Furgoneteo francés primaveral. Destino: Mont Saint Michel.

Nos ponemos en marcha para embarcarnos en nuestro segundo viaje furgonetero por Francia. Hace un año estrenamos la furgoneta por el sureste francés, también aprovechando la Semana Santa, y este año, como tenemos unas vacaciones más largas, tenemos la intención de llegar hasta el Mont Saint Michel. ¡Bastante más al norte! Iremos bordeando la costa hasta llegar a Bretaña. ¡A ver qué tal se nos da tanto kilometraje! Afortunadamente, las vacaciones este año han caído muy tarde y los días ya son muy largos y primaverales.

9 de abril

Hoy el viaje es duro. De Zaragoza llegamos al País Vasco, para cruzar por allí la frontera. Poco después de cruzarla hacemos la primera parada, para comer de picnic en un área de descanso. Hace un día precioso de una primavera que parece verano.

Sobre las siete de la tarde llegamos por fin a nuestro primer destino: Talmont sur Gironde. Todavía hay sol como para poder visitar en manga corta este pequeño pueblo lleno de encanto , respirando la brisa del mar. Conforme íbamos llegando (por unas carreteras estrechas flanqueadas por campos amarillos de colza de olor dulzón) quedaba muy claro que íbamos en la dirección contraria, pues por el otro carril nos cruzábamos con los coches en caravana. Sin duda, el pueblo es muy turístico. Para cuando llegamos ya no quedaba mucha gente. Eso sí, todavía nos tocó pagar en el parking que han habilitado para que no entren los coches al pueblo. Talmont está en un estuario, que deja playas de aguas turbias al ser aguas muy poco profundas. La mayoría de las casas (preciosas y rebosantes de flores que huelen que da gloria en esta época del año) son talleres de artesanos o no parecen demasiado habitadas. Las callejuelas hacen pensar que estemos en el Mediterráneo, con tanta flor y esas fachadas blancas. El pueblo culmina con una iglesia románica sobre un pequeño acantilado. Un paseo muy, pero que muy agradable, aunque eso sí, cortito, a no ser que uno quiera seguir los senderos sobre los acantilados…

Viendo que todavía no es tarde, decidimos avanzar una horita más y nos vamos a buscar un rincón para dormir en la Plage de Aytrés, un “furgoperfecto al que le tenemos el ojo echado, pero que resulta no ser lo que esperábamos, ya que han prohibido el acceso a los coches y nos tenemos que quedar en un parking que, aunque muy escondido, está junto a unas obras que por la mañana nos resultan muy ruidosas con el trajín de los camiones. Pero al lado está la playa, a la que llegamos justo al atardecer. Es una playa algo aislada y poco propicia para bañarse, ya que se extiende algunos kilómetros hasta entrar en el mar (quizás con la marea alta sea diferente). Pero hay un chiringuito abierto con bastante buen ambiente y buena música, así que es el momento perfecto para pedirse una buena birra tostada y unas ostras con una pinta buenísima, disfrutando del atardecer, que se despliega doble sobre los charcos de la arena, así como de las lucecitas de La Rochelle en el horizonte.

_DSC0031.NEF

10 de abril

Como ya habíamos anticipado, madrugamos bastante. Con el cuerpo como rastrojos, nos ponemos en marcha hacia La Rochelle, donde desayunaremos. Ha vuelto a salir un día estupendo. A esta antigua ciudad de mercantes le cuesta un poco desperezarse, pero a media mañana rebosa gente paseando por el puerto, haciendo turismo o tomando algo en sus terrazas. Paseamos bajo las torres, antaño defensivas, faros o prisiones y callejeamos por sus medievales arcadas de calles grises y blancas. Una mañana basta para visitar el lugar.

A mediodía volvemos a nuestra furgoneta para marchar hacia Vouvant, un pueblo que está una hora más hacia el norte. Al llegar buscamos un restaurante donde comer, pero lo cierto es que parece un pueblo desierto y casi todo está cerrado. En nuestra búsqueda de restaurante aprovechamos para visitar todas sus calles, claro. Este pueblo resulta bastante diferente de Talmont, con algunas de sus calles sin siquiera pavimentar y pequeños parques por las esquinas exuberantes de verde y flores, tiene un encanto diferente. Desde luego aquí sí que merece la pena venir en primavera. Vouvant tiene también una iglesia románica, que ha tenido que ser reconstruida por partes, con un pórtico muy detallado y una fresca cripta con un vídeo en francés que te explica algunas cosas del pueblo y de la iglesia. Hay también en Vouvant una torre, que forma parte de las murallas, a la que se puede subir pidiendo las llaves. Detrás de la torre, hay una zona muy tranquila con un par de mesas para hacer picnic y vistas a ese hermoso río que hace un par de meandros y regala una ribera verde llena de pájaros, árboles en flor y algunos niños pescando. Así que nos compramos una baguette en la boulangerie y nos hacemos un pícnic en ese rincón de ensueño con siesta a la sombra incluida. 

