FURGONETEANDO POR LOS BALCANES

El verano comenzó hace un mes. Pero ahora, cuando julio se pone de lo más cruento en Zaragoza, nosotros nos vamos para comenzar nuestro viaje más largo como caracoles:

FURGONETEANDO POR LOS BALCANES

Disponemos de escasos 18 días para nuestro ambicioso recorrido y, de hecho, siempre toca hacer recortes en la planificación porque se van las manos…. Por eso nuestro viaje de ida será en ferry hasta Albania y, una vez allí, sobre ruedas con nuestra casita.

El sábado 28 sale nuestro primer ferry desde Barcelona. Viajamos con la compañía Grimaldi y la salida se demora hora y media y llegamos al puerto de Civitavecchia (muy cerca de Roma), tras 24 horas de viaje y con nada más y nada menos que 4 horas de retraso. Además, los servicios a bordo dejan un poco que desear. Nosotros no cogimos camarote, sino butacas. Las butacas están todas en una sala oscura pensada simplemente para dormir, pero es un desastre porque la gente te quita el sitio, las puertas hacen ruido… No pegamos ojo.

Agotados como llegamos del viaje en ferry, nuestra noche de paso por Italia no iba a ser mejor. Llegamos casi a las 2:00 de la madrugada por fin a un “furgoperfecto” situado a media hora del puerto.

Nuestro primer lugar de pernocta es una playa de rocas. Muy tranquila, aunque con un par de furgonetas más. Desde luego todo parece perfecto. Calma, el ruido del mar besando suavemente las rocas, la luz de la luna casi llena reflejada en el agua… Una vez dentro de la furgo comienza la pesadilla: calor y mosquitos… ¡Mala combinación!

La mañana siguiente empieza, por lo tanto, mucho más temprano de lo previsto, con apenas dos horas de sueño a la chepa, mucho cansancio y, eso sí, un refrescante y muy revitalizante baño en el mar bajo la mirada de unos pocos pescadores.

Nuestro primer día en Italia consiste básicamente en horas de carretera y pequeñas paradas para poder echarnos cabezaditas y no quedarnos dormidos al volante. Tenemos que cruzar a la otra costa del país para coger, al final de la tarde, el ferry que nos llevará del puerto de Bari al de Durres, Albania.

Este segundo viaje en ferry deja bastante más que desear comparado con el anterior. El embarque dura unas 5 horas. 5 horas de energúmenos al volante peleando por pasar primero. Un caos total y ausencia absoluta de organización por parte de la empresa (GNV). Además, si el ferry de Grimaldi tenía piscina, múltiples bares y unas infraestructuras que estaban bastante bien, el de GNV es más pequeño, más viejo y por no tener, casi no tiene ni bar. Afortunadamente, en esta ocasión sí habíamos reservado camarote para dormir. Y menos mal, porque las zonas comunes tienen unos bancos de plástico poco deseables y muchas personas prefieren dormir en el suelo enmoquetado  antes que en ellos.

¡Por fin dormimos una noche! No obstante, la llegada a Durres estaba prevista a las 11:00 y a las 8:00 nos despiertan por megafonía avisando de que hay que empezar a desembarcar… El desembarco otra vez un tanto caótico. Pero esta vez tenemos la suerte de ser uno de los primeros coches en bajar, por lo que nuestro día turístico empieza mucho antes de lo previsto.

A las 10:30 ya hemos llenado el tanque de gasolina, hemos cambiado euros a leks al tío que trabaja en la gasolinera y nos hemos metido entre pecho y espalda un extraordinario desayuno de crêpes con frutas. Por cierto, no es necesario cambiar a leks en Albania, ya que aceptan euros en casi todos los sitios. No obstante, nosotros, por si acaso, cambiamos 40 € (5000 leks).

Durres es una ciudad que no tiene gran cosa (en cuanto a interés turístico, por lo que sepamos). Paseando un poco por sus calles a nosotros, que vivimos dos años en Estambul, nos recuerda a Turquía: el tipo de calles, casas viejas de colores pero de construcción moderna, pequeños comercios que venden un poco de todo, los puestos de fruta, las pequeñas mezquitas en algunos rincones, hombres mayores jugando a juegos de mesa sentados frente a sus casas o en las cafeterías… Digamos que aún se nota ese pasado otomano que tuvo Albania.

Ya que hemos desembarcado allí, visitamos el anfiteatro romano de Durres, todavía semienterrado y con algunas casas seguramente construidas sobre las ruinas que siguen sumergidas bajo el peso de la historia. Apenas vale 2 € la entrada y tampoco te pueden cobrar mucho más, por lo descuidado que está y lo poco que hay que ver. Pero merece la pena. Puedes pasear por debajo de las gradas, donde hace tantos siglos esperaron los gladiadores para salir a morir y donde, siglos después, los cristianos aprovecharon para reutilizar la infraestructura y plantar una capilla, con sus mosaicos, sus ventanas, su pozo… Todo junto resulta en una combinación curiosa.

Visto esto ponemos rumbo al Lago Shkodra, donde nos alojaremos en un camping a sus orillas (Lake Shkodra Resort). Lugar absolutamente recomendable. Es una pradera que baja hasta el lago, con una pasarela de madera desde donde uno puede bañarse. Tiene al frente unas montañas, a las espaldas, las del Parque Natural de Thethi, una zona con hamacas y tumbonas, un bar restaurante donde te atienden muy bien… Y todo por muy buen precio: 8 € por persona.

Esta zona está al noroeste de Albania. El lago hace frontera con Montenegro, y el parque natural, con Montenegro y Kósovo. De camino hasta allí, nos damos cuenta de que los albaneses son un auténtico peligro en la carretera. No importa que estén en una curva con línea continua o que vean un coche venir de frente, ellos se lanzan al adelantamiento. Así que despacito, paciencia y los ojos bien abiertos. Otra cosa que  nos recuerda a Turquía son todos los puestos de fruta que se monta la gente junto a la carretera. Por cierto, aquí lo que más veréis son sandías. Y, damos fe, ¡están especialmente ricas!

Esta tarde la pasamos relajadamente en el camping, junto al lago. Baño va, baño viene, siestecita al sol… Y un atardecer maravilloso sobre el lago con su noche de estrellas. Nos lo hemos ganado.

A la mañana siguiente amanecemos temprano de nuevo. Nuestra idea era pasar nuestro segundo día de Albania en el parque natural de Thethi y hacer noche allí, para tener tiempo de hacer la excursión al Blue Eye y a las cascadas de Grunas, entre otras cosas. Sin embargo, el día de antes leemos en varios blogs que el camino que lleva hasta allí es muy escarpado y está fatal para ir en coche. Nos entra el miedo y decidimos que es mejor dejar la furgoneta esperándonos en el camping e ir en una excursión contratada con un conductor que sabe lo que se hace. El problema es que entonces tendremos menos tiempo allí para hacer excursiones. Pero sin duda es la mejor opción, ya que de otra forma el mal rato habría sido importante.

La excursión, contratada desde el camping, cuesta 30 € e incluye el viaje y la comida allí en el pueblo de Theth, en una casa en la que alquilan habitaciones y dan comidas, donde una familia te sirve comida típica albanesa (buenísima, por cierto). Por lo que vemos, en Albania comen mucho encurtido y verduras como el tomate y el pepino y queso feta. En este aspecto recuerda a sus vecinos de Grecia y a Turquía (además del raki, que también se bebe en Turquía y es el ouzo en Grecia).

