Malta, mediterránea isla de viento y acantilados

En esta entrada vamos a hablar de un viaje un poco accidentado que hicimos a Malta en la pasada Semana Santa. Debido a nuestro percance, no pudimos hacer tantas cosas como habíamos planeado. No obstante, trataremos de mencionar todo aquello que creemos que es de interés para visitar en Malta incluso aunque al final no pudiéramos probarlo de primera mano.

Queríamos unas vacaciones tranquilas, sin prisas, con mucho tiempo para disfrutar de las playas y para descansar y desconectar realmente del día a día, así que planeamos un viaje de 7 días a un lugar tan pequeño como Malta, sabiendo que realmente nos daría tiempo de verlo todo. Bien, finalmente, debido a las circunstancias adversas, no pudimos disfrutar de estar mucho tiempo tirados en playas ni de hacer senderismo sobre los acantilados que bordean gran parte de las islas de Malta, Gozo y Comino, por lo que, si viajas pensando en hacer muchas excursiones o en tirarte a la bartola en una playa, con 7 días tampoco te daría tiempo de dedicarte a la contemplación y de visitar todo el patrimonio del país al mismo tiempo, pero sí es cierto que en una semana puedes encontrar un punto medio perfectamente e irte con la sensación de que has aprovechado bien el tiempo y lo has visto prácticamente todo.

Nosotros comenzamos nuestra expedición por Malta en la zona de ciudad que rodea La Valeta (capital del país). La Valeta resulta sorprendentemente pequeña y se funde con las ciudades que la rodean. Es más, se van fundiendo unas con otras, como una prolongación de “la ciudad” de Malta, enganchada en la costa este, que ocupa buena parte del litoral de la isla (Vittoriosa, Senglea, La Valeta, Sliema, St. Julian’s…). Habíamos leído que La Valeta está bastante muerta por las noches y que St. Julian’s es todo lo contrario, pero que Sliema, que está entre ambos lugares, era un punto también intermedio en cuanto a ocio-descanso y bien comunicado con el transporte público, por lo que decidimos alojarnos allí. La verdad es que puede ser una buena ubicación para establecer la base y moverse desde allí. Pero si te alquilas un coche, con el cómodo tamaño de la isla, cualquier lugar puede ser el adecuado. En Sliema hay algunos bares y restaurantes no muy lejos, así como tiendas. Puedes ir andando por el paseo marítimo a St. Julian’s y no tardas demasiado. También puedes andar hasta el punto en que se coge el ferry para cruzar a La Valeta y no cuesta mucho rato (cosa que recomendamos, porque ir andando desde Sliema hasta La Valeta sí que supone un paseo demasiado largo, y lo decimos con conocimiento de causa).

De modo que, alojados en Sliema, comenzamos nuestro primer día en Malta con la visita a La Valeta. El día, aunque ventoso (fue imposible librarnos del viento en todo el viaje), salió soleado y cálido como de verano. De hecho, caminando hacia el ferry, desde el paseo marítimo de Sliema veíamos cómo la gente se daba baños de sol y agua de mar en las rocas que sirven de playa en esa zona. Dedicamos el día a simplemente callejear por La Valeta. Realmente nos pareció que tampoco había mucho más que hacer. Entramos a las catedrales de St. Paul y St. John, que, al ser Viernes Santo, estaban llenas de gente y en misa, lo cual hizo que no pudiéramos visitarlas detenidamente, aunque por ello tampoco tuvimos que pagar entrada en la catedral de St. John. También nos acercamos al Fuerte de San Elmo, en el que se encuentra el Museo de la Guerra. Pero había obras y estaba todo cerrado. Otro lugar que mencionan para visitar es el Grand Master’s Palace, en el centro de la ciudad, y el Museo de Armoury, para los aficionados a las armas y armaduras de época. Pero nosotros no estábamos interesados en entrar a visitarlos. En realidad, lo más bonito de La Valeta es asomarse a los jardines que cuelgan a lo alto de las murallas en la parte sureste de la ciudad, desde donde todos los visitantes nos paramos a contemplar las tres ciudades (Vittoriosa, Senglea y Kalkara) que, separadas por una entrada de mar, nos miran desde el otro lado, imponentes con sus fuertes impecables en cada cabo. Vittoriosa, Senglea, Kalkara, La Valeta… todas de calles con cuestas que asoman al mar azul, como una ventana al horizonte; todas de casas color beige, como todo Malta, hecha de su propia roca, casas viejas y antaño señoriales, con cristos y vírgenes protegiendo los hogares y las esquinas de las calles; todas ellas plagadas de iglesias viejas por fuera y feas por dentro. Callejeando, estas ciudades recuerdan a las del sur de Italia; asomados a algún punto alto, sus vistas recuerdan a alguna ciudad árabe, con esas casas de tejados planos con azoteas, con ese color de tierra…