Todavía es temprano por la tarde cuando nos vamos para el parque natural de Brière, a conocer la zona y buscar algún rincón tranquilo donde aparcarnos a pasar la noche en el pueblo de Kernihet. El problema es que de camino, al pasar junto a Nantes, nos enfrascamos en un atasco. ¡Para colmo la aguja de la gasolina marca la reserva ya muy apurada! Lo cierto es que no hemos visto una gasolinera en toda la tarde y empezamos a ponernos nerviosos. Cuando ya nos vemos al borde de quedarnos tirados en una autovía atascada, aparece por fin una gasolinera que alivia nuestros sudores fríos y la panza hambrienta de la furgoneta. 

Con los imprevistos, llegamos a la aldea de Kernihet ya casi a las ocho. No hay absolutamente nadie. No nos cruzamos ni a un alma. Las cuatro casas que conforman esta entrañable aldea de brièrons se esconden entre árboles, al margen de una carreterucha estrecha, como la mayoría de los poblados con que nos topamos por el parque nacional de Brière. Como empieza a atardecer, se nota ya el fresco y la humedad de ese rincón tan verde. Kernihet es prácticamente una “calle” que recuerda un poco a aquella de la película de Big Fish, sin pavimentar, sin coches (ningún coche puede entrar, hay que aparcar fuera) y toda en simbiosis con la naturaleza. Las casitas típicas de la zona de Brière, llamadas chaumières, recuerdan a las ya famosas casas de los hobbits, con esos techos bajos de paja, ventanas y puertas de madera, algunas pintadas de azul. Tampoco faltan los prados con las ovejas detrás de casa con los cerezos en flor. Hay varios paneles explicativos en diferentes rincones que ilustran un poco cómo vivían los habitantes de antaño y cuándo se reconstruyó el pueblo. Damos un paseo ensimismados, desde luego el lugar y el momento (todo para nosotros, los pájaros que cantan y las ranas que empiezan a croar ya) es idílico. Damos un paseo también por los caminos de los alrededores con las últimas luces del día. Desde luego esta zona de Francia, otra cosa no sé, pero caminos que se pierden bajo altos árboles o entre prados verdes y amarillos, tiene de sobra.

El problema llega cuando nos entra esa sed de cervecita de final de jornada y no sabemos dónde podremos encontrar algún bar o tienda abierto. En Kernihet en teoría hay un albergue con bar, pero está cerrado, seguramente abra en verano. Así que nos subimos a la furgoneta y nos vamos a explorar un poco a los pueblos cercanos. En seguida encontramos un pueblo algo más grande, Saint Lyphard, con un bar cutre de pueblo abierto y una pizzería donde sirven galettes. Aunque está vacía y dice que cierra a las 21:15. Así que vamos al bar y nos decimos : “Si la pizzería sigue abierta cuando nos acabemos la cerveza, probamos las galettes“. Ni de lejos. La pizzería cierra incluso antes de lo que dice su horario, lo cual nos hace ver hasta qué punto somos los únicos turistas que andan sueltos a esas horas por estos lugares en esta época del año.

Volvemos a Kernihet para cenar en nuestra casa con ruedas (menos mal que nos trajimos bastantes víveres). Desde luego el lugar es perfecto para pasar la noche, ya que hay baños públicos también y nadie molesta. Eso sí, moverse solo de lado a lado por la noche en esa aldea recuerda un poquito a una película de terror.

11 de abril

Lo que anoche estaba desierto, a partir de las 9:30 de la mañana empieza a llenarse de turistas. Aún estamos desayunando tranquilamente cuando llega un autobús lleno de abueletes franceses, y poco a poco algunos coches más… Bueno, ¡hora de marchar! Nos vamos a conocer Vannes, a una escasa hora de viaje. Por cierto, ha salido otro precioso día soleado, perfecto para disfrutar del paisaje de verdes colinas con sus vacas pastando y los grandes ríos que lo atraviesan de vez en cuando.

Vannes nos sorprende muy positivamente, se trata de una ciudad pequeña,  cuyo centro histórico se puede visitar en una mañana, igual que La Rochelle. Vannes está formada por estrechas calles de aire medieval, con casas de fachadas entramadas con maderas de diferentes colores. La antigua ciudad estaba rodeada por unas murallas de las que queda un tramo imponente con varias torres y unos jardines preciosos llenos de flores en lo que antaño fuese el foso. Pasa por ellos también un río y se puede uno meter en lo que era el lavadero de las mujeres de hace ya unos cuantos siglos. Paseamos bajo el sol disfrutando de estas vistas desde los jardines, frente a las murallas que encierran los tejados del casco de Vannes y su catedral, hasta llegar a las calles del antiguo barrio romano. Después de los paseos y de entrar a la catedral Saint Pierre (mezcla de varios estilos, con una torre románica y una fachada neogótica), entramos a una crêperie pequeñita que hay en una callejuela junto a los muros de la catedral. Allí probamos por primera vez en nuestro viaje la sidra, las galettes y las crêpes bretonas. ¡Muy rico todo, por cierto! ¡Sobre todo la sidra, tan dulce!

