Ámsterdam y alrededores (Haarlem, Marken, Volendam, Edam y Hoorn)

Esta vez hemos decidido comenzar el año con una corta escapada a las frías tierras de Ámsterdam y alrededores. Nuestro viaje sucede en los primeros días de enero y, aunque este tipo de paisajes tiene un encanto especial con el frío del invierno, no podemos dejar de preguntarnos cómo de coloridas y animadas estarán las calles de Ámsterdam en primavera y verano, cómo de agradable será comer pescado frito sentados al aire libre en el paseo marítimo de Volendam o en el puerto de Marken. Da igual, nosotros hemos venido en invierno y vamos a tener que pasar mucho frío.

Llegamos a la ciudad al mediodía y empezamos por perdernos un poquito en nuestro trayecto de tren del aeropuerto al hotel, que en nuestro caso es un EasyHotel situado en la parada de metro y tren de Bijlmer Arena (sí, justo junto al estadio). Pero en realidad el trayecto es fácil y corto de realizar. Aunque estamos lejos del centro de Ámsterdam (como unos 15 minutos de metro) hemos escogido este hotel porque parecía ser el único en el que poder disfrutar de una habitación individual sin precios privativos. La verdad es que al final la distancia no importa tanto, y es posible coger cada mañana tickets de ida y vuelta por unos 5€ o de día completo por unos 7€ que sirven para moverse en metro, tranvía y autobús, así que al final no sale mal de precio.

Nada más dejar los bultos en la habitación, como nos rugen mucho las tripas, salimos disparados en busca de un restaurante hacia el centro de la ciudad, que encontramos rápidamente en la zona de Nieuwmarkt, en esa plaza conquistada en su centro por la robusta fortaleza del Waag, que en sus tiempos fue una de las entradas de la muralla medieval. Después de llenar la panza empezamos a pasear curiosos por las calles de Ámsterdam. Nos hemos enterado de que hay un festival callejero de luces que empieza al ponerse el sol, así que paseamos perdiéndonos un poco hasta que esto suceda. Así nos topamos con el mercado de pulgas, donde vemos puestos con ropa, accesorios de bicicletas (y bicicletas), ropa, vinilos… Lo cierto es que la mitad de los puestos están ya cerrados. Continuando nuestro paseo nos metemos en el Mercado de las flores de Ámsterdam, lugar ideal para comprar bulbos de tulipanes o ramos de flores. Con la noche empieza el festival de las luces, que se extiende a lo largo de varios canales de la zona. La ruta nos lleva por parques, callejuelas, canales e incluso nos introduce en el jardín botánico. La mayoría de las esculturas de luz interactúan con el espectador, reaccionando a su tacto, presencia o calor. Desde luego una buena manera de pasar una tarde holandesa fría y oscura con un vaso calentito de glühwein en la mano.

Resulta difícil permanecer demasiado rato paseando esas calles oscuras de tibias luces reflejadas sobre los canales tranquilos con esa brisa fría que no da tregua. Así pues, todas las tardes buscamos refugio en algún coffeeshop que se tope en nuestro camino para relajar la tensión del frío. Nos llama mucho la atención el hecho de que no se pueda fumar tabaco dentro de estos establecimientos, cuando ya son de por sí una burbuja de humo. Ni siquiera está permitido fumar porros que estén mezclados con tabaco (hay que mezclar con unas hierbas que ellos mismos te ofrecen gratuitamente). Eso sí, a saber qué hierbas serán… Otro aspecto que desconocíamos es que hay coffeeshops donde sirven alcohol (por lo que conocíamos de Ámsterdam previamente pensábamos que el alcohol estaba prohibido en todo este tipos de establecimientos), pero en estos no suelen vender marihuana (a pesar de que te dejen fumarla), así que son aspectos que hay que tener en cuenta si quieres hacer turismo de coffeeshop.

