JAVA, comienza el viaje… (Yogyakarta, Borobudur, Prambanan y Bromo)

YOGYAKARTA, TEMPLOS MILENARIOS

Indonesia en 24 días empieza, tras tres aviones, en la ciudad de Yogyakarta, hacia el sureste de la isla de Java. Llegamos a finales de la tarde de un 17 de julio y decidimos que lo mejor es cenar y dejar reposar el jet lag durmiendo lo que pida el cuerpo. Por eso, precisamente, dejamos libre el día siguiente en nuestra agenda de viaje para visitar esta ciudad, que no requiere mucho tiempo.

Nada más llegar al aeropuerto de Yogyakarta cambiamos nuestro dinero, por miedo a no encontrar luego oficinas de cambio, aunque lo cierto es que luego en la ciudad vemos también alguna. Nos compramos también una tarjeta para tener Internet, que nunca viene mal. Y, para llegar al hotel, nos cogemos un taxi, rápido y barato.

Hemos reservado tres noches en un hotel muy muy hippy, tan hippy que nos da la impresión de estar durmiendo en nuestra peña del pueblo, de cuando éramos chiquillos, construida por nosotros con puertas y chapas… El «hotel» , que se llama Yez , yez, yez all good Hostel, tiene hasta una «piscina» y todo son colores, hamacas y buen rollo alrededor. Nosotros tenemos una habitación individual, con baño privado pero todo abierto una vez dentro y con una ducha de agua fría que simplemente es una tubería abierta. La sensación, para bien o para mal, es de estar dándose un baño al aire libre en una cascada. Sin embargo, hay «habitaciones» que son colchones en espacios abiertos y comunes, con sólo un techo de chapa y una única pared… Incluso nuestra habitación, mal cerrada, está totalmente expuesta al ruido, por lo que oyes a los demás roncar y la mezquita más cercana te despierta como con un grito lúgubre al oído. No sé por qué, pero cuando vivíamos en Estambul, los cánticos de las mezquitas hasta me agradaban, pero aquí suenan lúgubres… Como un coro de almas en pena.

Amanecemos tarde, con calma, sobre todo tras esa noche de ruidos y mosquitos… En Yogyakarta hay poco que visitar. Hay poco transporte público y moverse andando, al igual que en Tailandia, resulta difícil con esa ausencia de aceras y tanta moto… Descubrimos que, por poco más de un euro, en el peor de los casos, lo mejor es moverse con los taxis de Grab.

Visitamos el palacio del sultán, que lo sigue siendo actualmente. Aunque sus estancias no se pueden visitar y lo que visitas son sus patios de ceremonias y sus museos con fotos de hace dos siglos y objetos de palacio. El palacio se encuentra frente al parque de Alun alun, donde celebran diversos eventos. Entre otras cosas, dentro del palacio real, llamado Pagelaran Karaton, tienen un museo del Batik, un tipo de costura típico de Java con el que no sólo hacen vestidos, sino cuadros también. 

Más tarde visitamos el que era el palacio de verano del sultán. Aunque hoy en día resulta curioso porque está lleno de pequeñas casas (al pobre estilo de tejados de chapa) que parecen haberse ido propagando por el terreno. Sin embargo, este palacio, llamado Tamansari, de la misma época que el palacio real, tiene algunas puertas imponentes al estilo indonesio y varias fuentes y jardines para refrescar un poco el ambiente. Hay también una mezquita subterránea bastante curiosa que, desde luego, parece de todo menos una mezquita.

Es también allí, en uno de los bares de los callejones, donde probamos el café del Luwak. Este café se torra del café que previamente se ha comido el animal (la civeta) y que, sin digerir, vuelve a expulsar al defecar. Por lo visto adquiere propiedades curativas y otro sabor. La verdad es que es intenso pero no está nada mal. Caro, eso sí.

Por lo que vemos en ambos complejos, es común que los trabajadores del museo en cuestión se te acerquen y ofrezcan como guías o simplemente te hablen de un sitio y te lleven a él. Como en el caso de la cafetería del Luwak, donde tenían también a uno de estos animales. Al menos no te piden dinero a cambio de ello. Respecto a los guías no sabemos si después piden dinero, ya que les decimos a todos que no estamos interesados.

Comemos barato y bien en uno de los restaurantes alrededor de la plaza de Alun Alun. Y por la tarde callejeamos hacia la calle de Malioboro. Esta calle sí está preparada para pasear y tiene comercios y mercados a ambos lados todo a lo largo de ella. Nosotros nos dejamos llevar y acabamos comprando ya nuestros primeros recuerdos… 

Se hace de noche muy pronto y mañana tenemos que madrugar mucho, mucho. Así que al anochecer volvemos a la zona de nuestro hotel, donde ya anoche vimos que había bastantes bares interesantes. Hoy cenamos y nos tomamos algo en el Playon , un bar colorido y original, con buena comida, bien de precio y música en vivo.

