Furgoneteando por Languedoc-Rousillon y Midi Pyrénées

Qué mejor viaje para empezar el blog que este post sobre  nuestra primera experiencia furgonetera. Hemos previsto un viaje durante 6 días que nos lleven a conocer los pueblos más bonitos de las regiones de Languedoc-Rousillon y Midi Pyrénées. Partiendo desde Zaragoza y recorriendo unos 1800 kilómetros hemos visto pueblos y paisajes espectaculares, que sin duda alguna merece la pena visitar.
A continuación os contamos nuestras experiencias durante estos días, esperemos que os gusten, así como las fotografías que sin poder comparar con el ojo humano, intentamos que ilustren lo mejor posible lo que hemos vivido estos días.
Partimos desde Zaragoza mediada la mañana y ponemos rumbo a Carcasonne a través de los Pirineos y del paso por Bielsa. Una vez en Francia, primera parada, para comer, en la Garonne, estación de servicio al lado de un lago. Muy tranquila. Tortilla de patata traída de casa y a por los 110 últimos kilómetros hasta Carcasonne, nuestra primera parada para pernoctar.
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Visitamos la Cité de Carcasonne, protegida por unas increíbles murallas medievales que te hacen entrar en un mundo de hadas, princesas y caballeros. Dentro, calles empedradas repletas de tiendas de recuerdos, restaurantes y hoteles. Damos un paseo y visitamos la pequeña basílica gótica de Saint Nazaire del S XIII con grandes rosetones de vidrieras y el castillo de Comtal, todo dentro de la ciudadela.
Después bajamos a la Carcasonne moderna, que parecía la ciudad fantasma, y nos tomamos unas cervezas en un pub donde estaban tocando en vivo. Tras esto volvemos a la furgoneta y movemos al Lac de la Cavayère, a unos 10 minutos de la ciudad, donde pernoctaremos. Aparcamos en un parking casi vacío y cenamos ahí, estrenando nuestra cocinita a modo chiringuito de playa. La zona es muy chula, con un par de playas que en verano deben estar genial. Además hay baños gratuitos, perfecto para las necesidades fisiológicas.
A la mañana siguiente despertamos y el lago está bastante más ajetreado de lo que esperábamos, lleno de niños haciendo piragüismo. Desayunamos y partimos hacia Minerve.
Minerve es un pueblo en lo alto entre gargantas y un río de aguas cristalinas.Se encuentra en una meseta calcárea que sigue siendo excavada y tallada por la incesante acción del agua. Se ven restos de sus antiguas murallas del siglo XIII. Damos una vuelta por arriba, por abajo… Hay unas cuevas impresionantes, llamadas Les Ponts que atraviesa el río siguiendo su cauce. Muy bonito. Eso sí, la única manera de aparcar para no residentes es pagando el parking
Llegamos a Lautrec, un poco por casualidad, ya que aunque lo teníamos como posible, no estaba dentro de la ruta. El pueblecito está bien, calles empedradas y casas de piedra, además de una pequeña muralla que protegía la ciudad en sus tiempos, y coronando el pueblo en una verde colina encontramos un molino, que parecía vigilar el pueblo y es uno de los pocos que siguen activos en el suroeste. El pueblo estaba bastante vacío, como es la tónica general del viaje, aunque claro, también visitamos solo el casco antiguo. Lo que nos permite hacer las fotos y la visita sin el ajetreo turístico que seguro tiene en otras épocas del año.
A pocos kilómetros de Lautrec se encuentra Albi, la ciudad episcopal, la más grande en lo que llevamos de viaje (sobre los 50 000 habitantes). Después de conseguir aparcar, justo al lado de la catedral de Santa Cecilia en el parking que hay, y en el que hay una zona para furgos y AC (gratuita hasta 48 horas), damos una vuelta a ver si conseguimos comer, pero dado las horas que eran (14:30…) nos toca volver a la furgo a comer y luego empezar a descubrir la ciudad. Albi, ha sido una gran sorpresa, para nada imaginábamos que fuese así, ya que pensábamos que solo tenía la catedral, que es muy grande, por lo menos esa impresión da desde fuera, pero justo después de visitarla y ver su espectacular coro, nos encontramos con el palacio episcopal (Palais de la Berbie) y sus jardines, desde los que hay unas vistas impresionantes, desde los que se ve, por ejemplo, el Pont Vieux, el puente más antiguo de Francia y que data de 1040. Luego callejeamos por sus bonitas calles, en las que encuentras rincones que parecen sacados de otras épocas, incluyendo el claustro de Saint-Salvy.
