ROCKY MOUNTAINS. ICEFIELDS PARKWAY, LA ESPINA DORSAL DE LAS ROCOSAS

Icefields Parkway está ya en las Montañas Rocosas, entre Banff y Jasper. El camping que habíamos reservado allí era Rampart Creek y estaba ubicado 10 kms más allá del cruce de carreteras en el que el acceso a Jasper estaba cortado, por lo que no teníamos claro que nos fueran a dejar pasar. Afortunadamente, al enseñarles la reserva, nos dejaron acceder. La carretera, que ya venía siendo impresionante desde hacía un buen rato, con altas montañas rocosas plagadas de profundos glaciares que asomaban hacia abajo, junto a lagos turquesas y frondosos bosques de abetos, ahora, al acercarnos al camping, era toda para nosotros. 

Al llegar a Rampart Creek, que era una zona de bosque bajo junto a un río, vimos que mucha gente había cancelado sus reservas, porque estaba prácticamente vacío. El camping era muy precario, sin siquiera duchas ni posibilidad de vaciar ni llenar las aguas de la caravana. Como ya no quedaba mucha tarde, dimos un paseíto tímido junto al río. Digo tímido porque habíamos visto un cartel en el que avisaban de la presencia de un oso que merodeaba esos días por el camping en busca de comida. Afortunadamente, no tuvimos ningún encuentro indeseable con él.

Pasamos el día siguiente en la reserva de los llanos de Kootenay, pero un día más tarde teníamos de nuevo reservada la noche en el camping de Rampart Creek y volvimos a Icefields.

Esta nueva jornada en Icefields la dedicamos a una ruta que nos llevó hasta un lago llamado Glacier Lake (nombre poco original donde los haya). La ruta se tomaba justo donde estaba cortada la carretera en dirección a Jasper y, quizás por eso, apenas nos cruzamos con nadie durante toda la ruta.

La excursión nos llevó 4 horas y media, subiendo y bajando por un tupido bosque que, aunque sin duda bonito, no era tan especial como los que habíamos visto en otros paseos. En el bosque, tranquilo, además del viento solo se oía el crujir de la madera de los altos árboles que se balanceaban y los gritos de algunas ardillas. Al poco de empezar el camino, se llega a un punto alto desde el que se observan los meandros del río Saskatchewan, con sus islotes arenosos, sus aguas lechosas, el bosque, las montañas al fondo… El típico paisaje que uno esperaría encontrarse en las Rocosas. Al final de la ruta llegamos al lago. Apareció de repente, sin apenas orilla al salir del bosque y con sus olas rompiendo contra los guijarros que conforman la estrecha orilla que lo rodea. Al fondo, como era de esperar, el glaciar que le da de beber, encaramado a un alto pico. Soplaba bastante viento, pero como salió el sol, estuvimos un buen rato allí muy a gusto comiendo, tomando el sol y disfrutando de las vistas y la soledad en medio de aquel rincón del mundo.

Cuando acabamos la excursión estábamos agotados. Aun así, como era pronto, decidimos acercarnos a ver el cañón Mistaya, ya que no implicaba andar apenas. Este cañón, como todos los que habíamos ido viendo en Canadá, era espléndido. El río se arroja con todo su ímpetu a una velocidad impresionante dándose contra las paredes de roca que, profundas, apenas te dejan ver el fondo, a no ser que te asomes a ellas peligrosamente… 

De vuelta al camping, en la carretera, tuvimos un encuentro inesperado. Vimos a una osa negra (por lo que nos dijo luego la trabajadora del camping, con quien nos cruzamos, era hembra) en el arcén de la carretera. Dimos la vuelta, para volver y verla bien y ella, tranquilamente, como si no estuviéramos allí, cruzó delante de nosotros para adentrarse en la zona del bosque ya próxima a nuestro camping. ¡Ya habíamos visto otro tipo de oso! La verdad es que, comparada con el grizzly de Kootenay, esta se veía pequeña y amigable.

El último día que pasamos en la zona de Icefields salió lluvioso. Afortunadamente no teníamos planificada ninguna excursión larga y el rato que más llovió nos pilló cocinando y comiendo en la autocaravana. 

