Nos levantamos en el camping se Silverhorn, y después del desayuno y el bañito matutino, salimos en ruta hacia el parque nacional de Banff, la zona más turística y transitada que hemos visto en nuestro viaje por las Rocosas.


Antes de llegar hicimos algunas paradas que nos pillaban de camino. La primer de estas paradas fue un pequeño lago junto a la carretera llamado Herbert Lake que, en realidad, tampoco merece una parada a no ser que pille en un momento del viaje en que apetezca parar.
Más adelante, bajamos en Johnston Canyon. Aquí nos dimos cuenta de lo realmente turística que era esta zona. Había varios parkings y ya poco espacio para estacionar y, en cuanto empezamos a andar por las pasarelas colgantes que han puesto en el cañón, sufrimos los efectos del turismo accesible… Es uno de estos recorridos que haces prácticamente en fila y, si te quieres hacer fotos con las cascadas, entonces tienes que hacer fila, literalmente. De hecho, para bajar a fotografiarte junto a una de las cascadas del cañón (la de abajo, ya sabemos que siempre hay menos gente que sube hasta arriba) había una larga cola que no sabemos cuánto rato podría durar, pero seguro que mucho… En fin, el camino, que va subiendo entre el bosque y el río durante unos 40 minutos de caminata, en nuestra opinión no merece mucho la pena por lo incómodo de moverte entre tanta gente. Además, el cañón en sí era bonito, pero quizás el que menos nos gustó de todos los que habíamos visto.


A la hora de comer, paramos junto al lago Vermilion, que ya se encuentra a las afueras de Banff y por el que mucha gente pasea en bicicleta. Terminada nuestra pausa del mediodía, fuimos a hacer la compra en Banff y a instalarnos ya en el camping en el que nos alojábamos: el de Tunnel Mountain. Desde allí se puede coger un autobús de línea que te baja gratuitamente al pueblo (pues andando está un poco lejos) y para el que luego, a la vuelta, tienes que pagar 2 dólares. Aparcar y conducir con una autocaravana por Banff es un poco locura, pues hay mucho ajetreo y poco sitio para aparcar, así que moverse sin vehículo por el pueblo es la mejor opción.
Pasamos lo que nos quedaba de tarde dando un paseo tranquilo por Banff, que es un pueblo muy turístico de edificios bajos y chalets envidiables con una calle principal llena de tiendas, de bares y de restaurantes. Tiene también un río que lo atraviesa con bonitos paseos junto a él y, por supuesto, está rodeado de montañas y montes en los que se pueden hacer muchas excursiones. Dedicar una tarde a Banff para pasear, hacer compras o merendar algo especial, como las deliciosas Beaver Tail, puede ser un buen plan.



El primer día que amanecimos en Banff lo dedicamos a subir al Lake Louise, lo cual es misión imposible si no has reservado un asiento en un autobús privado (hay múltiples compañías) o público (de la compañía Roam) con mucha antelación (meses de antelación). El parking que hay allí es pequeño y a eso de las 7:00 de la mañana ya se llena… Nosotros que, infelices, no habíamos reservado nada, no tuvimos más remedio que madrugar lo suficiente como para estar allí algo antes de las 7:00 y garantizarnos una plaza de parking. Así que, en pijama todavía, salimos hacia allí y tuvimos la suerte de pillar plaza de aparcamiento. Una vez allí ya desayunamos, nos vestimos, etc. Y… ¡listos para empezar la caminata!
Lake Louise es, quizás, junto con Lake Moraine, el enclave más turístico de las Montañas Rocosas. Ambos son lagos de postal (literalmente) con esas aguas de un turquesa intenso que bebe de glaciar, bosques de altos pinos que rodean sus orillas y altas montañas salpicadas de glaciares viejos. Ya temprano había un buen número de turistas fotografiándose con el lago Louise tras sus espaldas y las primeras canoas ya remaban sobre tan maravillosas aguas.