Una vez finalizada la vista a Albi, ponemos rumbo a Cordes sur ciel, el pueblo preferido de los franceses, fundado en 1222 y fortificado en el s. XIV. Llegamos al pueblo y conseguimos aparcar sin problema (debemos estar en temporada baja, baja, en todos los lados, y eso que es viernes santo), en teoría hay que pagar 3 euros por todo el día en cualquiera de los parking del pueblo, y no se puede aparcar en ningún otro lado, pero como no íbamos a estar tanto rato y los parquímetros no nos dejan pagar menos, decidimos jugárnosla. Empezamos a subir por sus calles hasta llegar a la entrada del casco antiguo, cruzamos el arco de la puerta de entrada flanqueada por sus murallas que guardan las calles empedradas de toda la villa. Es un pueblo muy bonito y que destila un aroma a estar viviendo en otra época. Se ve mucho más turístico por las tiendas y talleres que vemos en las calles, aunque la gran mayoría están cerrados, pero como más tarde descubrimos, no estamos de acuerdo con los franceses y no lo consideramos nuestro pueblo preferido de Francia ni de nuestra ruta. Sin ir más lejos, nuestra próxima parada nos aporta sensaciones mucho mejores.

Siguiente parada y última del día de hoy. Najac se extiende prácticamente a lo largo de una sola calle, “colgado” sobre una cresta rocosa sobre el río Aveyron.  La calle que la forma tiene a sus dos lados bonitas casas de piedra y un castillo del s.XIII en uno de los extremos y la Plaza del Barry s.XV y sus soportales en el otro, con una fuente del siglo XIV. Además en el pueblo se puede ver la iglesia San-Juan el Evangelista (s. XIII-XIV) y la Capilla San Bartolomé del siglo XIV. Ya que era la última parada del día aprovechamos para echar unas cervezas y cenar en Láir du temps, donde por muy buen precio pudimos degustar una buena cena.

Antes de visitar Najac fuimos al camping que hay debajo de la colina en la que se encuentra el pueblo, a orillas del río, y vimos que aún no había abierto de forma oficial, pero no estaba cerrado de ninguna manera, por lo que decidimos hacer noche en él.
Nos levantamos en un camping sólo para nosotros con un día precioso y un sol espectacular, y después del desayuno y una “ducha” en la furgo, empezamos la tercera jornada del viaje camino a Belcastel.
Si Najac se encuentra escondido entre bosques y valles oscuros, el camino que tomamos hasta llegar a Belcastel parece su opuesto cargado de luz. Recorremos carreteras que dejan a los lados colinas de un verde intenso salpicadas por trozos de bosque y granjas que nos hacen pensar en esas películas de la segunda guerra mundial.
Después de un rato de viaje a través de los campos de la campiña francesa, llegamos a Belcastel. Como la gran mayoría de los pueblos que visitamos estos días, también está dentro de la lista de los pueblos  más bonitos de Francia, y éste sin duda alguna por méritos propios. Como en casi todos, lo primero que hay que hacer es pasar por el parking para dejar la furgo, pero en este tenemos suerte y al ser temporada baja, no hace falta pagar.
Parece salido de una postal, regado por el río Aveyron y coronado por el castillo del s.XI y reconstruido a finales del siglo XX. Empezamos la visita a los pies del pueblo, por su puente medieval del siglo XI que nos lleva a la iglesia, que se encuentra en la orilla opuesta al pueblo. Emprendemos la subida hacia el castillo por las empinadas y bonitas calles de este pueblo, donde nos encontramos con un gran horno y casas espectaculares en rincones preciosos.