Salimos a las 8:00 para regresar a eso de las 18:00. Hay unas 2 horas y media de viaje (sólo la ida). Llegado un momento, la «carretera» se pone realmente crítica, pues se convierte en un camino entre precipicios en el que toca echar marcha atrás y maniobrar cada vez que te cruzas con otro coche. Y no sucede pocas veces…Subimos una montaña… La bajamos… Y finalmente llegamos al valle. A ese espléndido valle donde se encuentra el pueblo de Theth, engullido por las escarpadas montañas y enfilado por el río.

Lo cierto es que la naturaleza nos recuerda tremendamente a los Pirineos. Esto nos parece precioso, pero nuestros queridos Pirineos no tienen nada que envidiarle. Sin embargo, hay un toque diferente, y son ese tipo de casas e iglesias, todo como esparcido a lo largo del valle, sin formar realmente un pueblo, con tejados de formas extrañas, con huertos, gallinas, cabras y vacas por todas partes, con campos de maíz, de sandías… Simplemente es diferente de alguna manera. Hay  gente que se queda a pasar una noche allí en alguna de esas casas, sin duda una gran idea si se busca paz y aislamiento total.

Hacemos la excursión a las cascadas de Grunas, que es más o menos una hora entre ir y volver, muy facilito. Y nos quedamos con ganas de ir al cañón del río, que está lo suficientemente lejos como para que no nos dé tiempo, ya que hay que estar a cierta hora para comer en la casa y a las 15:00 en la parada del autobús para regresar. Pero sí nos da tiempo de pasear un poco más junto al río y de bañarnos en una de sus pozas.

La vuelta a casa es apocalíptica… Justo antes de subir al minibús, se cierran las nubes sobre el valle y empieza a caer una tormenta de aúpa. Llueve y llueve y llueve… En seguida se forman ríos en el camino y no sé ni cómo conseguimos salir de allí, pero al final lo logramos. Toda una experiencia.

Amanece nuestro tercer día en los Balcanes y abandonamos Albania para dirigirnos a Montenegro.

Pronto por la mañana llegamos a la frontera, donde la policía de aduanas nos revisa toda la furgoneta y, después de ponernos las cosas patas arriba y hacernos perder media hora, nos deja marchar sin problemas. Eso sí, nada más pasar la frontera nos para la policía montenegrina por la carretera, y es que en Montenegro es obligatorio llevar las luces del coche encendidas siempre. Nos dan el aviso y afortunadamente no nos multan. Pero atención, es algo que hay que tener en cuenta.

Nuestro camino pasa por Podgorica, capital de Montenegro, y por eso entramos a ver la catedral. De otro modo, si vuestra ruta no pasa por ahí, la verdad es que no merece la pena ni entrar, ya que la ciudad fue devastada en la guerra y tuvo que ser reconstruida totalmente. Por lo que las calles, grandes avenidas desoladoras, están compuestas por ese tipo de casas feas de cemento que se construyen en todo lugar que acaba de pasar una guerra, cuando no hay dinero para hacer nada más que un simple lugar donde poder reubicar a la gente. Tampoco vemos un centro neurálgico donde haya tiendas o bares que le den algo de vida al lugar. Eso sí, la catedral es increíble. Es una iglesia ortodoxa que se construyó en 1993, plantada en lo que más bien parece un parking de tierra, toda blanca, con roca a veces en bruto y a veces tallada con hermosas figuras vegetales y religiosas. Por dentro es todo color. Una de esas joyas que sorprenden el doble por verlas en un lugar que parece no corresponderles. Pero, aparte de eso, de verdad, nada más que agrade la vista en Podgorica.

Lo cierto es que, de todas formas, es bastante fácil que el camino de cualquier viajero pase por allí, ya que (tanto en Albania como en Montenegro) parece que solo exista una carretera. Resulta imposible perderse. Tú simplemente sigue la carretera.

Toda la zona que atravesamos de Montenegro es montaña, es verde, es bosque. Desde la carretera, alta, la vista se pierde en más y más montañas a lo lejos, no importa a dónde mires y, conforme te acercas a la costa, las montañas acaban abruptas en el mar, donde han construido, apurando el espacio, pequeñas ciudades.

Antes de llegar a una de estas ciudades, Budva, pasamos por el pueblo de Cetinje para visitar su monasterio. Da la impresión de ser lugar de peregrinaje, pues se ve preparado para el turismo (parece que nacional) y todo aquel que entra al monasterio se santigua constantemente. En el monasterio vive actualmente un puñado de monjes ortodoxos y guardan en el interior varias reliquias muy veneradas, como los restos momificados de Pedro II de Montenegro y los de San Pedro de Cetinje y un fragmento de la Vera Cruz, entre otros. La parte accesible al público del monasterio son un par de pequeñas capillas que se ven muy rápidamente. Para entrar debes cubrirte las piernas y los hombros, pero allí mismo te prestan unos pañuelos. La entrada es gratuita.

Llegamos a comer, más bien tarde, a Budva. Esta es una ciudad que nos recuerda a Salou, en cuanto a cantidad de turismo nacional abarrotando sus playas y a bares de fiesta, pero con el encanto del casco antiguo amurallado que podría compararse al de Peñíscola. Cabe decir que el enclave de Budva es muy atractivo, ya que tiene a sus espaldas las montañas, con una bajada muy en picado hasta el mar y varias playas por la zona.

Después de comer, damos un paseo por ese casco antiguo, que es realmente bonito, pero después, aunque deseando darnos un baño bajo el calor abrasador, no nos sentimos nada atraídos por las playas abarrotadas, así que seguimos nuestro camino para acabar la ruta de hoy en la ciudad de Kotor.

Kotor es, por el momento, la ciudad que más nos impresiona. Una auténtica joya. Una vez más, se trata de una ciudad clavada en la falda de impresionantes montañas, o digamos rocas, solo que esta vez la baña una lengua de mar, una especie de fiordo, que te hace dudar sobre si te encuentras en un lago.

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Llegamos poco antes de que atardezca y aparcamos en un parking que tiene una playa de piedras justo al lado, con unas cuantas personas dándose un baño de mar muy especial. Con lo acalorados que llegamos y con esas ganas de baño frustradas, no lo dudamos un momento y nos sumergimos brevemente en las aguas de Kotor. Un ratito más tarde, ya casi al atardecer, nos cambiamos y mandamos a nuestros pies a paseo por la ciudad antigua, el casco amurallado. No hay que olvidar que esta ciudad es patrimonio de la UNESCO, y por algo lo es… Calles medievales, empedradas, con iglesias ortodoxas, católicas… Y muchos, muchos gatos, que de hecho se han convertido en símbolo de la ciudad. Sobre la ciudadela, construida como desafiando las leyes de la gravedad, hay encaramada a la roca una muralla vieja a la que no parece ni posible acceder. Pero vemos que, a medio camino, hay una iglesia a la que se puede subir por unas escaleras. Aunque se ve muy en vertical sobre nuestras cabezas, no podemos evitar subir para ver desde allí el atardecer. Desde luego, es obligatorio encaramarse a esas alturas para disfrutar de ese atardecer de Kotor que funde los colores del cielo con los de la lengua de mar que entra reptando por entre las montañas y, justo debajo, los tejados medievales de Kotor.