Desde La Valeta volvemos andando a Sliema. Ha sido un día de mucho paseo, así que descansamos los pies tomando algo al atardecer en una terraza sobre el mar, mientras vemos salir la inmensa luna llena y escuchamos a las olas bajo nosotros besando las rocas en las que los romanos tallaron piscinas para darse baños de aguas cristalinas. Pero, por si no hemos andado lo suficiente, un rato después nos damos otro paseo hasta St. Julian’s, donde cenamos. Sin duda es una zona con mucho más ambiente, ya que abundan los restaurantes en esa pequeña bahía. Lo de salir de fiesta por la zona (famosa por ello) la verdad es que ni lo probamos.

Para el segundo día hemos reservado un coche de alquiler (Pitty´s car) que nos traen por la mañana al hotel. Durante los próximos 6 días nos moveremos sobre ruedas y con total independencia por el módico precio de 120 €. Eso sí, este precio se debe a que alquilamos el coche a través de un contacto, porque los precios que vemos en las agencias de alquiler de coches por la zona lo doblan.

Nuestro primer destino en coche es la ciudad de Mdina, situada en el centro de la isla, ciudadela que se funde con Rabat, otra pequeña ciudad por la que callejearemos después. El gran problema de Mdina es aparcar. La ciudad es todo turistas y nos cuesta un buen rato encontrar un sitio donde dejar el coche, que finalmente estacionamos en alguna calle de Rabat. Desde luego da la impresión de que en Mdina no vive nadie. Todo parecen ser museos, tiendas de recuerdos e iglesias. Es una de esas ciudades (con tamaño de pueblo) en las que antaño debió bullir el día a día de los malteses pero por la que hoy en día sólo pasean turistas. Totalmente abrazada por sus murallas, se sitúa en un punto alto desde el que, asomándote a sus muros, alcanzas a ver La Valeta y el mar, no sin antes relajar la vista sobre los cultivos que ondean como un mar al viento eterno. Es muy bonito pasear por las calles medievales de Mdina, pero lo más bonito es su catedral (para la que normalmente hay que pagar, aunque hoy a nosotros nadie nos pide entrada). La catedral de Mdina es puro color y resulta curioso ese suelo plagado de tumbas, totalmente cubierto por sepulcros de colores, con diversos dibujos e inscripciones.

Todavía por la mañana, volvemos a Rabat para callejear por sus tranquilas calles. Están casi vacías, las casas son pequeñas… Parece más bien un pueblo. Visitamos las catacumbas (la entrada cuesta 5 €) en las que se dieron sepultura fenicios y romanos. La visita es muy completa, con muchas explicaciones y, aunque no se pueden recorrer todas las catacumbas (se dice que llegan hasta el mar y que conectan otros puntos de la isla), es posible bajar a muchos puntos y moverse un poco por algunos tramos pequeños.

Después de comer ponemos rumbo al sur para visitar la Blue Grotto (una gruta sobre el mar engullida por unos acantilados), pero llegamos demasiado tarde como para coger uno de los barquitos que te acercan a ella y, por mucho que intentamos encontrarla desde arriba asomados a los acantilados, no logramos verla. Así que, si estáis interesados en subiros a una barca que os acerque a verla, lo mejor será que os informéis de los horarios. No pasa nada, la siesta que nos echamos al sol sobre los acantilados y la contemplación de la espuma de las olas rompientes han merecido la pena. Antes de volver a Sliema, tratamos de perdernos un poco por la costa sur y acabamos en un pueblecito llamado Marsaskala, aunque no parece tener gran cosa y hace frío como para quedarnos en su pequeña playa. Esta noche, en Sliema, salimos a tomar algo, pero el ambiente que hay en los cuatro bares que encontramos, pegados el uno al otro, nos parece demasiado guiri.