Ponemos rumbo hacia Conques, siguiente pueblo de la ruta. Aparece de la nada,entre una carretera rodeada de montañas y bosques. Llegamos por arriba, desde donde descubrimos un pueblo majestuoso. Una vez que nos adentramos entre sus callejuelas, descubrimos una joya del románico y una del las principales paradas del camino de Santiago. Todo el pueblo está constituido alrededor de su monasterio y parece sacado de un cuento que nos lleva directamente a la Edad Media. Una vez visto este pueblo, posiblemente el más bonito de los que hemos visitado durante nuestro viaje, vamos al parking gratuito donde cocinamos y comemos.
Seguimos camino para afrontar los últimos tres pueblos del día de hoy, que están muy cerca entre ellos, pero que no nos parecen nada del otro mundo. Bonitos sí, pero claro, venimos de ver pueblos espectaculares. El primero es Estaing, un pueblo bonito en el que merece la pena parar pero que no nos llevará más de 20 minutos. En el paseo por sus calles podremos ver el castillo del s. XIII y su iglesia construida en el siglo XV, que ha sido clasificada como monumento histórico, al igual que la cruz de piedra esculpida que se encuentra en su plaza. Desde allí nos trasladamos a Saint Come d’Olt donde lo que más nos llama la atención es el campanario de su iglesia con un estilo flameado o “retorcido”. Por último llegamos a la aldea medieval de Sainte Eulalie d’Olt, pueblo tranquilo con sus calles y casas de piedra, además de un palacete y una bonita plaza con su iglesia. En ésta vemos que tiene un carromato para destilar orujos, que debe ser tradición en este pueblo entre pascuas. Como los otros, está a orillas del río y en verano parece ser una zona para realizar actividades de aventura.
Íbamos a dormir en este pueblo, pero hemos avanzado en la ruta y pensamos que nos puede venir bien hacer algún kilómetro más y poder ir más relajados los últimos días.  De camino pasamos por Rodez, igual merece la pena parar ya que desde la furgo no tiene mala pinta, pero es de noche y da pereza entrar a la ciudad. Durante el camino vemos un camping que, como ya nos pasase en Najac, está cerrado por no ser temporada alta pero tiene acceso abierto para poder hacernos la cena y pernoctar.
Pensando que estábamos en medio de la nada junto a una charca en la que podríamos ser asesinados sin que el ruido del viento dejase oír nuestros gritos, amanecemos y han aparecido varios coches que madrugan para pescar en la charca. Aprovechamos los lavabos del camping cerrado para fregar la vajilla (eso sí, no hay agua corriente).
Ponemos rumbo a Brousse le Château. El día ha amanecido algo lluvioso y la carretera nos lleva por unos caminos que se adentran en valles flanqueados por espesos bosques. Siguiendo el río nos vamos cruzando con pequeños pueblos fantasma. Al llegar nos encontramos con un pueblecito minúsculo encaramado en un espolón rocoso, en la confluencia de los ríos Tarn y Alrance y agazapado tras un antiguo castillo, a la sombra del monte, para guarecerse del enemigo en tiempos difíciles y, por desgracia, también del sol. Las casitas y las calles tienen un toque medieval. Precioso. Apenas hay un par de parejas más paseando. El problema es que no podemos visitar el castillo porque está cerrado por las mañanas, sólo abre a partir de las 14 horas, pero disfrutamos el paseo por sus calles, las vistas de la iglesia con campanario fortificado, construida en el siglo XV, su oratorio y su puente gótico.
Salimos hacia Peyre. El camino es por una carreterita que recorre el parque natural, atravesando varios túneles de principios del siglo XX donde ¡no caben dos coches!
Peyre es un pueblo enano con la mitad de sus casas incrustadas en la roca. Nos recuerda a ciertos pueblos de Aragón. En nuestra opinión no tiene nada que ver con los pueblecitos que hemos visto hasta ahora por la zona. La mayor parte de las casas son trogloditas, incluida la iglesia de base románica y fortificada en el siglo XVII. Desafortunadamente no había ni un restaurante ni bar abierto donde comer. ¡Y teníamos mucha hambre! Es un pueblo que se ve en 10 minutos.