Nosotros hicimos una excursión larga de unas 6 horas (previsión en marcha), en la que atravesando el bosque subimos a dos pequeños lagos que hay sobre el Lake Louise: el diminuto Mirror Lake, a los pies de un gran peñasco llamado Big Beehive (por el parecido que tiene con una colmena); y el Lake Agnes, algo más grande y con aguas de un azul profundo. Junto al Lake Agnes, hay una cabaña-bar (la Tea House) para la que había que hacer fila si querías tomarte algo. Después, el camino continuó, primero montaña arriba para, desde lo alto del Beehive, poder contemplar el Lake Louise y su ajetreo desde las alturas y, después, montaña abajo, para llegar hasta la planicie a los pies de los glaciares que nutren el lago, sacando de sí, gota a gota, un río de aguas lechosas. La excursión finalizaba bordeando tranquilamente el lago y culminamos la larga caminata con un fresquito baño en las aguas del lago.







Tras cumplir el objetivo de la jornada, probamos suerte para ver si había alguna forma de ir desde allí al Lake Moraine, ya que no está permitido acceder con vehículo propio. Pero nada, resultó imposible porque no quedaban plazas libres en ningún autobús. Bueno, sí podríamos haber ido con una compañía a la que le quedaban plazas, pero el precio era imposible… o inmoral. Al día siguiente incluso lo volvimos a intentar, desde el pueblo de Banff, pero tampoco hubo forma. Así que nada… no pudimos conocer el lago Moraine.
Con el rabo entre las piernas, volvimos a Banff y aprovechamos lo que nos quedaba de tarde para pasear un poco junto al río e ir a ver (desde fuera) el famoso hotel encantado de Fairmont Banff Springs. Dicen que es el más encantado de Canadá, pues tiene unos cuantos fantasmas, cada uno con su propia historia… El hotel, al menos por fuera, sin duda impone y es fácil imaginarse sus historias de terror. No sé cómo será alojarse en él, pero barato no es, así que seguro que también impone por dentro. Además de ver el hotel paseamos un poco por los alrededores, ya que hay un paseo bien chulo junto al río que acaba en una zona de baño.


Al día siguiente, que salió por fin bien soleado, fuimos a ver el lago Minnewanka. Este lago, según cuentan los indígenas, tiene sus propios espíritus acuáticos. Nosotros, afortunadamente, no nos cruzamos con ninguno. Algo con lo que sí debía de ser bastante posible cruzarse eran los osos, porque nada más llegar te avisaban de ello con carteles por todas partes, indicándote las zonas por las que se había restringido el paso. Este lago no tiene las aguas del color de los anteriores, pero es muy bonito y transparente. Hay varias zonas para hacer picnic y se pueden alquilar también canoas y dar un paseo en barco por él, ya que es enorme. Aunque solo vimos una pequeña parte del lago (hay una ruta circular que rodea el lago), porque no estábamos demasiado cómodos paseando por el bosque sabiendo que había «alerta por osos» y creímos que valía más la pena aprovechar el tiempo descansando y dándonos un bañito. Vimos varias playitas de rocas, estupendas para darse un baño, así que después de andar un rato, paramos en una de ellas y aprovechamos el maravilloso sol para darnos unos baños en las gélidas aguas del Minnewanka.


Por la tarde volvimos a Banff y, después del segundo intento fallido de encontrar transporte al lago Moraine, decidimos subir al Tunnel Mountain, el monte más subido o transitado de las Rocosas. Y, ¿por qué? Bueno, pues porque es un pequeño monte, digamos, dentro de Banff, al que cuesta poco rato subir, dependiendo desde dónde lo hagas, pero desde el centro del pueblo un poco más de media hora. Desde allí la verdad es que alcanzas unas vistas preciosas de todo Banff y sus alrededores. ¡La subida es empinada, pero merece la pena! Cuando bajamos del monte, acalorados, nos regalamos unos deliciosos helados paseando por el ajetreo de Banff.



Tanto en este como en los últimos viajes que hemos necesitado seguro, lo hemos hecho con HEYMONDO, ya que por precio y coberturas es el que mejor nos ha parecido, si queréis en este enlace podréis encontrar un 5% de descuento, respecto al precio final.


2 comentarios en “BANFF: EL CENTRO NEURÁLGICO DE LAS ROCOSAS”