El domingo, tercer día de nuestro viaje, nos levantamos con mucha calma (ya hemos visto que en Malta enseguida llegas a cualquier sitio y que no nos va a faltar tiempo). Lo primero que visitamos en esta mañana es el pueblo pesquero de Marsaxlokk (también al sur de la isla). Elegimos el domingo porque es cuando montan el mercadillo. Hay frutas, verduras y pescado, pero sobre todo hay puestos con ropa, recuerdos para turistas y otras cosas típicas de cualquier rastro de los domingos. Lo bonito de este pueblo son las vistas de su bahía, del puerto plagado de pequeñas barcas con aspecto de góndolas, de unos colores que visten aún más el azul turquesa de las aguas. Por supuesto, hay muchos turistas.

Antes de comer, aún nos da tiempo de ir a “las tres ciudades”, aquellas que miran de frente a La Valeta. Comenzamos visitando Vittoriosa. Nada más llegar ya nos damos cuenta de que la gente está de fiesta. Varios puntos en las calles (bares, barras en parques y plazas e incluso sedes de partidos políticos) han puesto su música a tope, han llenado las calles de confeti y sirven bebida a un gran número de malteses que se han puesto sus mejores galas de domingo. Hoy no vemos apenas turistas por estas calles, sino a los malteses que viven en ellas. Visitamos la cuidadela que es Vittoriosa, como toda esta zona, rodeada de fuertes y murallas que en sus tiempos sufrieron los ataques de los otomanos. Por cierto, son unos cuantos los enclaves de estas tres ciudades en los que se han rodado escenas de películas y series, como Juego de Tronos. Y la verdad es que desde el pico de Senglea (o desde los jardines de La Valeta, o bajo el fuerte de Vittoriosa…) las vistas a nuestro alrededor recuerdan a las de Desembarco del Rey.

Damos también un paseo por Senglea, situada al costado izquierdo de Vittoriosa, separadas ambas ciudades por un puerto con yates multimillonarios. Senglea tiene, al menos hoy, las calles totalmente desiertas. Sólo se oye música en algunos locales donde los lugareños están de fiesta. También resulta curioso el modo en que los malteses han decorado sus cientos de iglesias (suponemos que por Semana Santa) con decenas de bombillas y cruces fluorescentes.

Por último, vamos andando hasta Kalkara, situada al costado derecho de Vittoriosa y separada por otra pequeña bahía, esta vez con más aspecto de pueblo y con botes en vez de yates. Lo cierto es que no merece la pena ir más allá de esta bahía, ya que nosotros nos acercamos hasta el último fuerte de las tres ciudades, el que se abre al mar, y resulta estar cerrado e inaccesible. Así que decidimos cerrar la tarde viendo la puesta de sol sentados en las rocas que hay bajo el Fuerte San Angelo, en Vittoriosa. Esta noche, cenando en Sliema, nos damos el pequeño capricho de cenar en un restaurante con comida maltesa que nos gusta bastante y que no es ni muy caro ni barato: el Ta’Kolina.

Cuarto día en Malta y abandonamos nuestra primera base (hotel muy poco recomendable, por cierto) que dejamos de buena gana y sustituimos por un hotel de lujo que hemos encontrado en oferta de última hora al norte de la isla. Pero antes de subir al norte, hacemos una última parada en el sur para visitar los templos megalíticos de Hagar Qim.

En malta hay varios tempos megalíticos que puedes visitar. El más famoso de todos ellos es el Hipogeo de Hal Saflieni (templo subterráneo), pero si quieres visitarlo deberías hacer tu reserva con mucho tiempo de antelación (más de un mes) porque de lo contrario ya no habrá entradas disponibles. Por ello, como nosotros planeamos este viaje con muy poca antelación, no podemos ir a verlo. Si te sucede como a nosotros, no pasa nada, puedes ir a ver otros, como el de Tarxien o los de Hagar Qim y Mnajdra (al sur de la isla), que están juntos y puedes visitar con la misma entrada, que cuesta 10 €. Esta última opción es la que escogemos nosotros.