Tomamos la carretera para ir parando en varios puntos e ir improvisando un poco en cuál de ellos adentrarnos más para hacer alguna excursión. Primero paramos en uno de los miradores que hay a lo largo de toda la carretera de las Rocosas para ver uno de los Waterfowl Lakes, junto a muchos otros turistas.

Seguimos bajando hasta la altura de Hector Lake y allí tomamos un sendero para llegar hasta el lago. La caminata transcurría por unos senderos llenos de barro y, más adelante, junto a un río que, cada vez más ancho, se ramificaba, obligándote a sortear sus aguas. Al final, tras unos 40 minutos, llegamos a las orillas lisas de un precioso lago que se extendía a ras de suelo como una piscina infinita de aguas calmadas, con altas montañas guardando uno de sus costados. La verdad es que, al estar solos y con la calma que otorgan la lluvia fina y las nubes bajas, el panorama era de lo más relajante, a pesar de que el camino no hubiera sido ni el más cómodo ni el más bonito.

Cansados después de la excursión, fuimos al Bow Lake, donde había mucha gente, un hotel en construcción, una cafetería y una zona de picnic junto al precioso lago. Como llovía comimos dentro de la caravana, en el parking. Pero después, cuando la lluvia había aflojado un poco, salimos a pasear. Y vaya maravilla… el lago era muy similar al Hector Lake, con unas aguas calmadas que, de haber hecho buen tiempo, habrían invitado a bañarse en ellas. Desde allí vimos que salía una ruta con muy buena pinta hacia una cascada a los pies de un glaciar (tanto la cascada como el glaciar se podían ver desde donde estábamos). Pero duraba casi 5 horas y, como había unas nubes con no muy buena pinta echándose sobre el lago y era quizás ya un poco tarde para ponerse con una excursión de esa longitud, desechamos la idea, pero nos quedamos con las ganas y anduvimos un rato bordeando el lago por lo que habría sido el inicio de esa ruta.

Nuestra última excursión del día fue para ir a ver el Peyto Lake, llamado así en honor a un cowboy que fue uno de los primeros guías de montaña y guarda del parque de Banff, pero que tenía muy malas pulgas. Tan malas pulgas tenía y tan poco le gustaba la gente que un día que quería tomarse algo en una taberna en la que había demasiada gente para su gusto se fue a cazar un lince y lo soltó, vivo, en el bar. Cuando la gente salió espantada, él se tomó su trago y luego volvió a capturar al lince para llevárselo.

En fin, el lago Peyto es uno de esos lagos con unas aguas de un sorprendente azul turquesa. Desde el mirador al que accede todo el mundo se puede ver, a la izquierda, el río pastoso que transcurre por unas tierras barrosas blancas, procedente de un glaciar encaramado a las rocas de la montaña que ha ido retrocediendo con el paso de los años (antes llegaba hasta el propio lago). Para llegar a este mirador está todo muy preparado: hay un gran parking y han pavimentado un sendero que atraviesa hacia arriba un bosque muy bonito de pequeños abetos y flores de colores. Hay que andar poco, aunque sea una cuesta muy empinada.

Desde el mirador del lago Peyto parte otro sendero que, en aproximadamente 1 hora, sube a un mirador sobre el lago Bow. El paseo es bonito en cuanto que el bosque, como hasta el mirador del lago de Peyto, es muy agradable y porque demás, como ganas mucha altura, te acercas a los picos rocosos de la montaña y ves desde las alturas el valle por el que transcurre la carretera. Además, ya cerca de la cima, es increíble la cantidad de marmotas confiadas que se pasean a tu lado sin temor ninguno. Sin embargo, al llegar al final del camino, el lago Bow queda todavía lejos y, aunque se ve, no son las vistas que imaginábamos. Por lo tanto, a no ser que realmente te apetezca mucho hacer ejercicio y andar cuesta arriba, no merece mucho la pena la caminata.

Finalizadas nuestras excursiones del día, nos fuimos al nuevo campamento: Silverhorn Campground. Un camping precario en medio de la naturaleza del estilo de Rampart Creek aunque, en esta ocasión, ocupado al completo.

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Seguimos nuestro viaje ahora hacia el sur, a Banff, el centro neurálgico de las Rocosas.

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