Con la panza llena nos despedimos de Vannes, una pequeña ciudad medieval que recomendamos a todo aquel que visite la Bretaña. Por cierto, en cuanto a naturaleza, los alrededores de esta ciudad marítima están llenos de cosas que hacer. El Golfo de Morbihan, que es una entrada del mar, deja un montón de islas que prometen bonitos paisajes. Nosotros, por desgracia, vamos con cierta prisa (queremos llegar muy lejos en pocos días) y no podemos permitirnos esta vez el perdernos en los encantos de la naturaleza bretona. 

Una hora y pico más tarde llegamos a Locronan, un pueblo que también conserva todo su sabor medieval arquitectónico. Se trata de un pueblo muy turístico de casas de piedra (es uno de los catalogados entre Les plus beaux villages de France), así que tiene un montón de restaurantes, tiendas de recuerdos y talleres de artesanos. Por cierto, una de las tiendas ofrece quizás un centenar de cervezas diferentes (y además todas parecen ser bretonas), así que aprovechamos para hacernos con varios recuerdos líquidos. El pueblo tiene una plaza con un pozo (veremos que por la zona abundan los pozos en patios y plazas) y la iglesia de San Ronan, construida en el S XV en forma de catedral, con una torre cuadrada. Todo junto conforma un rincón realmente bonito. Merece la pena también bajar unas calles para ver la pequeña iglesia de Notre Dame de Bonne Nouvelle, de piedra y techo interior de madera, un rincón curioso. Para los interesados, el pueblo marca también algunos senderos para ir al bosque y tiene camping.

 

Es media tarde cuando dudamos entre quedarnos en Locronan y hacer noche en camping o proseguir la marcha. Finalmente nos vamos a Le Faou, siguiente pueblo marcado en nuestra ruta. Al llegar nos damos cuenta de que el pueblo en sí tiene poca cosa. Tan solo una calle que parece bonita, pero al estar ahora mismo toda levantada en obras no invita ni a pasar por ella. El pueblo está en el Parque Natural de Armorique, (que conforma una península verde), justo en el estuario de un río que se seca totalmente cuando baja la marea, dejando huérfanos y varados en el barro a los barquitos amarrados. A lo largo del estuario hay un sendero para pasear y un parque, con una zona para caravanas con depósitos de aguas blancas y grises y electricidad, aunque hay que pagar para entrar y a nosotros no nos hace falta nada de eso. Pero justo al lado hay un baño público y un pequeño parking, donde haremos noche.

Como tampoco estamos muy convencidos con el lugar para pernoctar, decidimos irnos de excursión por la península del parque natural, para ver si encontramos algo mejor y, si no, así al menos conocemos la zona. Cogemos una carretera que a veces nos lleva sobre las lomas verdes de la península, a ratos nos mete por bosques, nos deja ver lenguas de mar y recovecos donde las aguas tranquilas albergan buques de guerra que ya duermen jubilados, en un sitio en el que parecen fuera de lugar.

IMG_20170411_192935

En una de las salidas de la carretera principal vemos señalada una abadía. Allí que vamos. La abadía está en un rincón del bosque húmedo donde solo se oye a los pájaros. Tiene un parking algo antes de llegar a ella y baños públicos. Podría haber sido un buen sitio para pernoctar, pero no nos quedamos. Bajando la carretera un poco más está, al nivel del mar, el pueblo de Landénnevec. Apenas hay gente en las calles, como en prácticamente todos los pueblos por los que hemos estado hasta ahora en este viaje. Encontramos una zona preciosa de césped justo a pie de mar habilitada para caravanas. El único problema es que los baños públicos, como nos comenta una paisana, están cerrados. También los pocos bares que vemos, están cerrados a cal y canto. Es una pena, pero sin baños por ninguna parte no podemos hacer noche en tan agradable lugar. Así que seguimos nuestra marcha, ya más bien pensando en volver a Le Faou. No obstante, nos acercamos a conocer los pueblos de Crozon y Morgat, este último tiene una playa muy bonita en una bahía con acantilados en frente. Se nota que estos dos pueblos sí son turísticos, porque hay varios restaurantes y bares con gente cenando. Es una pena no encontrar un rincón que nos convenza del todo para dormir por esta zona, porque desde luego es un sitio bien bonito. Nos tomamos algo en Crozon y, ya de noche, emprendemos el camino de vuelta a Le Faou. Una luna llena naranja nos alumbra de frente todo el camino entre la ligera bruma alta. La carretera vacía, ya sea frente a la luna sobre las lomas de los campos o entre los árboles y las curvas del bosque, tiene algo de misterioso. Es difícil de explicar, pero toda la península en sí tiene un toque mágico.