Resulta, además, que estos días se está celebrando el Carnaval de Kotor, así que, desde la orilla de enfrente, donde encontramos un “furgoperfecto” para hacer noche en un parking junto a la orilla, mientras cenamos, la música del concierto de esa noche nos deleita sabrosamente bajo el manto estrellado, los cantos de los grillos y el reflejo de las luces de Kotor sobre las aguas tranquilas. Una delicia, un descubrimiento.

Amanecemos a las orillas del mar frente a Kotor. Lo bueno de este lugar para dormir es que, aunque no tiene baños, hay al lado un par de cafeterías donde puedes desayunar y aprovechar para usar los servicios.

Hoy costeamos siguiendo la carretera que va junto a la lengua de mar para hacer paradas en un par de pueblos. Lo cierto es que las faldas de estas montañas están sembradas de pequeños pueblos y de rincones donde la gente se da unos magníficos baños desde las rocas o incluso desde alguna diminuta playa (llena de gente, claro). Nosotros visitamos primero Perast, donde las casas de piedra blanca son palacios de los siglos XVII y XVIII. Damos por sus dos calles un paseo tranquilo, dejándonos empapar por el silencio y la calma del lugar y luego seguimos nuestro camino, que se verá interrumpido por un refrescante chapuzón en un rincón tranquilo junto a la carretera.

Lo cierto es que toda la zona se ve bastante turística, con muchos apartamentos de alquiler, pero sin llegar a agobiar, aunque Herzeg Novi, nuestra siguiente parada, sí resulta quizás demasiado abarrotado para el poco espacio que hay en sus calles.

Por cierto, la noche anterior tuvimos mucha suerte encontrando aquel rincón para dormir frente a Kotor, ya que toda la zona carece de espacios o caminos junto a la carretera en los que poder buscar un rincón tranquilo donde pernoctar. Pero hoy, al pasar entre Perast y Herzeg Novi, vemos varios campings, pequeños pero en rincones muy bonitos.

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Herzeg Novi es un pueblo bastante más grande que Perast y con numerosos bares, restaurantes y tiendas. Tiene también una ciudadela tipo medieval muy bonita pero pequeñita y que se visita rápidamente.

Así pues, permanecemos allí poco rato y volvemos a ponernos en marcha para salir del encanto de esta zona y de Montenegro, ya que ahora nuestro siguiente destino es: Croacia. Más concretamente pasaremos la tarde en Dubrovnik. Aunque nuestra idea era comer antes de salir de Montenegro en algún recodo del camino, antes de darnos cuenta nos topamos en una curva con el paso fronterizo. Y esta vez el control de la aduana se hace muuuuuy largo. Nada más y nada menos que hora y media de espera.

La llegada a Dubrovnik es espectacular. Desde la alta carretera cae la vista en picado sobre el mar Adriático. Algunos pueblos con pequeñas playas se agarran a la montaña rozando el mar y, de frente, la ciudad de Dubrovnik hace lo mismo pero con su antigua ciudadela abierta imponente sobre el mar. Fuertes murallas rodean un buen puñado de casas y palacios medievales.

Una vez en el interior, entramos en el mundo del turismo masificado. Al menos hemos llegado ya casi a media tarde y parece que el grueso de turistas (cruceros, etc.) ya no está por aquí. No obstante, como en tantas otras joyas de la historia, ya resulta imposible pasear tranquilamente por sus calles e imaginar que estamos en otro tiempo o simplemente poder saborear la vida «real» del lugar, porque ya no la hay. Por cierto, en las calles de Dubrovnik se han rodado muchas escenas de Juego de tronos y de repente te topas con turistas un poco frikis haciendo una ruta guiada sobre las escenas de la serie rodadas allí o sacándose una foto en un punto clave mostrando el fotograma en concreto (por ejemplo, las escaleras por las que los Septones hacen desfilar desnuda a Cersei).

Sea como sea, Dubrovnik no ha perdido su belleza y merece mucho la pena poder contemplarlo desde las alturas y perderse un rato por sus calles. Eso sí, éstas están llenas de tiendas de recuerdos, bares y restaurantes bastante caros, así que no merece la pena ni tomarse nada por ahí. La cuestión que nos planteamos nosotros durante un rato es si subir o no a las murallas. Hemos oído que merece la pena, pero la entrada vale algo más de 20€. Nos parece un robo y poco ético, pero realmente nos apetece ver la vieja ciudad desde las alturas… Finalmente, optamos por pasar por el aro. Y la conclusión es que realmente merece la pena. Las vistas son un placer mires hacia donde mires. Dar la vuelta a todas las murallas (es como un circuito, dirección única) tranquilamente es una hora. Hay que tenerlo en cuenta si subes al atardecer, como nosotros, cuando ya hay pocos turistas haciendo lo mismo, la luz está en su momento más bonito y queda poco rato para que cierren.

Por cierto, aunque en Albania aceptaban euros en muchos sitios y en Montenegro es la moneda oficial, en Croacia hay que cambiarlos por Kunas. Cerca de la ciudadela y dentro mismo de ella hay algunas oficinas de cambio.

Otro aspecto que debemos tener en cuenta en este país si viajamos con camper, es que está prohibida la pernocta. Dudamos si arriesgar, porque habíamos visto un “furgoperfecto” encaramado a la montaña sobre Dubrovnik que fuimos a comprobar al mediodía para comer allí, pero sólo de aparcar ya nos dice un lugareño que no se puede aparcar ahí, así que descartamos la idea y decidimos ir a un camping. En Dubrovnik ciudad (cerca hay más) sólo hay un camping y es realmente caro, ya que nos cobran unos 50 € (para dos personas y una furgoneta). Un poco indignados nos resignamos y abrimos de nuevo generosamente nuestra cartera de turistas…

Hace dos días que nuestra vieja furgoneta nos da dolores de cabeza… Un manguito se ha roto y perdemos el agua que refrigera el motor tal cual la echamos. Hemos seguido en ruta durante 48 horas dando de beber agüita fresca a la furgo cada vez que paramos, pero ayer ya nos dimos cuenta de que la cosa cada vez va a peor y empieza a oler a chamusquina (literalmente). Así no vamos a poder llegar a Zaragoza… Al llegar a Dubrovnik vamos a un taller, pero van a cerrar y tienen mucho trabajo. «Volved mañana temprano» nos dicen. Así que hoy, en nuestro  séptimo día en ruta, madrugamos pero bien para estar allí a primera hora. Al llegar van y nos sueltan: «No arreglamos Volkswagen», ya que es un taller Citroën. Bien podían haberlo dicho ayer… Y así empieza nuestra mañana de peregrinaje de taller en taller por los alrededores de Dubrovnik: que si aquí hasta el lunes nada (estamos a sábado), que si aquí no reparamos eso… Finalmente encontramos un taller escondido con un mecánico que chapurrea el inglés y que nos hace esperar un rato pero ¡por fin nos ayuda!