Estos templos están al aire libre, aunque protegidos por unas carpas que colocaron hace no tanto tiempo para protegerlos de la intemperie, ya que los tempos se hallan sobre las lomas de unos acantilados que se alzan frente al islote de Flifla. La visita de los templos es bastante rápida e incluye un pequeño museo y una proyección 4D, donde nos explican, por ejemplo, que estos templos, construidos por los agricultores que habitaban la isla antes de la llegada de los fenicios, tienen raíces astrológicas, algo que puede observarse en las tallas de sus bloques de piedra, donde se hicieron muescas que podrían representar el firmamento y donde los agujeros en las paredes y las posiciones de las puertas que proyectan la luz del sol al amanecer en el solsticio de verano no es ninguna casualidad. Como podemos comprobar tras la visita, estos templos todavía albergan muchos misterios. En ese mismo acantilado, muy cerca de los templos, también podemos contemplar la Torre Hamrrija, antigua torre medieval de vigilancia (verás muchas como esta en distintos puntos de las islas).

Después de nuestro paso por la historia milenaria, volvemos al coche y ponemos rumbo al norte, hacia la zona de Armier Bay, para llegar a la hora de comer al Hotel Riviera Premium Resort & Spa y disfrutar de nuestra gran oferta de última hora con un todo incluido por 59 €. Después de aprovechar que estamos en el hotel para echarnos una breve siesta, decidimos ir a explorar la zona. Así que cogemos de nuevo nuestro bólido y por el camino paramos en Paradise Bay. Posiblemente sea el día más playero de todos los que hemos tenido hasta ahora, así que nos ponemos nuestros atuendos de playa y nos disponemos a bajar hasta la arena para disfrutar de una tarde de sol y mar. Sin embargo, la suerte no está de nuestro lado y, bajando las escaleras, muy torpemente, he de decir, me hago un esguince. Con esto se tuercen mi pie y el resto de nuestro viaje, pues el esguince es de los gordos. Afortunadamente, contamos con la suerte de estar alojados en un hotel como ese, en el que tienen hasta sillas de ruedas a disposición del cliente, así que… Paciencia, muletas y hielo.

Malta es un sitio pequeño y no resulta tan fácil encontrar muletas. Despertamos en nuestro quinto día y, si queremos seguir nuestro viaje, nos toca coger el ferry para dar el salto a Gozo (isla estupenda para desconectar del mundo y hacer senderismo, algo que, obviamente, no podremos hacer). Nos asaltan las dudas. Llamamos a una farmacia, donde nos dicen que en las farmacias en Malta no se venden muletas y nos dan un par de nombres de tiendas que venden productos de ortopedia. No obstante, estos sitios están en la otra punta de la isla y no nos cogen el teléfono. Google nos dice que en Gozo hay una de estas tiendas… ¿Qué hacemos? ¿Nos fiamos de Google? ¿Desconfiamos y perdemos el día pululando por Malta en busca de unas muletas que me permitan moverme mínimamente? ¿Volvemos a España? ¿Vamos a un hospital y nos arriesgamos a que nos cobren un pastizal al no tener ni siquiera la tarjeta sanitaria europea? Hmm… Pues nos vamos de aventura a Gozo, a ver qué pasa. Así que, a la pata coja y dejando las muletas en el hotel, nos subimos al ferry. Por cierto, asomados a la cubierta del barco disfrutamos de las vistas de Comino, isla a la que teníamos intención de pasar una mañana para visitar el Blue Lagoon, que es una zona de playa con aguas turquesas. Pero descartamos la idea porque ya desde el ferry, aunque el Blue Lagoon queda tapado por las rocas, vemos cómo por ellas asoman cantidad de barcos turísticos.

Resulta muy desalentador cuando llegamos a Gozo y descubrimos que la tienda que marcaba Google en realidad vende cacharros de cocina. Tras preguntar en varias farmacias en Victoria y empezar a desesperar, finalmente encontramos una ¡que vende muletas! ¡Salvados! Nuestro viaje continuará. Despacio y a ritmo de pirata, pero continuará…

El Ta Oneira B&B es nuestro refugio de Gozo. Lo regenta una pareja joven de españoles la mar de simpáticos que, por cierto, nos ayudan todo lo que pueden. Tratan de conseguirnos, aunque sin éxito, unas muletas cuando les informamos de que igual no podemos ir a Gozo, nos cambian de ubicación (ya que tienen dos hoteles) para ponernos en una habitación preparada para personas con movilidad reducida y, una vez allí, nos dan buena conversación durante los desayunos y buenos consejos sobre la isla. El Ta Oneira está en el pueblo de Zebbug, al norte, muy cerca de Marsalforn, a donde vamos a comer junto al mar y bajo el sol. Por la tarde visitamos la Cueva de Calipso, donde la Odisea dice que la ninfa tuvo retenido a Ulises durante siete años en su viaje a Ítaca. Por desgracia, debido a desprendimientos, ahora no se puede visitar la cueva, pero desde su emplazamiento las vistas de la playa de Ramla Bay sin duda merecen la pena.