IMG_20170412_101228

12 de abril

Amanece nuestro cuarto día de viaje, de nuevo soleado, aunque por estas alturas el sol ya no calienta lo mismo y hace fresco. Después de un desayuno furgonetero contemplando el estuario con marea baja, marchamos hacia Moncontour, a poco más de media hora de viaje. Por el camino seguimos asombrándonos con el tipo de casas que vemos en todos los pueblos de la campiña bretona. No hay ninguna casa pobre. Todas las casas, ya sean antiguas o modernas, son grandes y cuentan con grandes o enormes jardines preciosamente cuidados. La primavera, además, está explosiva: rosas, cerezos, tulipanes, campos amarillos de colza…

Moncontour es un antiguo pueblo feudal de casas de piedra y con su centro abrigado entre los restos de su muralla. Se nota que es un pueblo donde vive bastante gente y, aunque turístico también, es sobre todo un pueblo para vivir. Damos un paseo fotografiando los carteles de los distintos oficios que indican qué nos vamos a encontrar en cada local, al estilo medieval. 

La verdad es que terminamos pronto la visita, pero vemos un pequeño cuartito muy curioso. Desde el escaparate se ve el interior: una butaca antigua y pilas de libros sobre el suelo. Muchos libros. Dentro no hay nadie y en la puerta un cartel reza: “Entra y coge un libro, luego devuélvelo, o no, puedes dejar un libro, o no. Siéntete libre de tomar lo que quieras.” Así que entramos para servirnos de tan delicioso servicio.

Nuestra ruta, ya en horas de comer, sigue una hora más hasta Saint Suliac, nuestra próxima parada. Aparcamos al poco de entrar en el pueblo y, conforme andamos buscando el centro del pueblo, a nuestro alrededor sólo hay calles con chalets modernos. Parece todo una urbanización o un pueblo dormitorio. Pero nos equivocamos, de repente entramos en calles de casas de piedra y tejados de pizarra, típicas de la zona. Saint Suliac tiene una bonita iglesia con un camposanto que la rodea y que ya deja ver un poco el ancho río. Efectivamente, bajamos las calles y ahí está el puerto de agua dulce del estuario. Necesitamos encontrar un sitio para comer y ya empezábamos a temer no encontrar nada, porque se veía todo bastante muerto. Pero la vidilla está ahí abajo, en el puerto. Hay niños jugando con la arena de la playa, gente haciendo windsurf, familias paseando, amigos tomando algo en alguna terraza… Todo, eso sí, a merced del viento, que sopla muy fuerte y contrarresta el efecto del sol. Nosotros nos comemos unas galettes en uno de los bares y después nos damos un paseo junto a las playas antes de emprender el camino de vuelta. La verdad es que el paisaje es muy bonito, el agua de un azul claro, con lomas peinadas por prados verdes, amarillos o cubiertas de árboles cayendo hasta el río, y con empinadas calles de piedra enmarcadas por jardines con árboles en flor que gotean su aroma hasta el viandante, que se gira para despedirse a sus espaldas del azul del agua allí abajo agitada por el viento.

El viento, por cierto, ya no nos abandonará en todo el día y poco a poco nos irá trayendo unas nubes que cubrirán por completo el cielo. En unos 20 minutos llegamos a la ciudad corsaria de Saint Malo, vigilando la salida del río al mar. Os recomendamos no dejar de visitar esta ciudad si estáis viajando por la zona, ya que resulta realmente curiosa. La ciudad actual parece muy grande, pero nada más aparcar, nosotros nos dirigimos a la ciudad antigua, más allá del anillo del puerto comercial, construida sobre roca y sobre la misma arena de la playa. Vista desde lejos, esta curiosa ciudad bretona parece estar edificada de tal forma que sean sus propias casas, todas iguales, altas, grises, de altas y estrechas chimeneas, de piedra, las que conforman una fortaleza infranqueable. Pero conforme uno se acerca, comienza a ver que también hay murallas bajo esos bloques de casas.

Rodeamos primero la ciudad por su flanco derecho, observando desde abajo tan enorme fortaleza, el edificio del ayuntamiento y la catedral, diferentes del resto de las construcciones. De repente nos topamos con una playa que en marea baja se despliega imponente y eterna. Hacia la derecha continúa bajo el malecón de la ciudad moderna. Las cometas vuelan sobre nuestras cabezas y se estrellan con furia contra la arena mojada. Un peñasco, al que al estar la marea tan baja se puede acceder andando por la playa, luce una fortaleza que se puede visitar pagando entrada. Al subir a las murallas de Saint Malo, las increíbles vistas dejan ver un montón de rocas e islotes adentrándose en el mar que también tienen fortalezas, faros o playas. 

Nos adentramos a callejear por esa extraña ciudad de plano cuadriculado, casas y calles iguales. La catedral nos sorprende también en su interior con un rosetón que deja entrar una tenue luz lila que da a las tibias columnas góticas un toque de ensoñación.