Acaba la mañana y parece que el mecánico croata ¡nos ha salvado la vida! No obstante, arrancamos la furgoneta y en seguida… «Pi-pi-pi-pi…» Salta la alerta del aceite. «Bueno, estos días, junto con el agua, la furgoneta ha perdido algo de aceite, vamos a comprar aceite a la gasolinera de ahí al lado y le echamos». Dejamos que la furgo se enfríe, lo hacemos… «Pi-pi-pi-pi….» «¡No puede ser!» Nos dan ganas de llorar… «Bueno, vamos a ver si el mecánico sigue ahí y le preguntamos». Pero el mecánico ya ha cerrado. Se habrá ido a comer. «Pues comemos aquí mismo y esperamos a que el motor esté más frío para volver a comprobar los niveles de aceite…» Comemos, arrancamos y: «pi-pi-pi…» Por suerte, el mecánico ya ha vuelto al trabajo. Así no podemos seguir de viaje, así que nos acercamos de nuevo a explicarle lo que pasa. Afortunadamente, el único problema es que se había olvidado de conectar un sensor. Cinco minutos y ¡por fin estamos de viaje con la furgoneta arreglada! Nada parece fallar ya, así que… ¡A Bosnia!

No pasamos más que 24 horas en Bosnia, pero nos encanta. Es un país con un regusto especial que nos deja con ganas de volver en un futuro y conocerlo mejor. El paisaje, todo montañas con páramos, bosques o matorrales y de repente con extensos valles entre abruptos montes, en parte nos recuerda a los paisajes de Soria, pero tiene un sabor diferente. Nos vienen a la mente todas esas películas de las guerras de los Balcanes en las que los tanques de los cascos azules van por caminos minados.

Conducimos un par de horas por estos lares, casi solos por la carretera (una vez más, ese tipo de carretera estrecha, sin arcenes y con los extremos rotos) hasta llegar a Mostar. Precisamente esta fue una ciudad donde se libró la guerra de una forma muy cruenta (de hecho, cerca del centro de la ciudad vemos un cementerio donde todos terminaron en las mismas fechas: 1993 o 1994).

La ciudad de Mostar es especialmente conocida por su puente, construido por Mimar Hajrudin, discípulo de Mimar Sinan, que fue el arquitecto de algunas de las mezquitas más importantes de Estambul y, también, de alguna de las mezquitas de Mostar. Aunque el puente se construyó en el S XVI, al ser un símbolo de la ciudad, durante la guerra de los Balcanes, las tropas croatas lo destruyeron a propósito. Tras la guerra, se reconstruyó tal cual había sido antes y ahora, tanto el puente como el centro histórico de la ciudad,  son patrimonio de la UNESCO. En el propio puente hay un museo fotográfico de la guerra y, no muy lejos, en una de las calles del centro, hay otro que también trata el conflicto. Aunque nos quedamos con cierta curiosidad por entrar a alguno de los dos, se nos empieza a hacer de noche después de haber callejeado por la ciudad y decidimos mover hasta nuestra siguiente parada, donde haremos noche.

Mostar es una ciudad curiosa. Contrastan las mezquitas con las iglesias católicas y ortodoxas. Hay un pasado otomano más que presente. De hecho, nos cruzamos con un montón de turcos, las múltiples tiendas de recuerdos que siembran las calles venden objetos y productos idénticos a los que encontramos en Estambul y hay unas cuantas casas otomanas entremezcladas con otros tipos de edificios. Es posible entrar a las mezquitas más famosas de la ciudad, incluso subirse al minarete de la que está junto al río, cerca del famoso puente. Seguro que las vistas son preciosas, pero cobran unos 6 € por ello y, sinceramente, cuando vivimos en Turquía pudimos ver decenas de mezquitas maravillosas gratis y pagar por esto nos parece un robo. Así que no podemos decir de primera mano cómo son porque no entramos.

Por otro lado, todavía quedan casas derruidas en la guerra o con las fachadas llenas de metralla, que uno no sabe muy bien si es que no han tenido aún tiempo para reconstruirlas o es que quieren dejarlas así para que no se olviden los horrores de la guerra.

De hecho, resulta escalofriante acercarse a la Plaza España donde, por cierto, hay un monumento a los Cascos Azules españoles que murieron a lo largo del conflicto (última muerte en 2008, que fue ayer, como quien dice) y observar la Snipe Tower, desde donde se apostaban los francotiradores. Viéndola sí que se siente uno en una película de terror. Aún se ven las marcar de metralla rodeando las ventanas a través de las cuales el otro bando trataría de eliminar al molesto francotirador. Vale más una imagen que mil palabras, así que adjuntamos foto.

Mostar resulta exótico y escalofriante al mismo tiempo, pero debido al turismo, subir a su famoso puente o pasear por las calles plagadas de tiendas de recuerdos tiene bastante de incómodo.

Ya casi de noche llegamos al pueblo de Pocitelj, bastante cerca de Mostar y situado junto a un río precioso. Buscando dónde dormir, encontramos un “furgoperfecto” metiéndonos por un camino que sube al lado del río. En un principio pensamos que no habrá casas, pero nos vamos dando cuenta de que, en realidad, el grueso del pueblo está por ahí, en los chalets que, escondidos entre árboles y sus jardines, pueblan ambos lados del camino. De todas formas, aunque hay más trasiego del previsto, es una zona muy tranquila y encontramos un recodo frente a unas casas que incluso tiene unas mesitas de madera y una bajada al río. Allí pernoctaremos (atacados por los mosquitos una vez más, eso sí).

No obstante, hoy queremos probar la cocina bosnia, así que, una vez aparcados en nuestro rincón, subimos andando al pueblo para cenar en un restaurante. Encontramos un restaurante donde están tocando música tradicional bosnia. En un primer vistazo, da la impresión de ser un sitio preparado para los turistas (este, aunque en menor cantidad, también es un punto turístico), pero en seguida vemos que la gente de las mesas está coreando en bosnio las canciones. Y menuda fiesta se llevan… Pasamos una cena de lo más agradable disfrutando del ambiente y de esas canciones, un tanto melancólicas, cuyas letras nos gustaría poder comprender.

Por la noche, nuestro rincón de pernocta tiene, desde donde acaba la montaña junto al río, un manto de estrellas y el canto de los grillos. Por la mañana, nos despertamos más tarde que nunca y todavía no hay nadie a nuestro alrededor. El río corre tranquilo y fresco y nos lavamos la cara (o incluso alguno se baña) en él. Mientras desayunamos, un vecino viene y nos trae unas manzanas de su huerto. ¡¿Pero se puede ser más amable?!

Ahora vamos a pasear por el Pocitelj antiguo, que ayer sólo vimos de noche. Aunque también hay varios puestos de recuerdos esparcidos por las calles principales, se respira calma. Las calles están mal empedradas y son todo cuestas, pues el pueblo está subido al monte y rodeado por unas murallas que, una vez más, nos parece que hacen contrastar ese aire medieval con el otomano de algunas casas y de sus mezquitas. Aunque cuesta cierto esfuerzo, merece la pena subir hasta alguno de los puntos de las murallas y ver el pueblo desde arriba. Es precioso contemplar la lengua del río que se pierde dejando un rastro de mariposa, con colores que van del marrón al azul turquesa, pasando por el beige, el ocre y el verde.

Nuestro siguiente destino son las cascadas de Kravica. Están cerca de Pocitelj. Nada más llegar nos damos cuenta de dónde nos hemos metido. En el aparcamiento hay cientos de coches y decenas de autobuses y para entrar tienes que pagar 5 €. Bajas por un camino, casi en fila india por la cantidad de turistas que hay y finalmente llegas a las cascadas.