Ponemos rumbo a Millau, donde paramos a comer en un restaurante que pillamos abierto por los pelos. Estos franceses…. ¡Y eso que eran sólo las dos! El restaurante, La Fontaine, muy rico, bien de precio y con un camarero muy majo.
Después de comer salimos hacia La Couvertoirade. Allí vuelve a cambiar el paisaje. Esta vez parece que estamos por Soria. Esta comuna templaria está rodeada por unas murallas muy bien conservadas que encierran calles, pasadizos y casas del S. XV. Como una Carcasonne en miniatura. El pueblo es precioso, con sus casas medievales, tejados de pizarra… Todo es como de un gris ceniza. Lo malo es que parece más un museo que otra cosa, con tan sólo tiendas y cafeterías. Este pueblo tiene con diferencia muchos más turistas que los demás, aunque aún así está tranquilo. A la salida de las murallas, le compro unos quesos riquísimos a una mujer que los vendía en un puesto ambulante, parece que los haya hecho ella misma. Los parking son de pago, pero estaban abiertos, como ya nos ha pasado en otros pueblos. Parece que en temporada baja los dejen gratuitos.
Después vamos a conocer Béziers. Lo cierto es que nos decepciona la ciudad. La catedral, que tenía muy buena pinta, cerrada; el callejeo por el casco tampoco es tan bonito y todas las tiendas y bares están cerrados. Tratamos de buscar un bar normal donde tomarnos una cañita relajante al sol del atardecer (sí, a mediodía salió el sol) y nada, no conseguimos encontrar un bar que no sea de cafés. Muy poco ambiente. Cruzamos al otro lado del río y ahí sí que encontramos unas vistas muy bonitas de Béziers a lo alto y del puente viejo. Nos dirigimos a visitar unas esclusas del canal a ver si son interesantes y nada, en obras y cerradas. Parece que todo en la ciudad indica que nos vayamos. Así que nos dirigimos hacia el mar.
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Llegamos a un pueblo de veraneo con una playa bien grande y, aunque hay más ambiente, la gente está empezando a cenar y ¡casi nos resulta imposible también tomarnos simplemente una cerveza a las ocho de la tarde! Así que tras conseguirlo, decidimos conducir siguiendo la costa hasta encontrar un lugar óptimo e íntimo cerca de la playa para cenar y pernoctar. ¡Y lo encontramos! Aparcamos en un parking vacío y oscuro. Vemos un camino que llega hasta la playa atravesando una laaaaaarga pasarela que va sobre un mar de arbustos, o eso creemos, porque está todo oscuro. Increíble, además se ven un montón de estrellas. ¡Aquí dormiremos hoy! ¡Buenas noches!
Después de desayunar e ir a ver el mar a través de los humedales del parque natural de La Basse Plaine de L´Aude, cogemos la furgo y ponemos rumbo a Narbona, ciudad con un casco muy colorido. Merece la pena, si paras, visitar la catedral de San-Just y San-Pastor y si tienes suerte como nosotros poder oír el majestuoso órgano que tiene, además de su coro gótico y su claustro. El pueblo tiene vestigios aún de la Via Domitia, que unía en la época romana España con Italia, actualmente en la plaza del ayuntamiento donde está el Palacio de los Arzobispos (segundo de Francia después del de Aviñón).  Para poder visitar todas estas cosas hay que esperar a las 14 horas para que abran, por lo que dimos una vuelta por el pueblo viendo su canal, el puente de los mercantes… y el mercado de “Les Halles”, donde aparte de los puestos de venta tienen bares donde poder degustar los productos que se venden en éstos. Después de la visita nos compramos una barra de pan para comer en el camino y nos ponemos rumbo a Perpignan.