La verdad es que nos vamos de Saint Malo con la boca abierta.

Ahora ya sí que sí… ¡Ponemos rumbo al Mont Saint Michel! Nuestro punto más al norte del viaje, nuestro punto de retorno, el destino de nuestro peregrinaje. Llegamos en algo menos de una hora, pero ya son casi las ocho de la tarde, el día se ha nublado completamente, hace mucho viento y un frío del carajo. Tras pensárnoslo un rato, decidimos pasar al Mont Saint Michel a la mañana siguiente, para visitarlo con calma y, quién sabe, quizás con mejor luz.

Esta noche queríamos pasarla en un camping pero, aunque hemos visto un par en los dos pueblos que hay cerca (Pontorson y Beauvoir), para nuestro asombro la recepción cerraba a las 19:30, dejándonos en la calle por unos pocos minutos y muy, muy indignados con estos horarios incomprensibles. Así que haremos noche en un parking que hay en Beauvoir y que tiene un baño público. Lo cierto es que pasamos una noche y un amanecer mucho más tranquilos de lo que esperábamos, ya que los turistas madrugadores que enfilan hacia el Mont Saint Michel sólo pasan de largo, nadie aparca aún tan temprano en nuestro parking.

Volvemos a Pontorson a ver si hay algún bar en el que tomarse unas cervezas bretonas y luego cenar en un restaurante. Pero nada, al igual que Beauvoir, es un pueblo pensado sólo para turistas que llegan, comen o duermen y se van a ver el Mont Saint Michel. Nada de vida, sólo restaurantes. Así que escogemos uno para cenar y punto, qué remedio. Antes de irnos a dormir, nos asomamos al camino que hay junto a nuestro parking, ya que se dirige en línea recta hasta el Mont Saint Michel, y ahora podemos verlo allí lejos todo iluminado.

_DSC0185.NEF

13 de abril

Y allí que vamos nosotros también a la mañana siguiente. Dejamos la furgoneta aparcada en el gigantesco parking que hay habilitado en el extremo de la costa, para el que hay que pagar unos 11€. Al menos hay unos autobuses que pueden cogerse gratis para llegar hasta el monte. Nosotros decidimos ir a pie, para empaparnos bien de las vistas. Ya volveremos en bus cuando estemos cansados.

Nos ha tocado verlo con marea baja. La pasarela comienza sobre los llanos prados de pasto, que poco a poco pasan a ser barro y luego una fina capa de mar. Nos vamos acercando poquito a poco a esa fortaleza piramidal que parece construida de la propia roca del peñasco. Detrás de nosotros o de repente vomitados por los autobuses llegan como zombis hordas de turistas, y eso que no somos los primeros ni mucho menos. Por desgracia, este fuerte inexpugnable durante la guerra de los Cien Años, que convirtió entonces al monte en un símbolo de la identidad nacional, es hoy en día un lugar extremadamente turístico.

El pueblecito que hay en el interior de las murallas es muy pequeño, un par de calles de casitas bretonas con tiendas de recuerdos o restaurantes por todas partes. Se puede pasear también por las murallas para contemplar las vistas de mar y tierra. Subimos muchas escaleras hasta llegar a la entrada de la abadía, donde se instalaron los benedictinos en el S X, que corona el conjunto. Nos topamos con una fila inmensa para comprar entradas (10€ para visitarla). Qué remedio, habrá que hacerla… A lo largo de la visita pasamos por la iglesia, por un delicado claustro (aunque ahora en obras) con vistas al mar, por las oscuras criptas que soportan la estructura de la abadía, por el refectorio y otras salas para dar festín a los huéspedes de antaño y por las salas de estudio y de paseo de los monjes (sí, con tan mal tiempo se ve que también necesitaban tener alguna zona de paseo interior). Al salir de la abadía ha salido un poco de nuevo el sol y la gente come ya en los diversos jardines y balcones. Nosotros vamos a hacernos también un pícnic, pero ya de camino hacia otro lugar.

En nuestra ruta hacia Lavardin, seguimos sorprendiéndonos por el tipo de pueblos que tiene Francia. Todos parecen pueblos dormitorio, como hechos a base de urbanizaciones, y punto. Parece que les falta vida. Lo cierto es que en todos los sitios en que hemos estado, o no hemos encontrado ni bares ni restaurantes o tan sólo locales pensados para turistas. Pero… ¿para la vida social de los locales? Poco o nada. Por otra parte, imaginábamos la Bretaña más escarpada, oscura o… ¿cómo definirlo? ¿Ruda, agreste? Aunque nos encanta encontrarnos con unos paisajes tan suaves y coloridos.