Por sí mismas son preciosas. Se despliegan por varias zonas y forman una pequeña laguna de un agua azul intensa que se va con el río. Pero la sensación de estar allí es agobiante. Apenas hay un hueco donde poner la toalla. Hay varios chiringuitos y demasiada gente. El lugar debe de ser precioso cuando no haya nadie (¿sucederá eso en algún momento del año?), pero así… No sabemos si lo recomendaríamos.

Nosotros, ya que estamos allí, encontramos un hueco entre las raíces de un viejo árbol junto al agua, dejamos ahí las cosas y nos damos un par de chapuzones. Y después, sin mucha dilación, volvemos a la carretera para decir adiós con cierta pena a Bosnia.

Esta vez cruzamos la frontera por una carretera casi vacía (montañas y más montañas… ¡Madre mía, qué escarpados son estos países!) y en la aduana ni siquiera hay fila, ni nos registran ni nada. Más contentos que unas pascuas estamos otra vez en Croacia.

Vamos a coger un ferry en Drvenik para cruzar a la isla de Hvar. Al llegar, hay bastante fila y tienen que venir dos barcos hasta que cabemos. Por suerte, al ser domingo, hay cada 45 minutos. Perfecto, porque así, mientras nuestro coche espera en la fila, nos da tiempo de comer y de darnos un chapuzón estupendo en la playa de piedras que hay ahí mismo (ya podrían todas las esperas ser así).

Llegamos a Hvar a media tarde y vamos directamente al camping donde pasaremos las próximas dos noches: Grevisce. El precio para dos personas con camper es de 44 € la noche. El camping está en medio del bosque, en cuesta y con salida a un par de playas. Es un rincón estrecho, como todo en estas zonas tan escarpadas, pero muy bonito. Dedicamos lo que nos queda de día a bañarnos en la playa del camping, a hacer snorkel para contemplar  a todos los peces que se bañan con nosotros y a tomarnos algo viendo el atardecer en el bar junto al mar. Por la noche, solos en la playa, nos relajamos contemplando el universo para recordar que no somos más que parte de las estrellas.

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Amanece nuestro primer día completo de isla. Con calma. Hoy todo con calma. Por la mañana nos damos un baño en una de las dos playas del camping. En la otra hay más gente, aunque no demasiada, pero es que en la nuestra estamos apenas una decena de personas. Se está de vicio y el rincón, de piedras y aguas turquesas transparentes, es precioso. No obstante, no podemos quedarnos sólo aquí, hay que conocer un poco la isla. Así que casi ya a mediodía, vamos a visitar el cercano pueblo de Stari Grad. Allí es donde cogeremos el ferry al día siguiente para ir a Split.

Paseamos un rato por el casco antiguo y poco más. Hace demasiado calor y quizás la mejor idea sería estar en una playa. Así que decidimos que nos iremos ya para comer en alguna playa no muy lejana. Stari Grad es uno de esos pueblos de casas blancas de piedra y callejuelas por las que resulta muy relajante pasear. El tipo de casas, una vez más, nos recuerda a Malta. Entre el blanco de la piedra, el olor a pino, el azul del mar, el tacto de sal en la piel y el canto de las chicharras es imposible olvidar que estamos en el Mediterráneo.

No sabemos muy bien hacia dónde tirar para buscar calas, pero en mitad de nuestra búsqueda, topamos con un recodo de carretera llenito hasta los topes de coches aparcados incluso en el propio carril. No se ve nada, pero está claro que abajo hay una playa. Y así es: la playa de Dubovia. Aparcamos a mil leguas, donde podemos, y bajamos el empinado sendero bajo el sol abrasador. Una vez abajo, la playa de piedras blancas y aguas turquesas tiene bastante gente, aunque no demasiada como para querer irse de allí y, entre algunos árboles y arbustos, hay unas pocas casas, una iglesia diminuta y un par de bares. Este es el rincón donde pasamos la mayor parte del día, tostándonos al sol y haciendo snorkel.

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Pasadas unas horas (con eso de que empieza a venir más gente que se nos sienta casi encima) nos apetece movernos para ver si encontramos alguna playa diferente. Así, avanzando unos pocos kilómetros, paramos en Milna. Esto es un pueblo, por lo que la playa (también de piedras blancas) está algo más llena de gente. El agua también está más turbia y nos gusta menos. Nos quedamos un rato y, ya a media tarde, cuando el sol por estos lares ya ha dejado de pegar fuerte, nos vamos a conocer la pequeña ciudad de Hvar, que da nombre a la isla.

El casco histórico de Hvar, amurallado, también se recorre en poco rato y es del mismo estilo que el de Stari Grad, solo que aquí se percibe un ambiente más pijo y más turístico-festivo. Todo esto se nota simplemente en los precios cuando te intentas comprar una botella de agua… Así que nada, damos un paseo y volvemos a nuestro camping, donde es más agradable, más bonito y más barato ver el atardecer con unas cervezas sobre el mar.

Nuestra última mañana en Hvar comienza con un baño en la playa del camping. Por mucha pena que nos dé, no tardamos mucho en irnos porque queremos coger el ferry de las 11:30 para ir a Split. Llegamos al puerto 45 minutos antes de la hora de salida y la fila ya es considerable. Efectivamente, nos quedamos fuera y nos toca esperar al ferry de las 14:00. Conviene tener en cuenta que el ferry Split-Hvar tiene poca frecuencia y que en temporada alta (como es en nuestro caso, ya que estamos en agosto) es muy posible no poder coger el barco con que uno contaba, sino el siguiente. No obstante, para nosotros no supone ninguna molestia, ya que no tenemos muchas ganas de despedirnos del azul inmenso del mar y, en cuanto la furgoneta se queda aparcada en la parrilla de salida, quieta para no moverse hasta dentro de 2 horas y media, nosotros nos ponemos los bañadores y nos vamos a unas rocas que hay allí al lado para sumergirnos otra vez en el Adriático. Desde nuestras rocas se ve perfectamente cuándo llega el siguiente ferry, así que estamos totalmente relajados en cuanto a la hora.

Las aguas de estas costas son tan transparentes que, buceando, nunca deja de maravillar ver cómo se extiende el azul intenso cayendo en picado bajo tu cuerpo que flota o lo lejos que queda la arena, mientras bancos de peces juegan a tu alrededor o mientras buscas estrellas de mar y otros bichos curiosos por entre las rocas.

Llegamos a Split por la tarde tras dos horas de viaje en ferry. Una vez más, se trata de una ciudad turística donde desembarcan cruceros y autobuses cargaditos de curiosos. Además, la serie de Juego de Tronos rodó varias escenas aquí también, por lo que incluso hay tiendas de recuerdos dedicadas a esto y tours al respecto. Lo cierto es que la ciudad antigua (de origen romano), amurallada y repleta de palacios blancos de los siglos XIII, XIV, XVI… se presta para rodar películas. Merece mucho la pena perderse por las calles del casco antiguo de Split. Cada rincón es precioso, cada casa…

Nosotros entramos a visitar la catedral y nos sacamos una entrada que también incluye el baptisterio, la cripta, el tesoro y la torre de las campanas. Todo son pequeñas cosas, pero pagas unos 6 € por todo y creemos que merece la pena. Realmente lo más curioso es la catedral que, aunque muy pequeña, resulta bastante diferente a lo que te esperas. Y la torre tiene la ventaja de que puedes contemplar la ciudad desde las alturas, que siempre resulta bonito en este tipo de sitios. El baptisterio, que antes de serlo, fue un tempo que los romanos dedicaron a Júpiter, es curioso también, aunque sea minúsculo. La zona que rodea la catedral, con sus columnas que suben a ninguna parte, techos caídos, cúpulas rotas que sólo dejan ya un ojo abierto al cielo y la esfinge traída de Egipto, dan un toque un tanto surrealista y muy pintoresco a la ciudad beige.