Perpignan nos deja más o menos con el mismo sabor insípido de boca que Béziers. Tratamos de visitar el castillo de los reyes de Mallorca pero ya son las 17:00 y nos echan. Así que nos ponemos a pasear por unas calles que no están mal pero que tampoco hacen que merezca la pena ir a visitar la ciudad de propio. Eso sí, la catedral es bonita, y una pequeña iglesia vacía, como olvidada, Notre Dame de la Réal, con un ábside de color madera que contrasta con el resto de los muros de escayola, nos gustó bastante.
Pensábamos acabar la jornada visitando Castelnou, un pequeño pueblo que ya se adentra en los Prepirineos franceses, pero lo visitamos tan rápido y había una luz previa al atardecer tan bonita en los montes, que decidimos alargar la jornada hasta nuestra siguiente etapa, Eus.
Castelnou es otro de esos pueblos en las laderas de un peñasco con aire medieval, pero esta vez con casas y calzadas totalmente de piedra, rodeado por lo que queda de sus antiguas murallas y con el típico castillo en lo alto.  Eus, aunque también con sus casitas y calles de piedra y su iglesia tallada en bruto en la roca de la ladera, se ve como un pueblo menos turístico, con casas más habitadas. Por desgracia, buscábamos hambrientos un lugar donde cenar y, al igual que nos había pasado anteriormente en Peyre, nos lo encontramos todo cerrado. Apurados por esos horarios franceses de comidas y cenas tan estresantes, deshacemos el camino hasta Prades, que es un pueblo algo más grande, y cenamos allí, que nuestros cuerpos ya empiezan a añorar algo de comida más elaborada y regional. Además así podemos regar nuestros paladares con algo de vino tinto, que después de tantos kilómetros de ver viñas y más viñas…
En el restaurante conseguimos también por fin wifi, que llevábamos ya casi tres días sin conectarnos con el mundo android y, aunque resulta de lo más agradable, a veces viene bien para estudiar rutas… Gracias a ello, descubrimos un rincón a donde dirigirnos para pasar nuestra última noche en la furgo. Así llegamos a una abadía románica  (Saint-Michel de Cuxa) situada en un valle junto a un riachuelo con un parking a donde sólo llegó una furgoneta más para hacer lo mismo que nosotros y con baños públicos abiertos. ¡Estupendo!
En la mañana del sexto y último día de nuestro viaje descubrimos que detrás de la abadía se extienden unos campos de cerezos en flor y, al fondo, un pico de los Pirineos con la cumbre Nevada. Desde luego, una preciosa imagen de comienzo de la primavera.
En esta jornada vamos primero a Mosset, un pueblo que, ciertamente, nos hace confirmar la idea de que le pusieron el cartel de “uno de los pueblos más bonitos de Francia” porque tendrían que rellenar para alcanzar algún cupo.
Más tarde conocemos Villafranche de Conflent, afortunadamente un pueblo más bonito, rodeado por fuertes muros defensivos y con aire medieval que nos deja bastante mejor sabor de boca que los últimos pueblos visitados,además nunca mejor dicho, ya que probamos unos dulces artesanales en uno de los puestos que se encuentran en la ciudadela,además de los de los artesanos, bares y restaurantes.
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Terminamos nuestra ruta con la visita del último pueblo de nuestra lista, Evol. Se trata de otro de estos pueblos compuestos únicamente por calles empinadas, esas que han puesto a prueba nuestros gemelos estos días. Es un pueblo mono, pero también se visita rápidamente. Para un paseo. Las vistas primaverales, eso sí, muy bonitas, con los Pirineos nevados al fondo del valle.
Y aquí comienza nuestro camino de vuelta a casa, con apenas una paradita nada más entrar a España para comer.
¡Primer furgo-viaje completado con éxito!

3 comentarios en “Furgoneteando por Languedoc-Rousillon y Midi Pyrénées

  1. Buen viaje y bonita zona que conocemos aunque no todo.
    Yo también las veo oscuras y tengo el monitor calibrado, quizás lo tengo muy alto de luminosidad y por eso tu las ves bien…

    Salud.2

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