Para el segundo día de nuestro viaje hemos contratado a un conductor que nos recoge a las 3:30 de la madrugada y nos lleva, primero, al templo de Borobudur para ver el amanecer y, luego, al complejo de los templos de Prambanan, volviendo a Yogyakarta aún a tiempo para la comida de mediodía, a eso de las 13:30. Con unas excursiones tan tempranas el día resulta muy largo y, tras comer, volvemos al hotel para concederle al cuerpo algunas horitas de sueño, que necesitamos. El resto de la tarde, sin saber muy bien qué hacer, damos de nuevo un paseo por la calle de Malioboro y la plaza de Alun Alun, donde hay unas carpas con comercio ecológico y preparan un concierto. Pero, sin duda, la zona con el ambiente más animado la tenemos al lado del hotel, donde cada noche hay uno o dos bares con música en directo. Ambiente guiri en su mayoría, eso sí.

Sin embargo, decidimos volver andando esta vez al hotel, dando un paseo tranquilo desde la plaza de Alun Alun. Vemos a las familias y grupos de amigos pasando juntos la noche de viernes, cenando junto al parque y los bares en el suelo, sobre alfombras. Pasamos por oscuros y tranquilos callejones, donde no hay motos y podemos ver cómo son las pequeñas casas de los habitantes de Yogyakarta. El paseo, por supuesto, termina sacándonos inevitablemente a esas horribles calles sucias y sin aceras, donde andas esquivando a los coches aparcados y al tráfico agobiante, donde no sabes ni cómo cruzar, ya que no hay semáforos que piensen en los peatones ni pasos de cebra que sean respetados.

Pero volvamos a la mañana: la excursión que hacemos se trata de dos de esas visitas que todos los turistas hacemos en Indonesia, los dos templos de Indonesia más importantes históricamente hablando. Hay muchas formas de visitarlos. Se pueden contratar tours, que te dejan en el primero de los dos templos a eso de las 7 u 8 de la mañana, puedes ir por libre alquilando un coche o una moto… O puedes hacer lo que hicimos nosotros y decenas de personas más en esa misma mañana del 19 de julio.

Ver Borobudur al amanecer se ha puesto de moda. Debe de ser una de las horas más tranquilas para visitar el templo, pero no tiene nada de meditativo. Te sientas junto a las estupas, aún de noche, mirando al horizonte mientras escuchas los cánticos de las mezquitas de las 4:30, esperando a que crezca la luz del nuevo día, y tienes a un montón de gente sentada junto a ti, muslo contra muslo, que enciende las linternas constantemente y no para de hablar. Aún se oye a los grillos allá abajo, en la selva, o maleza, o lo que sea, pero no puedes evitar pensar que lo único que nos faltan son las palomitas para sentirnos como en el cine mientras esperamos a que empiece la película.

Supongo que la experiencia puede variar mucho dependiendo de la temporada en que viajes (nosotros, como profesores que somos, tenemos que viajar siempre en temporada alta) y del tiempo que haga. A nosotros nos amaneció un día nublado, con una niebla que destapaba y ocultaba a su antojo montes y árboles. Sin embargo, fue muy bonito subir allí de noche, con la ayuda de las linternas, viendo apenas el perfil piramidal del templo y descubrir con el amanecer todos los detalles de Borobudur, el significado de las lucecitas del horizonte y esa montaña que teníamos tan cerca y surgió de la nada.

Una vez amanecido, todos empezamos a levantarnos de nuestra butaca de cine y nos movimos para explorar los distintos niveles del templo. Sus primeros niveles, de base cuadrada, con preciosos relieves esculpidos, simbolizan la tierra y las fases más materialistas de la vida en la ascensión hasta la iluminación. Poco a poco subes a los niveles superiores, que simbolizan el Nirvana, de base circular, el cielo sobre la tierra, las fases más espirituales de la vida. Allí es donde se encuentran las estupas, cada una de ellas contiene un Buda. 

Borobudur es el mayor templo budista del mundo y, aunque fue construido por allá en el año 800 a.C., una explosión volcánica muchos siglos después lo cubrió de cenizas y el templo fue oculto y olvidado hasta el siglo XIX, cuando se redescubrió, desenterró y reconstruyó. Cuentan, sin embargo, que los habitantes habían dejado de frecuentar el templo, por considerarlo maldito y de mala suerte. También, otra hipótesis sobre el abandono del templo, señala a la época en que Java se volvió musulmana.