Después de su contemplación, bajamos a esparcirnos un rato (y a descansar mis brazos y mi pierna buena) sobre su arena naranja. Cuando el viento nos aburre, movemos la expedición hacia la vecina calita de San Blas, aunque no vemos muy clara la bajada y nos quedamos en un alto del camino, contemplando desde allí el mar y los cactus al atardecer. No hay nadie, sólo nosotros, los pájaros y el olor a flores.

Ya casi es de noche, pero aún no queremos terminar el día. Volvemos hacia Zebbug y, un poco antes de entrar al pueblo, cogemos el camino que te lleva a las Salinas de Marsalforn. Sin duda un enclave de piscinas talladas en las rocas de los acantilados que merece la pena visitar. Se puede dar un paseo largo por ellas, que se extienden bastante. Nosotros, por supuesto, dejamos el coche y yo me clavo sobre unas rocas mientras Jorge se da un paseo para inmortalizarlas. Nuestros ojos ya no pueden casi ver, parece que es hora de ir a cenar, así que descubrimos, allí al lado, un restaurante que nos gustará tanto como para repetir al día siguiente: el Horizon. Por cierto, además alquilan apartamentos. Es un restaurante en un rincón escondido de Marsalforn anclado en unas rocas sobre el mar sin duda muy recomendable. Después de cenar aún nos queda una tarea de urgencia: ¡echar gasolina! Vamos en la reserva y el pánico comenzó a entrarnos por la tarde, cuando no nos cruzábamos con ninguna gasolinera por las carreteras. En el restaurante nos dicen que sólo hay en la capital de la isla, Victoria, algo que conviene tener en cuenta. Por suerte, desde cualquier punto de la isla, estás allí en 10 minutos. Imposible perderse, ni a posta, en serio…

Nuestro sexto día de vacaciones amanece nublado y ventoso. El viento es, sin duda, la tónica del viaje. Teníamos la idea de tirarnos en alguna playa, ya que apenas puedo andar, pero, una vez más, la suerte no nos acompaña. De modo que no nos queda más opción que recorrer la isla en coche e ir haciendo breves paradas en los puntos que nos interesen. Así es como recorremos hoy el resto de la isla.

En dirección noroeste y bordeando el mar paramos sobre acantilados agujereados por cuevas milenarias, Jorge baja a contemplar la transparencia del mar en la Garganta de Wied il-Ghasri y nos asomamos a la formación rocosa de Wied il-Mielah, donde hay gente haciendo rápel. Luego entramos de nuevo en tierra y descubrimos la preciosa Iglesia de Ta’ Pinu, tallada en una piedra que parece arena blanca.

Retomando la costa oeste llegamos al llamado Mar Interior, una especie de lago marino que queda separado del mar tan sólo por un macizo de roca que lo conecta, a través de una cueva, con el Mediterráneo. Rodeando esta especie de lago cristalino hay una serie de casetas donde guardan botes y una terraza donde se puede tomar algo. Hay gente que sale a bucear desde allí o a dar un paseo en barca atravesando la cueva. Allí mismo, pero ya en las rocas abiertas al azote del mar, estaba hasta hace no mucho, esa famosa formación rocosa llamada Azure Window, que se desplomó durante una tormenta y de la que ya no queda nada. También está por ahí el llamado Blue Hole, un agujero en la roca que crea un pozo oscuro en el que la gente bucea. Nosotros no lo vemos, ya que no podíamos ponernos a andar por las rocas para buscarlo.

Al mediodía vamos a comer a Victoria con la intención de visitar la ciudad después, pero con mi pie en estas condiciones, resulta imposible, ya que para poder visitar la ciudadela y la catedral hay que callejear (no podemos entrar hasta ahí con el coche, ya que son todo calles estrechas por las que a veces no se puede ni circular). Así que tras este intento vano, decidimos que lo mejor será seguir costeando hacia el sur para poder seguir con nuestro método coche-bajo-miro-vuelvo a subir al coche.