Casi llegando a Lavardin, que era nuestra siguiente parada en la ruta, nos topamos con un pueblo clasificado entre los 100 Plus beaux villages de France: Sainte Suzanne. Así que entramos a verlo. Bien, es un pueblo bonito con calles y casitas de piedra, al estilo medieval. Conserva parte de sus murallas, desde las que las vistas de verdes lomas, bosquecillos y río son muy relajantes.

Al llegar a Lavardin nos damos cuenta de que el pueblo no tiene absolutamente nada de especial ni turístico. Salvo el paisaje que le rodea, que es bonito, como en toda la zona. Parece ser que estábamos pensando en otro Lavardin de Francia cuando lo incluimos en nuestra ruta. Así que…seguimos el camino. Hoy la tarde nos va a regalar unas cuantas horas de carretera.

Ya casi con las últimas luces de la tarde, llegamos a orillas del Loira, donde teníamos pensado visitar el pueblo de Candes Saint Martin. Lo cierto es que, una vez allí, lo mismo da visitar un pueblo que otro, ya que, enfilados entre las aguas del Loira y una hilera de blancas rocas con cuevas en su interior, se extienden varios pueblecitos con casas de piedra de ese mismo color beige que en realidad no tienen mucho que visitar ni apenas calles en las que perderse, pero que en cierta forma tienen un suave encanto. Candes Saint Martin, Montsoreau, Turquant, Saumur (este último es grande)… Todos tienen algún castillo que visitar (aunque nosotros lo cierto es que los pillamos cerrados a cal y canto, aunque quizás sea sólo por las horas) y muchos paseos por las verdes orillas del río. Sobre esas rocas que impiden el despliegue de los pueblos, son todo campos de viñas (es zona de vinos) y dentro de ellas por lo visto hay algunos hoteles y algunas bodegas de vino. Ya con el atardecer sobre nosotros damos vueltas, primero con la furgoneta para buscar un lugar propicio para dormir (lo encontramos en un parking tranquilo en Saumur junto a un área de caravanas que tiene un baño público) y luego andando, para ver si en algún rincón de esas calles tan desiertas hay algún bar o restaurante donde tomarnos algo y cenar. Lo cierto es que, una vez más, esta misión resulta difícil. ¿Qué hace la gente de estos pueblos tan bonitos? ¿No salen de casa? Al menos, con tanto paseo, vemos los recovecos y las viñas de estos pueblos blancos y morados (en primavera) con los colores añadidos del atardecer de un día soleado. Finalmente descubrimos el centro de Saumur, por fin con algo de vida humana, donde cenamos en un restaurante.

14 de abril

Hoy nos levantamos con más calma que otros días y desayunamos al sol en la zona de pícnic que hay en el parking donde hemos dormido. Al ponernos en marcha nos dirigimos a Crissay sur Manse. Atravesando el parque natural regional de Loire Anjou Touraine, percibimos que todos los pueblecitos que en esta zona se erigieron a orillas del Loira, tienen un estilo muy parecido de casitas blancas o beige y su castillo de rigor. 

Llegamos a Crissay sur Manse y lo cierto es que nos parece exagerado que esté catalogado como uno de los 100 pueblos más bonitos de Francia. Es cierto que, como todos los pueblos anteriores, está situado en un paraje muy bonito (todo gana, además, con otro día soleado de primavera) y que tiene algunas casas señoriales antiguas muy bonitas, pero el pueblo son dos calles y queda visto en un plis plas. 

De camino hacia nuestro siguiente pueblo nos topamos con una señal que dice que en el pueblo de Descartes, está la casa en que vivió el filósofo de mismo nombre. No teníamos ni idea de que hubiera vivido ahí. Así que nos acercamos a cotillear un poco. La casa es un museo, aunque nosotros no entramos.

Nuestra próxima parada es Angles sur l’Anglin. ¡Este pueblo sí que merece, sin duda, una visita! Además, por fin es un pueblo con vidilla. Hay varias terracitas con gente, personas del pueblo y de fuera paseando por las calles (aunque tampoco os vayáis a creer que muchas, no hay que pasarse) y unas vistas preciosas. El pueblo está cortado por el río y tiene unas ruinas de un castillo justo en la orilla, además de una casa con un molino antiguo. La parte del pueblo que se sitúa en la margen del castillo está en alto, de ahí que haya varios rincones para sentarse un rato a contemplar el espectáculo de colores (verde, blanco, azul, morado…) que ofrecen la naturaleza y la mano del hombre juntas. Callejear es también precioso, pues todo es de piedra y tiene ese encanto de los pueblos de esta zona, no hay casas modernas. Ya es más que hora de comer así que nos ponemos a cocinar en la furgo en un parque del pueblo, con unas bellas vistas.