Conforme pasan las horas el templo se va vaciando y, a eso de las 7:00, seguramente antes de que lleguen los tours, puedes encontrar rincones de paz entre la gran estupa budista.

La entrada te incluye un regalito y un desayuno de bufet libre, así que allá vamos antes de seguir el viaje. La entrada a Borobudur cuesta unos 30 €, aunque es más cara si vas al amanecer. Si vas más tarde es más barata y puedes coger un pack con la entrada de Prambanan.

La entrada a Prambanan nos costó 22 €, que pudimos pagar con tarjeta de crédito, por cierto, cosa que no suele poderse hacer, y te incluye una bebida de bienvenida. 

Prambanan es el templo hindú más grande del mundo. Lugar muy visitado y, sin embargo, nosotros nos encontramos muy solos en la mayoría de sus templos. Éstos se extienden a lo largo de una superficie que puedes hacer perfectamente andando, aunque mucha gente alquila bicicletas.

El conjunto está formado por varios templos (el más famoso e imponente es el de Prambanan) que se construyeron a lo largo del siglo IX.

Los relieves esculpidos en los templos nos cuentan historias hindúes que nosotros desconocemos y si asciendes las escaleras hasta el interior, te encontrarás con una estatua de un dios o ídolo diferente en cada caso.

Por desgracia, los terremotos han destruido muchos de los templos, que ahora forman montones de piedras en restauración.

Nuestro viaje nos pareció una buena opción si quieres visitar ambos templos. Pagamos unos 40€ a nuestro conductor, que nos recogía y dejaba de puerta a puerta, súper cómodo. Hablaba inglés y podíamos preguntarle cosas sobre Indonesia. Además, te olvidas de ir con un grupo grande de gente o de conducir tú mismo con un tráfico tan horrible. Durante el viaje disfrutas del paisaje, que en gran parte consiste en preciosos arrozales, casas de campesinos y mucha gente trabajando el campo.

VOLCÁN BROMO, AMANECER ENTRE CENIZAS

Invertimos un día en viajar en tren hasta Probolinggo. Donde de nuevo hemos reservado a un guía privado que nos recogerá y nos llevará al hotel, donde haremos noche muy brevemente para salir a las 2:30 de la madrugada y hacer la ascensión al volcán.

Viajar en tren es la opción más económica, ya que cuesta menos de 10 € por cabeza. Pero debes tener tiempo, ya que Yogyakarta – Probolinggo son 8 horas y media de viaje. Viajar en tren tiene más ventajas: disfrutas del paisaje rural de Java, bien bonito e interesante. Pero también sus inconvenientes: el tren hace muchas paradas, a ratos va muy lento, lleno de gente y con poco espacio para maletas y piernas… Sin embargo, el viaje, entretenidos con las vistas, al final no se nos hace tan largo. Vemos campesinos trabajando el campo, casas y familias en sus porches junto a las vías del tren, niños que saludan, curiosos cementerios…

Llegamos a Probolinggo ya anocheciendo y allí está nuestro sonriente guía, que nos lleva hasta el altísimo pueblo de Cemoro Lawang, encaramado en el borde de la caldera del volcán. El viaje y la llegada al pueblo nos despiertan mucha curiosidad, ya que no vemos nada a nuestro alrededor pero intuimos el paisaje, con una carretera tan escarpada. Desde luego agradecemos no tener que ser nosotros quienes conduzcamos por ella, con este estilo indonesio de adelantar en cualquier momento y apurando cada hueco, sin importar carriles ni cantidad de vehículos circulando en paralelo.

En Cemoro Lawang tenemos una habitación esperando para nosotros en una casa que tiene otra habitación más para otro huésped y un baño muy… Digamos que precario. Ni siquiera tiene lavabo y hay que lavarse la cara o los dientes en la ducha o en el pozal de agua reservado para llenar los cazos con los que «tiras de la cadena» para el váter de agujero en el suelo. Eso sí, tiene agua caliente, lo cual se agradece, porque aquí ya hace fresco y hay que dormir hasta con manta… Al fin y al cabo, estamos a 2300 metros de altitud.

Llegamos aproximadamente a las 19:00 y enseguida vamos a buscar algún lugar donde nos den de cenar. Todo el pueblo es muy curioso y tiene un aire… Como si estuvieras en Nepal. Las banderitas a ambos lados de la carretera, los jeeps por todas partes descansando antes de subirnos a decenas al Bromo dentro de unas horas, la ropa y los rasgos de los habitantes…  El pueblo es oscuro y apenas hay gente. Básicamente vemos a los guías y conductores de jeep cenando con música de fiesta en algunos patios. Tenemos miedo de no encontrar nada abierto. Vemos un local minúsculo, como de bambú, lleno de gente cenando, así que ahí entramos y nos comemos un par de platos de noodles precocinados. Parece que tampoco hay mucha más opción por estos lares. Tras la cena y una cervecita bajo las estrellas, imaginando qué paisaje se levantará a nuestro alrededor al día siguiente, nos vamos a la cama bien prontito.

