximo viaje por Marruecos.

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  2. Hola Jorge,
    Un post perfecto para los que queremos visitar Cuba y necesitamos hacernos una idea!

    Me gustaría saber como compraste el billete de autobús de Trinidad a Cayo Santa Maria, si se puede comprar online… También me gustaría saber como se puede comprar el billete de Cayo Santa Maria a La Habana. En la web de viazul no aparece como ruta directa… Es con esa compañía?

    Muchísimas gracias!

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    1. Buenos días Jose,
      Primero de todo agradecerte tus comentarios.
      El billete de autobús de Trinidad al Cayo lo cogimos nada más llegar a Trinidad, en cuanto nos bajamos en la estación. Fue con Vía Azul. En teoría se pude coger a través de internet, pero cuándo yo lo intente no hubo manera.
      Respecto al del Cayo a La Habana, lo ofrecen los propios hoteles. Nosotros al final tuvimos que coger taxi porque el horario era muy justo como para coger el vuelo.

      Un saludo

      Me gusta

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