8 días en China: las luces de Shanghai

SHANGHAI
Nuestro viaje de 8 días por China comienza en Shanghai. Pasaremos por esta ciudad del comercio y de rascacielos tan sólo un día y medio, de modo que concentramos nuestras visitas en los principales puntos de interés. Aunque, por lo visto, tampoco hace falta mucho tiempo para ver lo principal de Shanghai. (Sí quieres reservar con alguna ventaja a través de Booking, sigue este enlace).
Tras un día de viaje y, como resultado, dos noches sin dormir, llegamos de madrugada. Nos sorprende lo pronto que amanece aquí porque son las 6:00 y es bien de día ya. Para acercarnos desde el aeropuerto de Pudong al centro de Shanghai, donde está nuestro hotel, además de coger el metro nos montamos en el Maglev, el tren más rápido del mundo. En nuestro trayecto, alcanza los 300 km/h, aunque dicen que llega a los 400. Nuestra experiencia en el metro, sin embargo, es bastante agobiante. Debe de ser hora punta y ruta de trabajadores, ya que después en otras líneas no nos encontramos con esto, pero ahora mismo para entrar y salir del metro hay que empujar con convicción. Dentro de la estación, la gente se mueve en una marea organizada de hormiguitas.
Llegados al hotel, no podemos evitar echarnos un par de horas a la cama, por lo que nuestra visita a China comienza, oficialmente, a eso de las 11 de la mañana. Decidimos hacer todo nuestro recorrido a pie; el resultado al final del día es mucho dolor de pies, pero se puede hacer. Eso sí, conviene vigilar las distancias, pues en el mapa puede parecer que un sitio queda cerca del otro, pero es que nos estamos moviendo a unas escalas inmensas aquí.
Nosotros comenzamos callejeando hasta llegar al antiguo Shanghai, donde se encuentran el templo taoísta de la ciudad de Dios (Chenghuang Miao) y el Jardín Yuyuan.
Ya las primeras calles por las que nos movemos nos transmiten una calma que desde luego no habíamos imaginado encontrar en una ciudad china tan inmensa como esta. Hay mucho silencio. Caminamos primero por calles apenas transitadas por bicicletas y motos eléctricas entre casas pequeñas con comercios tradicionales (verdulerías, chatarrerías…). La gente tiende su ropa en lugares inesperados: las ramas de los árboles, los cables de alta tensión, los toldos de los comercios… Luego salimos a grandes avenidas (en esta ciudad, avenidas que realmente se extienden muchos kilómetros). Aquí hay más tráfico, pero no tanto como cabría esperar. Las motos y las bicicletas se mueven dominando las calles, en silencio, pero sin respetar ningún semáforo, esquivando a los peatones.
Una vez llegamos a la cuidad antigua de Shanghai se nos abren los ojos y la boca. ¡Qué maravilla! Esta zona es obviamente muy turística y está sembrada de tiendas de recuerdos y de restaurantes, pero todo ocupando casas al más puro estilo tradicional chino (aunque no deben de ser muy antiguas). Pasear por este barrio impone. Pagando una entrada de 10 yuanes, hay que visitar el templo de Chenghuang Miao, que se construyó en el siglo XV. Es pequeñito, pero muy bonito. Aunque hay bastante turismo, no resulta para nada masificado y la mayor parte es turismo nacional. Por lo que el templo está lleno de chinos prestando sus respetos en cada sala del tempo y quemando incienso para colocarlo en las grandes arcas de los patios.
Tras esto, recomendamos visitar también los jardines Yuyuan. Para los que hay que pagar una entrada de 40 yuanes. Fueron construidos en el S XVI por un oficial que quería un espacio para que sus padres se relajasen (un hijo así da gusto, la verdad). Y vaya si lo debió de conseguir… En la actualidad hay mucho turista en ellos y cuesta más relajarse, aunque también se puede bajo el sol o la sombra de los árboles, escuchando el sonido del agua, contemplando los peces de colores y observando los numerosos porches que, antaño, seguro que fueron unos rincones de lectura y meditación maravillosos.
Después de comer en un gran comedor de autoservicio donde al menos podemos escoger a vista y acertar más o menos con la comida, echamos a andar hacia Nanjing Road: la avenida de tiendas más famosa de la ciudad. Es una amplia y laaaaarga calle donde contrastan los edificios al estilo europeo con los neones en chino y las grandes tiendas internacionales, así como con la vista de los rascacielos, que ya asoman en las cercanías.
Andando, llegamos al final de la calle, al Bund, donde nos asomamos al río y al famoso skyline de Shanghai. Aquí la ciudad despliega en vertical todo su poder. Al frente tenemos rascacielos de lo más diversos en formas y colores y, entre ellos, el segundo rascacielos más alto del mundo, la Shanghai Tower, con 632 metros de altura.
Al atardecer, decidimos cruzar al otro lado del río para subirnos a una de estas inmensas torres y contemplar el espectáculo de luces y trajín callejero encaramados a la World Financial Centre, a 492 metros de altura. El precio para subir son 150 yuanes, pero merece la pena. Al menos, subir de noche es un espectáculo que hipnotiza.
Nuestro segundo y último día en Shanghai comienza y termina con la visita del Templo Longhuan, ya que por la tarde volamos a Xian. Este templo budista está algo más alejado del centro, pero si hay tiempo merece la pena visitarlo. Es como un oasis en medio de los altos edificios. Hay que pagar también una entrada de 10 yuanes y entras en un reducto de paz a la sombra de los árboles, donde si tienes suerte escucharás a los monjes cantar en algún ritual y donde cada pequeño templo es diferente y esconde esculturas de dioses de lo más diversas y coloridas. La puerta es imponente y frente a ella hay una pagoda muy alta del siglo X, oscura y con ese aire milenario. Aunque, excepto ella, la mayor parte del complejo ha tenido que ser reconstruida.
Nuestro viaje continúa en Xi’an

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