A las 2:30 estamos subiendo al jeep. Tardamos una hora en llegar a nuestro primer destino, que es el mirador de Bromo. Todo es oscuridad a nuestro alrededor, no tenemos ni idea de dónde estamos. Sólo vemos la hilera interminable de los faros de los jeeps, que nos están subiendo quizás a centenares, y el polvo del camino que pisamos. Más tarde nos daremos cuenta de que estábamos surcando el desierto de ceniza volcánica de la caldera del Bromo, pasando justo al lado del volcán activo. La subida hasta el mirador es eterna y un caos total, con tanto vehículo en caravana y la dificultad del terreno.

Pasamos junto a hileras de jeeps aparcados y pequeñas «cafeterías» de madera donde la gente, abrigada con mantas, se toma algo caliente. Finalmente también nosotros aparcamos y nos anuncian que aún queda una hora y media hasta que amanezca y subamos al mirador. Se nos queda cara de tontos, aunque ya lo veíamos venir, saliendo tan temprano… Imaginamos que tendrán que subir a distintas horas para que el caos del tráfico sea soportable, es la única forma que tenemos de explicárnoslo. Así que nos refugiamos en una de esas «cafeterías» o refugios y nos tomamos un café, un té, un chocolate caliente… Lo que sea que nos ayude a mantenernos calentitos, porque aquí sí hace frío. 

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Queda poco para amanecer y, desde otro mirador, ya se ve a lo lejos la silueta de otro volcán no muy lejano (los hay a decenas por aquí) y abajo las lucecitas de ciudades. Arriba, brillan aún las estrellas y la luna.

«Subimos», nos dice nuestro guía. Emocionados subimos un repecho por el bosque y de repente se muestra a nuestra izquierda un mar de nubes, abierto por la silueta de otro volcán lejano y el fuego intenso del amanecer que va subiendo. Andamos un poco más y nos metemos en el grupo de gente que se amontona en el mirador. Ahí está, al frente, la caldera del Bromo con sus tres cráteres y, al fondo, mucho más alto, el cráter del volcán Semeru: impresionante. Por fin el paisaje comienza a mostrarse ante nuestros ojos.

Las siluetas de tan fascinante lugar todavía se nos aparecen suaves, como en un sueño, pero los relieves van tomando forma, la tierra va cambiando sus colores, conforme llega el día. Impresionante. Tener bajo tus pies un antiguo cráter tan inmenso, ahora recorrido por ríos de ceniza y con esos pequeños cráteres tan característicos que todavía humean… Hace que no puedas despegarte del espectáculo en… ¿Quizás una hora?

El mirador se ha vaciado hace un rato cuando finalmente nuestro guía nos dice: «¿Bajamos?»

La bajada es un atasco continuo, hasta que llegamos a la base del gigante cráter, a la caldera, la llanura de desierto de ceniza que nos acerca hasta la base del Bromo. Sin embargo, aquí llega nuestra decepción, ya que pensábamos que subiríamos al cráter humeante, pero ayer hubo una pequeña erupción (algo que debe de ser frecuente desde la última erupción grande que hubo en 2016) y está el acceso cerrado. Así que, llenos de ceniza hasta el pelo y los pulmones, nos quedamos tristes a sus faldas y nos damos media vuelta. 

A nuestro alrededor: gente a caballo, motos atascadas en el polvo, jeeps y nubes de ceniza que te atrapan con una ráfaga de viento. Aunque no puedas asomarte al cráter, merece mucho la pena ver un lugar así.

Al bajar de nuevo al pueblo empezamos a descubrir también el paisaje boscoso y escarpado que no vimos en la noche. Serán eso de las 9:00, nos dan un desayuno y nos dejan dos horas de descanso hasta emprender de nuevo nuestro viaje hacia otro lugar. Esta vez nuestro guía nos conducirá a Surabaya, donde cogeremos un vuelo hasta Denpasar, Bali. Cambiamos de isla.

Hay diversas formas de subir a Bromo. Nosotros hemos estado muy contentos con nuestra elección, ya que pagamos al guía 150 € entre los dos y el precio nos ha incluido: viaje Probolinggo-Cemoro, estancia de una noche, desayuno, subida y bajada el Bromo en jeep y viaje Cemoro-Surabaya.

Nuestro viaje continúa en Bali...

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