Una zona donde hay, por cierto, muchos coffeeshops y muchísimos turistas incluso en estas fechas ingratas es el Barrio Rojo. No sabemos cómo, pero nuestros pasos, en sus múltiples intentos por perderse por nuevas calles siempre acaban por escupirnos de nuevo a estos callejones de rojos brillos sobre el agua, de rojos, fríos y estrechos escaparates de baldosas donde las meretrices venden sus cuerpos: gordos, flacos, operados, fríos… Algunos viandantes se paran y asoman la cabeza por las puertas de vidrio para preguntarles algo, la mayoría pasamos de largo mirando curiosos. Este barrio, siempre lleno de gente, de luces y de sexshops es, sin duda, el más turístico de la ciudad. Pero nuestros pies nos llevan por muchas calles más durante nuestra estancia. Caminamos por el barrio chino (junto a la plaza del Nieuwmarkt), por la ajetreada calle de Nieuwendijk, llena de tiendas (entre ellas, unas maravillosas tiendas de quesos holandeses a las que merece la pena entrar y, al menos, cotillear y probar un poco), asomamos a la Plaza Dam, imponente en el centro de la ciudad o descubrimos iglesias ocultas como la que se halla en el canal Singel, más o menos a la altura del Museo de Ámsterdam, llena de colores en su interior. Todo esto acompañado de dulces aromas a gofres o del olor de las típicas patatas fritas allá por donde vayas.

Cerca del Singel, en Kalverstraat, encontramos el oculto patio Begijnhof, que fue fundado en 1346 alrededor de una pequeña iglesia (Engelse Kerk). En este tipo de patios (ya que hay más en Ámsterdam) sólo podían (y pueden, en la actualidad) vivir mujeres solteras. No se trataba de monjas, pero eran mujeres católicas dedicadas a la vida religiosa, llamadas beguinas. En este patio, de hecho, se puede entrar a una iglesia clandestina que las mujeres se vieron obligadas a construir cuando, con la Reforma Calvinista, les confiscaron su iglesia. También se encuentra en este patio la casa más antigua de Ámsterdam, del año 1465, construida en madera, cosa que se prohibió entonces en la ciudad por miedo a que algún incendio devastara de nuevo la ciudad. Este patio es, sin duda, un remanso de paz.

En cuanto a museos, tuvimos que decidir qué dos querríamos visitar, ya que hay muchísimos en la ciudad, y tampoco queríamos pasar demasiado tiempo dentro de los museos en los cuatro días que iba a durar nuestra estancia allí. Visitamos, sin duda alguna, el Museo de Van Gogh, situado en el barrio de los museos, donde se encuentra también el Rijksmuseum, con las obras de artistas como Rembrandt, Vermeer y Pieneman. Hay que tener en cuenta que el museo de Van Gogh cierra a las 19:00 (aunque a ciertas horas ya no te dejan entrar) y que el Rijksmuseum ¡te echa a las 17:30 aunque ya estés dentro! Así que conviene no relajarse con los horarios y tenerlo en cuenta. Por cierto, para el museo de Van Gogh es posible (y recomendable) comprar las entradas por internet, donde te asignan ya una hora de entrada. Esto es lo que hicimos nosotros y luego todo es mucho más rápido. Desde luego, ambos museos merecen una visita. En nuestra opinión, sobre todo el de Van Gogh, pero esto ya es cuestión de gustos… Aunque el edificio del Rijksmuseum es precioso por dentro también. Para llegar a este barrio de los museos desde el centro, es posible coger el tranvía 2 o el 5, pero si decidís ir andando y os gustan los mercadillos, no olvidéis incluir en vuestra ruta la calle Albert Cuypstraat, donde montan el Mercado de Albert Cuyp, del estilo del mercado de pulgas.

Ciertamente, a no ser que uno tenga intención de visitar todos los museos de la ciudad, Ámsterdam queda visto en un par de días, y tranquilamente. Así que dedicamos nuestro tercer día a visitar los alrededores. Queremos conocer los pueblos holandeses. Tenemos intención de visitar tres pueblos (en teoría turísticos, por lo que dejan ver sus tiendas de recuerdos y restaurantes una vez que estamos allí, pero ahora desiertos en invierno, excepto Volendam): Marken, Volendam y Edam (sí, el de los quesos). Hemos descubierto que, como todos están muy cerquita los unos de los otros, podemos comprar un billete de autobús para todo el día con la empresa que lleva esos autobuses de línea (salen de la estación central de Ámsterdam y tienen una frecuencia de unos 15 minutos  aproximadamente), y por unos 10 € nos movemos por la zona todo el día.