Por la tarde, antes de irnos, hemos visto en un mapa del pueblo un par de puntos interesantes que nos pillaban más o menos en el camino de nuestra ruta. Uno de esos sitios es la abadía de Saint Savin sur Gartempe, en el pueblo del mismo nombre, construida junto a un río de verdes riberas y largas algas bailarinas. Merece la pena hacer una parada para visitarla, además está tan solo a un cuarto de hora de Angles sur l’Anglin. De hecho, es patrimonio de la UNESCO. Románica, aunque con numerosas reconstrucciones, debidas a los destrozos de la guerra de los Cien Años y a diversas guerras de religión, la iglesia sigue resultando imponente al entrar. Muros, techo y columnas, todo pintado. En el techo, frescos con escenas bíblicas, en columnas y muros, diferentes motivos de colores. Por lo visto, no fue hasta el siglo XIX que alguien se dio cuenta de la importancia de las pinturas de la iglesia de la abadía y comenzaron a proteger y restaurar. Es posible entrar a visitar parte de la abadía, el pasillo donde tenían sus habitaciones los monjes, y allí han hecho un museo gratuito que nos explica mejor la historia de la abadía.

Nuestra siguiente parada improvisada es el pueblo de Montmorillon, a sólo 15 minutos de Saint Savin. No entendemos por qué este pueblo no está catalogado dentro de los 100 pueblos más bonitos de Francia, ya que nos gusta bastante más que algunos de los que hemos visitado y sí lo están. El pueblo es bastante grande, pero la parte vieja, que es la que está junto al río y tiene una vez más ese toque medieval tan bonito, son tan sólo un par de calles. Su iglesia, aunque más pequeñita y menos impresionante, se parece mucho por dentro a la abadía de Saint Savin, con esas pinturas tan curiosas en muros y columnas. Este pueblo también tiene cierta animación (parece que hoy hemos entrado en una región algo más animada que las anteriores), y una terraza con música en la cuesta de la principal calle antigua nos invita a tomarnos una cerveza de abadía.

Por último, hoy visitaremos el pueblo de Saint Benoît du Sault. Una vez más, se trata de un pueblo catalogado en esta lista de pueblos hermosos y la verdad es que cumple con la etiqueta. Está encaramado en un alto junto a un río, y por cualquiera de sus miradores se pueden contemplar verdes colinas salpicadas de árboles y casas. Las calles y casas, de piedra, tienen una vez más ese estilo medieval. Lo más bonito es una antigua puerta de entrada al pueblo, aunque en realidad está medio escondida entre las calles. Paseamos arriba y abajo por las calles en cuesta y apenas nos cruzamos con unas pocas personas. Ya va siendo hora de cenar, pero aún así nos da un poco de pena que en un Viernes Santo, con un día tan bonito como el que ha salido, no haya un montón de gente por las calles y bares. Cerramos la jornada probando nuevas cervezas en la terraza de la “plaza del pueblo”, curioso espacio robado a las callejuelas con un pequeño pozo en medio. Sólo nos hacen compañía los gatos callejeros.

Hemos encontrado un “furgoperfecto” en el parking que hay a la salida del pueblo junto a un parque y la oficina de turismo (que nos da wifi gratis). Hay baños públicos de agujero en el suelo y sin agua corriente. Pero bueno, suficiente para ir tirando por una noche de esta vida de carretera. Nos hacemos la cena en nuestra casa provisional con ruedas y luego disfrutamos de la calma del rincón bajo la noche estrellada.

15 de abril

Temprano por la mañana han montado ya un mercadillo en el parking. No es un problema, ya que hay espacio para salir y el parking es grande y el trajín no está muy cerca de nosotros. Pero poco a poco van llegando más coches y no hay tanta privacidad.

Hoy vamos a viajar unas tres horas hasta llegar a nuestro próximo destino: Aubeterre sur Dronne. El viaje se nos hace bastante pesado porque pillamos atasco en la autovía por culpa de una rotonda mal puesta. Lo cierto es que Francia parece el país de las rotondas, ¿harían una apuesta con alguien? En fin, comemos por el camino junto a una charca de patos y ranas en una carretera secundaria y llegamos a Aubeterre sobre las tres de la tarde.

El pueblo está todo en cuesta porque se eleva en una roca, de la que está hecho el castillo (del que hoy sólo quedan las ruinas y sobre el que han crecido árboles y hierba) y en cuyo interior tallaron hace siglos una impresionante iglesia subterránea. Vuelve a ser uno de estos lugares agradables para callejear, con casas de piedra y altos balcones de tejadillo bajo, con muchos árboles en flor en los jardines y huertos. Además hay bastantes turistas paseando y tomando algo en las terrazas de los bares. El pueblo tiene también una pequeña iglesia románica con techo interior de madera y un pórtico tallado muy bonito, con iconografía simbólica. Dicen, además, que Aubeterre es un enclave con mucha energía mística, por lo que hay varias iglesias. Y, por supuesto, lo más impresionante del pueblo es esa iglesia subterránea del siglo XII (la más grande de Europa de este tipo) tallada en el interior de la roca. La iglesia comenzaba en el exterior, pero se derrumbó y hoy en día el visitante entra directamente dentro de la cueva. La sensación nada más poner un pie dentro es estremecedora, ya que no nos esperábamos un espacio tan alto. En sus tiempos la iglesia tuvo que ser espectacular. Hoy en día ya no le quedan pinturas ni adornos, aunque sí sus vestigios. Sólo podemos contemplar sus dimensiones y la talla que hicieron en la roca en su modo más bruto. Tallado en la misma roca, hay un gran relicario monolítico donde en sus tiempos guardaron reliquias muy valiosas. Hay también una sala que tan sólo consta de nichos excavados en la roca, donde encontraron casi doscientos cuerpos enterrados.