Hay más museos para visitar, pero nosotros no entramos en nada más. Dudamos un poco si entrar al de las catacumbas, donde en Juego de Tronos guardaba Khalesi a sus dragones. Pero finalmente nos lo ahorramos.

Ya atardeciendo, nos vamos al pueblo de Marina, no muy lejos y situado junto a una entrada de mar, donde dormiremos en un “furgoperfecto” que hemos visto perdido por el monte y cerquita de una cala de rocas. Aviso para navegantes: la pista es larga y, aunque se puede transitar, tampoco es que esté en perfectas condiciones, pero, dado que en Croacia está prohibido pernoctar en el vehículo, si se busca un rincón escondido, desde luego este lo es pero bien. Allí donde acaba la pista, nos plantamos nosotros a dormir con vistas sobre el agua, que refleja las luces de los pueblos de la costa.

Lo malo de nuestro rincón es que está a pleno sol. Ni una sombra. A las 07:30 el sol hace ya un rato que brilla y el calor dentro de nuestra casa-lata no nos deja dormir más.

Después de desayunar, bajamos a la «cala» de rocas. Lo cierto es que no es precisamente ideal para el baño. Una vez donde cubre se está bien, pero la entrada, lenta y toda de piedras, sin chanclas de río está un poco mal. Por cierto, que las chanclas de río (así como las gafas para bucear)  es algo más que recomendable para meter en la maleta si viajas a Croacia, ya que todas las playas que hemos visto son de piedras y rocas.

Nuestro primer destino turístico hoy es el pueblo de Primosten. Es un pueblo costero con una playa de piedras muy larga, muy blanca y muy llena de gente. Sin embargo, tiene unas aguas cristalinas preciosas y una entrada en picado ideal para el baño. El pueblo se ve muy turístico a nivel nacional, por la playa, pero tiene un casco histórico bastante bonito con las típicas callejuelas de piedra blanca que ya vamos viendo por toda la zona.

Después del paseo y del baño de rigor para mitigar la solana que nos está cayendo, nos vamos hacia Zadar. No sin antes pagar el doloroso precio del aparcamiento, algo bastante extendido por las zonas costeras de Croacia.

El casco viejo de Zadar, al que se entra también por alguna de las puertas de su muralla, es también curioso y muy bonito para darse un paseo. Es turístico, pero no tanto como Dubrovnik o Split, y también en él puedes encontrarte el mismo tipo de calles adoquinadas con piedra beige, pequeñas iglesias escondidas, torres con bonitos campanarios y ruinas romanas salpicando las calles como si nadie hubiera reparado en que aún están ahí. De hecho, pueden verse las bases del foro romano, por las que puedes pasearte libremente. En esa misma plaza están el Museo arqueológico (al que no entramos)  y la iglesia de San Donato, de principios del S XI de base circular, construida sobre el suelo del foro y de techo de madera. Hay que pagar 20 kunas para entrar y lo cierto es que se ve enseguida, pero resulta curiosa. Ahí al lado está la catedral, a la que se puede entrar gratis, pero hay que pagar si se quiere subir a la torre (nosotros ya hemos tenido suficientes vistas desde las alturas en otras ciudades, así que prescindimos de estas). La catedral es distinta también a lo que estamos acostumbrados a ver, con su techo plano de madera.

Quizás lo más curioso de Zadar es el Órgano del mar. Este instrumento tan curioso consiste básicamente en unos agujeros sobre unas escaleras en el paseo marítimo, que construyó el arquitecto Nikola Basic, y a través de los cuales el aire que pasa al moverse las olas del mar provoca diferentes tonos, creando una melodía especial. Nosotros (y decenas de personas más) nos sentamos un rato en los escalones para disfrutar de esa música de mar. Pero falla el hecho de no habernos traído el bañador, ya que es posible bañarse ahí (de hecho hay mucha gente haciéndolo). Junto al órgano, el mismo arquitecto colocó formando un círculo una especie de paneles que captan la luz del sol, llamado Saludo al sol, para crear al atardecer un juego de luces que, dicen, es espectacular. También dicen que los atardeceres desde ese punto de Zadar son de los mejores del mundo.

Es una lástima que nosotros no podamos disfrutar de este espectáculo, pues para el atardecer tenemos que estar llegando al camping Borje, junto al Parque nacional de los lagos de Plitvice, que visitaremos al día siguiente. El camping, por cierto, es una zona de pinares, muy bonito, bastante lleno, que cuesta aproximadamente 10 € por persona. Se nota que nos hemos alejado de los precios costeros.

Para ir al Parque nacional de los lagos de Plitvice se puede llegar en coche, aparcarlo ahí y pagar lo que cueste (actualmente 10 €, pero hay que tener en cuenta que aquí los precios suben cada año). Aunque nosotros subimos con el autobús del camping, que es gratuito para quienes estamos alojados en él. Lo malo es que sale a las 10:30 y regresa a las 17:30, lo cual te condiciona el horario.

Bueno, por dónde empezar… Si decidís visitar este impresionante parque nacional jurásico, debéis tener mucha paciencia y varias cosas en cuenta: lo más importante es saber que parece más un parque temático que un entorno natural real por la cantidad ingente de personas que hay en él. De ahí se derivan en resto de cosas a tener en cuenta… Para comenzar por el principio: la fila que hay que hacer para sacar los tickets nos lleva una hora. Después, como el recorrido que elegimos hacer (en nuestro caso el H), implica moverse con un autobús hasta otro punto y empezar desde allí, la fila para subir al autobús es otra media hora. Total, que desde que llegas al parque hasta que te pones en marcha pasan practicamente ¡¡2 horas!! Bien es cierto que nosotros hemos ido en agosto y, confiamos, esto cambiará en otras épocas del año… ¿no?

Por otro lado, la entrada cuesta 250 kn (unos 35 €). Al menos te incluye el transporte dentro del parque (autobuses y barcos). No obstante, luego comprobamos que se puede acceder por mil caminos y que las entradas sólo nos las piden cada vez que vamos a coger un transporte. No sabemos hasta qué punto hemos hecho el tonto pagando ese precio por internarnos en el bosque (gratis de toda la vida). Pero bueno, sin conocerse los caminos ni los trucos… es lo que hay. Por cierto, importante tener en cuenta que durante gran parte del recorrido está prohibido salirse del camino, dar de comer a los peces y, sobre todo, bañarse, entre otras cosas. Y esto último la verdad es que en verano, y viendo esas aguas, duele y mucho.

Antes de entrar, también venden unos mapas por 20 kn. Afortunadamente no compramos, ya que basta con echarle una foto a los que tienen colgados a la entrada y decidir qué ruta se va a querer hacer en función del tiempo (ya totalmente mermado por las filas). A nosotros nos habría gustado salirnos de la marabunta de zombis de los selfies y hacer un poco de senderismo alejándonos de los lagos para luego bajar y verlos también. Pero bastante justos vamos ya de tiempo como para hacer siquiera el recorrido que rodea todos los lagos, que en total nos lleva unas 4 horas. Así que nos conformamos con eso.