Primero vamos a Marken, hasta donde tenemos unos 30 minutos de viaje. Este encantador pueblecito (sin duda, es el que conquista nuestros corazones) está perdido en una isla del lago Markermeer (que en realidad es una entrada del mar) y se accede a él por una carretera sobre el agua o en ferry desde Volendam. Nuestro autobús nos lleva por la carretera y conforme nos acercamos ya vemos que vamos a entrar en un lugar idílico. Es un día de sol, muy frío, y el viento hace corderitos en el agua del lago y agita esa hierba de un verde intenso. El pueblo parece fantasma. En los alrededores vemos alguna de esas granjas que salpican el paisaje de toda la zona que vamos a hoy, de campos verdes y planos surcados por canales que se extienden como raíces y se pierden en un horizonte plano e infinito. En los campos que rodean las calles internas de Marken pastan las ovejas y saltan las gallinas picoteando el suelo. En los canales que reflejan las figuras y los colores de las casas, nadan los cisnes, que se nos acercan mendigando unas migajas. Adentrándonos por las calles vemos más de cerca esas norteñas casas de madera verde y escuchamos el silencio del invierno. Si no fuera por los restaurantes del puerto, habríamos jurado que a Marken no se acercan nunca los turistas. Suponemos que en verano el ambiente debe ser diferente.

Volvemos al autobús, ya que tenmoes el bono del día y nuestra siguiente parada es Volendam, aunque también existe un ferry que une los dos pueblos. Esta vez se trata de un pueblo grande, así que hay que cerciorarse de bajarse en el centro, para ver la zona más bonita. Aquí sí hay más turistas, aunque parece que todos se concentran en una calle que hace de paseo marítimo, con vistas al lago, dejando olvidadas las callejuelas con canales que se abrigan del frío en el corazón de Volendam. Es aquí donde comemos bacalao, un poco de uno de los puestos de fish and chips y, más calentitos, un buen plato en uno de los múltiples restaurantes del paseo.

Por la tarde seguimos rumbo Edam. Este pueblo está pegado a Volendam y también es bastante grande. Apenas nos cruzamos con gente, pero es que el sol ya apenas calienta y el frío comienza a apretar demasiado. Damos un paseo una vez más por bonitas calles de casas antiguas y canales que les devuelven el reflejo. Empieza a atardecer y entonces decidimos que ¿por qué no llegar hasta el último pueblo que hay en la ruta de estos autobuses? Así que eso hacemos, nos subimos a un autobús que se va a Hoorn.

Hoorn es un pueblo ya muy grande. Quizás se le puede considerar ciudad pequeña… Cuando llegamos ya es de noche, así que paseamos por sus calles empedradas bajo esas tibias luces de invierno hasta llegar al puerto. Lo único malo de haber llegado hasta aquí es que ahora tenemos una hora de viaje hasta volver a Ámsterdam.

En nuestro cuarto día queremos visitar Haarlem. Es una ciudad pequeña a la que se llega en tren desde la estación central de Ámsterdam en tan sólo 15 minutos. Haarlem tiene, cómo no, otros tantos canales y calles empedradas vigiladas por esas típicas casas de la zona con sus fachadas irregulares. En el centro de la ciudad está la plaza de Grote Markt, donde se encuentra la iglesia de Grote Kerk (desgraciadamente, hay que pagar para entrar), cuyo órgano fue tocado por los mismísimos Mozart y Haendel. Perdidos entre sus calles hay también 19 hofjes (esos patios de mujeres como el Begijnhof de Ámsterdam) que se ocultan tranquilos alrededor de su iglesia y a algunos de los cuales se puede entrar. Emprendemos nuestro camino de vuelta a la estación andando junto al gran canal de Haarlem, porque en algún punto, queremos toparnos con ese gran molino de madera que se alza imponente en un cruce de canales.

Con paseos nocturnos de despedida por las calles de canales y luces de Ámsterdam, decimos adiós a nuestro breve viaje holandés. Viajero, si te acercas a Ámsterdam y tienes tiempo, no dudes en visitar algunos de los pueblecitos de la zona que tanto encanto tienen.

 

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