Pasamos por la Bahía de Xlendi, que tiene una entrada de mar preciosa de color turquesa y varios sitios donde se puede tomar algo o comer. Nos tumbamos un rato sobre la roca blanca de los acantilados de Sanap, desde los que se ve Malta a lo lejos, hasta que el viento empieza a darnos miedo. Nos asomamos a la entrada de mar que hay también entre las rocas de Mgarr ix-Xini. Ahora ya no es sólo el viento, sino los nubarrones que empiezan a amenazar con lluvia… Y volvemos al interior, atravesando varios pueblos. En uno de ellos están las ruinas de los templos de Ggantija, aunque para cuando llegamos nosotros ya están cerradas. Con nuestras limitaciones y las horas que son ya no nos queda mucho más que hacer, así que cerramos la jornada tomando algo en una terraza junto al mar agitado en Marsalforn.

Séptimo y último día de nuestro accidentado viaje. El día vuelve a desperezarse nublado y ventoso, por lo que nos tomamos el desayuno con muuuuucha calma charlando con nuestros anfitriones. Para cuando salimos, el clima ha cambiado favorablemente. Ahora hay un sol que se mantendrá todo el día, pero un viento que, yendo y viniendo, hará dudar durante toda la jornada entre abrigo y biquini.

Cogemos el ferry para volver a Malta que, por cierto, sólo se paga a la vuelta. Supongo que todos los viajeros nos sorprendemos cuando, en el trayecto Malta-Gozo, nadie nos pide ni nos ofrece ningún ticket. El truco está en que pagas ambos viajes a la vuelta. El coche y dos pasajeros cuesta 20 € ida y vuelta. Aún nos quedan por recorrer las costas norte y oeste de Malta, que comenzamos con una exploración por las pequeñas playas de Armier Bay, cerca de donde estaba nuestro gran hotel. Algunas de estas playas son de roca, otras tienen algo de arena. No son el mejor lugar del mundo para bañarse y, al ser tan pequeñas, seguramente en verano estén repletas de gente, pero sin duda tienen la mejor paleta de azules en sus aguas. Desde el bar en que comemos se pueden contemplar esas pinceladas que dio la naturaleza en un día furioso y de frente los acantilados del lado sur de la isla de Comino.

Después de llenar la panza, le hacemos una visita al pueblo de Popeye. Este pueblo es totalmente artificial, ya que se creó para rodar la película de Popeye. Supongo que, al ver lo curioso y bonito que había quedado allí, en esa entrada de mar escarpada de aguas color turquesa que contrastan con el colorido de las casas, decidieron dejarlo puesto. Lo malo, claro está, es que hay que pagar entrada para bajar a verlo. Como yo apenas puedo andar, no nos merece la pena meternos a pasear subiendo y bajando entre sus casas. No pasa nada. Avanzando unos metros más por la carretera te plantas en las rocas de enfrente, desde donde tienes las mejores vistas.

Completamos la tarde visitando playas de la costa oeste. Paramos primero en la de Ir-Ramla-Tal-Mixquqa, bastante grande y bonita, aunque con bastantes hoteles construidos a sus espaldas. Por supuesto, esto quiere decir que hay mucha gente, pero al menos esta playa nos regala un rato de sol sin viento para que disfrutemos, por fin, ¡de un rato en bañador!

_DSC0313.NEF

Cuando, transcurrido un rato, el cierzo vuelve al ataque (porque hemos descubierto que el cierzo maltés es una realidad), seguimos nuestra ruta de playas. La playa vecina de Ghajn Tuffieha, más vacía y salvaje, se ve muy apetecible, pero hay que bajar por un sendero inaccesible para mí. Siguiendo un poco más la costa, nos asomamos por último a la playa de Il-Gnejna, rodeada de casetas de pescadores que guardan barcas en sus panzas. Nos habría gustado tomar algo aquí viendo el atardecer, ya que el enclave es realmente bonito, pero con este viento, ya frío, resulta imposible. Habrá que asumirlo, nuestro viaje de una semana por Malta ha llegado a su fin. Ya sólo queda volver a Sliema para pasar nuestra última noche en la isla del viento y de los acantilados. ¡Hasta otra, Malta!

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