El entorno natural es realmente increíble. Nosotros comenzamos el recorrido por los Lagos Superiores y vamos bajando hasta el lago más grande de los Lagos Inferiores, donde (tras otra media hora o más de fila) cogemos un barquito que lo atraviesa (muy bonito y tranquilo esto) y nos deja en el otro extremo, desde donde andamos hasta la cascada más alta de Croacia (Big Waterfall). Por el camino, que a veces va por una pasarela de madera sobre el agua y a veces es un sendero de bosque que va junto a algún lago, atraviesas pequeños lagos de aguas transparentes e increíblemente turquesas, a cuya superficie asoman a saludarte los peces y bajas de una laguna a otra como si fuesen escalones. A tu alrededor ves el agua fluir de cada rincón. Es exuberancia pura. Es un deleite de la naturaleza que, por desgracia, no tienes ni tiempo para pararte a observar. En cuanto alguien se detiene algo más de un segundo a hacer una foto, como la pasarela es estrecha y hay tanta gente, se forma un atasco tan grande que los que estamos al final llegamos a pensar que es que hemos topado ya con la fila para coger el barco. Las hordas de turistas, junto con la mala organización del parque (falta de indicaciones o de taquillas, por ejemplo) hacen que estar en un lugar tan maravilloso se convierta en un suplicio. Los lagos de Plitvice, ¿es bonito? Precioso. ¿Merece la pena ir a visitarlo? En estas condiciones, diríamos que no.

Es nuestra última mañana en Croacia. No muy lejos de la zona de Plitvice se encuentra el pequeño pueblo molinero de Rastoke. Fue un lugar muy castigado por el conflicto con los serbios hace no tantos años, pero lo cierto es que en la actualidad no queda ni rastro. Es un lugar pequeño, fresco y tranquilo. Sólo hay unas pocas casas (gran parte de ellas, apartamentos de alquiler y restaurantes) y el río ramificado en decenas de minúsculas cascaditas que forman pozas y recodos muy agradables para sentarse un rato junto a ellos. Algunas de estas casas todavía usan sus molinos de agua para moler grano. El paseo por Rastoke es bastante breve, aunque bonito, pero quizás no merezca la pena venir de lejos si es sólo para visitar esto. Junto al pueblo hay un rincón del río habilitado para el baño, para todo aquel que quiera aprovechar la parada para refrescarse.

Tras Rastoke hacemos una jornada de viaje más larga que las anteriores para ir hasta la ciudad de Pula, en la península de Istria. Lo cierto es que, tras desviarnos 4 horas de camino sólo para verla, descartando en su lugar la opción de internarnos en Eslovenia hasta Ljubljana, nos decepciona un poco. Cierto es que tiene un pasado romano que le ha dejado grandes monumentos, como su famoso anfiteatro (o Arena), el Arco de los Sergios (en honor a la familia Sergia), que funcionó como entrada a la ciudad, la Puerta de Hércules, el Templo de Augusto (que es lo único que queda en pie del foro romano, aunque tuvo que ser reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial), las ruinas del teatro romano, el museo arqueológico, etc.

Nosotros sólo entramos al anfiteatro, cuya entrada cuesta unos 6 €. Aunque la verdad es que más o menos lo que ves por fuera es lo mismo que ves por dentro. Además, si quieres audio guía la tienes que pagar aparte. No obstante, puedes bajar al corredor y sótano que se encuentra justo bajo la arena, donde los romanos guardaban los utensilios que iban a usar para los espectáculos y a donde llevaban a los gladiadores y animales muertos o heridos en las peleas. Este es el sexto anfiteatro más grande del mundo y tenía capacidad para 23.000 espectadores. Lo cierto es que resulta imponente y aún hoy en día se celebran espectáculos en él, de hecho estaban montando un escenario.

Aparte de esto, nosotros simplemente callejeamos por las calles de Pula un rato, hasta la plaza donde se encuentra en Templo de Augusto, para el que, aunque poco, también hay que pagar. Decidimos abstenernos, ya que por una rendija se puede ver que es un espacio enano en el que apenas hay nada. La belleza de este templo está toda por fuera.

El día se va agotando y vamos a acabarlo a Rovinj, un pueblo grande de pescadores que nos roba el corazón. Aparcamos lejos del centro para ahorrarnos los casi inevitables aparcamientos de pago y, conforme nos acercamos al casco, vamos viendo que el lugar tiene mucho ambiente nocturno: mucha gente, arreglada para la noche, baja junto a nosotros hacia el puerto de Rovinj. Una vez allí, vemos un montón de restaurantes y bares con terrazas sobre el mar (aprovechando la propia roca para cobrártela como asiento, con tan sólo colocarle un cojín). Todo está lleno de gente que ha querido coger sitio para ver el atardecer. Nosotros damos un paseo por sus estrechas calles que serpentean como un laberinto. Mucha gente, muchos restaurantes, muchas tiendas y ateliers, pero mires hacia donde mires, todo es precioso.

En un rincón que encontramos al otro lado de un callejón oscuro, nos topamos con un restaurante curioso que nos da buen pálpito. Es hora guiri, son las 20:00 o poco más, pero estamos tan hambrientos que decidimos sentarnos allí a cenar. Es uno de esos sitios donde el menú es el propio camarero (que está como una cabra, por cierto) y para elegir sólo tienes cuatro cosas, los platos del día, claro. El resultado es una maravilla. Nunca nos habíamos enamorado de un plato de comida hasta este momento (adjuntamos una foto que no le hace justicia).

Con mucho pesar, ya que nos quedaríamos de buena gana tomando algo por Rovinj, cogemos de nuevo la furgoneta porque nos toca conducir media hora más hasta llegar al “furgoperfecto” donde haremos noche.

Con el comienzo del nuevo día podríamos decir que comienza también nuestro regreso a casa… o más bien dicho a España, ya que la casa la llevamos a cuestas. Como hemos tenido que eliminar jornada y media de nuestra ruta que pasaba por el norte de Eslovenia, nuestro paso por este país, más breve que breve, quedará restringido a un par de sitios que veremos en esta mañana: Piran y Predjama.

Nada más pasar la frontera paramos en una taquilla que hay allí mismo para comprar la Viñeta, tarjeta indispensable para circular por Eslovenia. Es importante comprarla, porque aunque te cueste 15 €, si te pillan sin ella (y en los peajes te controlan si la llevas pegada a la luna) la multa puede ser de 800 €.

Hecho esto, enfilamos hacia Piran. La verdad es que nos podríamos haber ahorrado totalmente el desvío. Es un pueblo costero, sin playa realmente, aunque con muchas zonas de piedras o malecón habilitadas para el baño y, sí, bonito para darse un paseo por él, pero en nuestra opinión no tanto como para que merezca la pena desviarse a él. No sabemos si será debido a los pocos kilómetros de costa que tiene Eslovenia, pero el pueblo está a reventar de gente. De hecho, perdemos un buen rato buscando sitio en un aparcamiento de pago.

Ya a la hora de comer y tras cruzar paisajes idílicos de suaves colinas y montes verdes salpicados de granjas, bosques y pastos, llegamos a Predjama, para visitar su increíble castillo fundido en la roca. Dicen que esta fortaleza medieval es el castillo construido en una cueva más grande del mundo. En realidad, el castillo construido realmente dentro de la cueva no es muy grande, pero con el paso de los años le fueron anexando el resto del complejo, que es la parte que funde la pared de roca con las manos del hombre.