¡Y con Aubeterre hemos finalizado todos los puntos marcados en nuestra ruta! Ya sólo nos queda volver a Zaragoza… Pero como aún tenemos tiempo y no queremos que el viaje de vuelta se nos haga muy pesado, hemos decidido que iremos a Burdeos a pasar lo que queda de tarde y luego dormiremos en algún punto entre la ciudad y la frontera. Ya pisaremos España mañana.

Quizás no era el mejor momento para visitar Burdeos. La ciudad está a rebosar de gente porque hay maratón y nos cuesta como una hora entrar y aparcar, con algún intento fallido en un parking que resulta que iba a cerrar al poco rato debido a la maratón. De todas formas, cuando por fin conseguimos aparcar en otro parking, vemos un cartel a la salida (no lo podían poner a la entrada en ninguno de los aparcamientos para avisar a la gente antes de meter el coche) que avisa de que cerrará en un par de horas o poco más. Hartos ya de deambular y a punto de mandar la visita de la ciudad al garete, decidimos que dos horas serán suficientes para darnos una vuelta por Burdeos. Poco a poco paseando se nos pasa el mal genio, y es que con las calles de un domingo por la tarde llenas de ambiente y con el sol recién salido tras un día nublado, cualquiera se anima. Seguro que nos dejamos muchas cosas por ver, además vamos sin mapa ni idea de qué hay para visitar en la ciudad. Nos da la impresión de que Burdeos tiene bastantes cosas que ver. Nosotros simplemente callejeamos, disfrutando no sólo del ambiente que hay en calles y bares, sino también del encanto de la arquitectura urbana, con esas calles que parecen remitir a otra época, un poco como ciertas zonas de París. Entramos también a la catedral de Saint André: impresionante. 

Bueno, quizás volvamos en otra ocasión para ver Burdeos con más detalle y dejarnos empapar más del ambiente. ¡Ahora tenemos que volver corriendo al parking antes de que nos lo cierren y nos corten las calles!

Está atardeciendo y tenemos que buscar dónde dormir. Hemos decidido ir a un “furgoperfecto” que hemos encontrado pillando wifi mientras nos tomábamos una cerveza en un bar de Burdeos. El sitio está junto a un lago que hay en Cazaux, muy cerca de la Dune de Pyla, que tenemos intención de visitar mañana. Llegamos ya por la noche y el sitio está plagado de furgonetas y caravanas haciendo lo mismo que nosotros. Hay además una playa con un par de restaurantes que están muy animados. El sitio está genial, con baños públicos, playa (esto se aprovechará más en verano, claro) y el bosque de pinos para dormir arrumados por los cantos nocturnos de los pájaros.

16 de abril

Amanece nuestro último día de viaje. Nublado, por desgracia.

Al llegar a la Dune de Pyla eso parece la guerra. Hay muchísima gente y el parking es de los de pagar, con un caminito de tiendas de recuerdos… En fin, qué le vamos a hacer, adelante. Al principio tenemos frío y nos cuesta descalzarnos al llegar al pie de la inmensa duna, que tiene la arena fría y mojada (ha llovido un poco hace un rato). No obstante, apenas tardamos un minuto en notar los calores cuando empezamos a ascender. ¡Cuánto cansa subir esta duna! Todo el mundo está como nosotros: con la lengua fuera y haciendo breves paradas en el ascenso. Es precioso ver cómo tan gigantesca duna se eleva hasta el cielo y por los costados baja casi en picado hasta perderse entre los árboles del bosque. Desde la cima se contempla el mar, la continuación de la duna por la izquierda, allá a lo lejos, con más puntitos de gente que se ha ido a pasear por ella, y los bancos de arena que forman islas al frente. Un espectáculo precioso. Por cierto, cuando uno ya se ha cansado de contemplar, resulta muy divertido tirarse corriendo por las partes empinadas de la duna para bajar. La arena está blandita y te hundes en ella, así que no puedes caerte. Todo el mundo alrededor (niños y no tan niños) juega con la duna corriendo arriba y abajo. Corriendo hacia abajo es como nos despedimos nosotros de la Dune de Pyla.

Volvemos a la furgoneta y, ahora sí que sí, ya sólo nos quedan unas cuantas horas de carretera hasta llegar de vuelta a casa. ¡Qué le vamos a hacer, todo lo bueno se acaba!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s