La historia más famosa de este castillo es la de Erasmo, allá en el S XV. Este caballero servía fielmente a su señor, el emperador de Austria, hasta que éste ejecutó a su mejor amigo. Erasmo, para vengar la muerte de su amigo, se alió con el rey de Hungría y asesinó a un pariente del rey austriaco. Esto le puso en busca y captura, claro, así que se refugió en el castillo de Predjama. Cuando el rey austríaco se enteró de que estaba allí, sitió el castillo para matar de sed y hambre a quienes estaban dentro. No obstante, los meses pasaban y Predjama no se debilitaba. Lo que es más, de vez en cuando, Erasmo enviaba a un sirviente para que les llevase de regalo a las tropas enemigas un cerdo asado o unas frescas cerezas. Los enemigos no daban crédito. Finalmente, el rey decidió sobornar al sirviente de Erasmo para que les contase el secreto. Y éste, dejándose llevar por el brillo del oro, traicionó a Erasmo y les confesó que la cueva del castillo tenía una salida secreta que les llevaba a pueblos vecinos desde donde se abastecían. No sólo les contó esto, sino que además ayudó a que acabasen con la vida del rebelde, pues Erasmo iba todos los días al retrete, que se encontraba en un extremo de la fortaleza, de muros más débiles que el resto. El sirviente acordó encender una vela para avisar a las tropas la próxima vez que esto sucediera. Y así fue como las tropas del rey austríaco aniquilaron de un catapultazo a Erasmo en su momento más vulnerable. Su novia, muy triste, plantó un tilo junto a su tumba, que aún hoy sigue junto a sus restos en el cementerio de Predjama.

Esta es la historia que envuelve al castillo, pero hubo muchas más, ya que en él vivieron diversas familias a lo largo de la historia. Para entrar hay que pagar 14 €. Es caro, pero la visita incluye una audio guía que te explica muchas cosas interesantes y por dentro el castillo no se parece en nada a lo visto anteriormente en cualquier otro castillo o palacio. Al acceder a la parte más alta, dentro de la cueva (lo que fue la primera parte del castillo), puedes llegar hasta el comienzo del pasadizo que conectaba la cueva con el exterior y desde donde se abastecían los habitantes de la fortaleza cuando eran sitiados. Aunque no se puede acceder, ya que hay que pedir permisos porque muchas tramos requieren incluso escalada. También allí hay un «pozo» que recogía el agua que goteaba de la roca de la cueva, para tener un agua que no pudieran envenenarles. Debajo del castillo hay otra cueva que se puede visitar (previo pago también, claro), pero las visitas salen cada hora y a nosotros no nos cuadran los tiempos y se nos está haciendo tarde.

También nos apena no poder ir a la cueva de Postojna, que debe de ser increíble y está cerca de allí. Pero parece que es muy turística, es muy cara (si vais a visitar el castillo de Predjama y la cueva de Postojna se recomienda comprar el ticket conjunto para ambos sitios, que sale más barato) y el recorrido en trenecito por su interior es largo, así que lo descartamos porque nos da miedo encontrarnos con filas como las de los lagos de Plitvice.

Así pues, poco después de haber llegado, nos despedimos de Eslovenia. Habrá que volver en un futuro para conocerlo mejor.

Ahora ya sí que sí estamos de vuelta. Por delante y por desgracia (ya que nos apremia el tiempo) nos quedan muchos kilómetros de carretera y pocas paradas.

La jornada termina en Italia, Verona. Esta ciudad de callejuelas viejas, torres altas y palacios venecianos nos encanta. Pero es una pena que llegamos a las 19:30/20:00 y ya todos los monumentos están cerrados. Aun así, nos acercamos a ver desde fuera el Duomo, el anfiteatro romano (también inmenso y con un montón de gente haciendo fila para entrar a ver un espectáculo), el puente de piedra, la casa donde en teoría vivía Julieta y desde cuyo balcón se asomaba para recibir a Romeo, la Piazza delle Erbe… Sólo paseamos, pero nos encantan sus calles. Tampoco podemos quedarnos relajadamente a tomar algo y unirnos a su ambiente, ya que aún vamos a conducir 40 minutos más hasta el Lago de Garda, donde dormiremos en un aparcamiento cualquiera.

La mañana de nuestro 12 de agosto se pasa entera en la carretera. Muchos kilómetros de autopista y las verdes montañas costeras del litoral noroeste de Italia nos acompañan hasta Francia, por donde, bordeando la Costa Azul, transcurre nuestro viaje de vuelta. Al menos, el paisaje de pronunciados valles y montañas sobre el mar con pueblos o ciudades apiñadas allí donde caben ameniza tantas horas de autopista y tanto mal de peajes.

Tratamos de hacer una parada en el pueblo de Èze, un peñasco con casas agarradas a la tierra en torno a él. Las vistas del pueblo son realmente bonitas, pero no dejan acceder en coche y todos los aparcamientos que hay junto a la carretera están más que completos, así que no nos queda más remedio que seguir camino porque es imposible parar. Por lo que no sabemos cómo será el pueblo desde dentro.

Es la hora de comer. Así que buscando un recodo nos metemos por un camino del monte y encontramos una zona de bosque muy tranquila con bastante gente haciendo picnic. Es el lugar perfecto para nuestra breve parada.

Por la tarde, no muy lejos, hacemos nuestra parada más larga del día en el pueblo de Antibes. Lo cierto es que no merece especial atención. Es un sitio grande y repleto de gente pasando sus vacaciones de Costa Azul. El casco antiguo es bonito pero nada especial. Hay una playa minúscula repletita de gente y con las aguas más sucias y turbias que las de un pantano. No obstante, tenemos mucho calor y necesitamos refrescarnos antes de seguir la ruta.

Después de nuestro poco relajante baño volvemos a las autopistas hasta llegar, ya por la noche, a Arlés, donde haremos noche en un aparcamiento cerca de la estación. No podemos aportar mucho sobre la ciudad, pues no es lo mismo pasear por ella de noche que de día, ni poder entrar a visitar sus monumentos que verlos sólo desde fuera. Diremos que había poco movimiento de gente y que paseamos por sus oscuras calles casi a solas. No sabemos si la oscuridad de la noche añade misterio y decrepitud, pero da la impresión de ser un lugar un tanto fantasmagórico, con fachadas sucias y descorchadas, iglesias en ruinas… Casi parece ser su imponente anfiteatro romano (aún en uso hoy en día para celebrar corridas de toros) el edificio en mejor estado. Hay también ruinas de un antiguo teatro romano con un escenario moderno, pero apenas lo vemos, pues no se puede acceder y no está iluminado. Paseando, topamos con una curiosa plaza donde parecen encontrarse la catedral, con un pórtico precioso, un obelisco en ruinas y varios edificios más que se están cayendo pero debieron ser importantes en sus días. Volvemos a nuestra «casa» paseando junto al anchísimo río que divide Arlés.

El lunes 13, con un día entero de carretera, sin más paradas que las necesarias y con varios accidentes y retenciones por el camino, termina nuestro viaje. Quizás haya que darle las gracias por última vez a nuestra furgo, ya que todo indica que ha hecho su último gran viaje con nosotros… ¡Muchas gracias por el refugio y el impulso prestado!

 

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