Nuestro viaje comenzó en Vancouver. En esta moderna ciudad pasamos tres días antes de ponernos al volante de la autocaravana y salir a la carretera en ruta hacia las Rocosas.
¿Cuántos días se le pueden dedicar a la ciudad? Obviamente, eso depende de con cuánto detalle quieras explorarla, pero nosotros creemos que un par de días o tres puede ser suficiente. Conviene tener en cuenta que la ciudad, con sus típicos barrios de chalés, se extiende muchos kilómetros y lo que en el mapa puede parecerte una distancia no muy larga en la realidad es una interminable calle recta que se extiende demasiado como para moverte a pie. Nosotros nos alojamos en un apartamento-casita que no estaba a las afueras, pero estaba lejos del centro. La zona estaba conectada con autobuses, pero lo cierto es que, como éramos 4, nos salía más económico movernos en Uber, así que ese fue nuestro medio de transporte mientras estuvimos en Vancouver.
El día en que llegamos, muertos de cansancio porque para nosotros eran ya las tantas de la madrugada, mientras que en Vancouver brillaba un estupendo sol de tarde, nos quedamos por el barrio en el que nos alojábamos y aprovechamos para hacer una compra en el supermercado y acomodarnos. Cuando quisimos salir a cenar por los alrededores, descubrimos que en aquellas calles, más parecidas a un polígono que a otra cosa, no había bares y todos los restaurantes eran asiáticos (indios, vietnamitas, coreanos…). Esta variedad gastronómica sería una constante a través de toda la ciudad. Así que, si quieres probar la comida asiática… ¡ve a Vancouver!
El primer día en la ciudad lo dedicamos a conocer el centro: Stanley Park, Yaletown, Gastown y Chinatown. Stanley Park es un gigantesco parque, más grande que Central Park, que culmina la península en la que están también ubicados los barrios de Gastown, Yaletown y Chinatown; vaya, lo que viene a ser la zona centro de Vancouver.





Para recorrer el parque te recomendamos alquilar una bicicleta. Así, en un par de horitas de paseo tranquilo, lo habrás recorrido casi sin darte cuenta, mientras que andando igual se te hace muy largo. Hay varias tiendas de alquiler de bicicletas muy cerca de la entrada al parque y el precio es asequible (unos 7 dólares la hora). El recorrido que hicimos nosotros, y que te recomendamos, es rodear el parque en el sentido contrario a las agujas del reloj (es la dirección en que lo hace todo el mundo y es mejor hacerlo igual, porque a veces el carril bici se estrecha mucho) y luego internarte un poco por los caminos boscosos del centro y acercarte a ver el Beaver Lagoon, lleno de nenúfares. Por el camino, puedes disfrutar de las vistas del puerto, con los hidroaviones aterrizando constantemente, y de los rascacielos del centro de la ciudad como fondo. Casi nada más arrancar tu pedaleo, ya puedes parar para ver unos cuantos tótems; y poco a poco vas rodeando el parque y aparece ante tus ojos la orilla de North Vancouver, donde viven las personas más adineradas de la ciudad en grandes casas con el mar al frente y las boscosas montañas a sus espaldas. Va apareciendo poco a poco también frente a ti el mar abierto e incluso puedes pasear un rato por alguna de las playas con las que te vas topando, casi sin gente (no parecen estar muy bien para el baño).
Nosotros, después de haber recorrido el parque, bajamos un poco más por el paseo marítimo pasando junto a las playas de English Bay y Sunset Beach (en estas sí que hay siempre más gente), adentrándonos un poco más de nuevo en la ciudad, para ver el ambiente de la gente disfrutando al aire libre de un bonito día de verano.


Después de comer, dimos un paseo hacia Yaletown, una zona un poco más alternativa con un par de calles llenas de bares y restaurantes y, en junio y julio, con música callejera (pero no tuvimos la suerte de que hubiera nada justo cuando estábamos nosotros). Antes de llegar a este barrio, pasamos junto a la biblioteca pública, desde cuyas alturas habíamos leído que había vistas de la ciudad, así que subimos. Fue curioso el cotillear la biblioteca, pero realmente no es muy alta y las vistas no nos llevaban muy lejos, aunque nos permitieron, eso sí, observar esos balcones y terrazas poblados de árboles inmensos que les gustan a los habitantes de Vancouver para compensar el color del vidrio y el cemento de los edificios. Si quieres vistas aéreas de la ciudad, puedes pagar 21 dólares y subir a la torre de Vancouver Lookout, algo que a nosotros nos pareció demasiado caro y no hicimos. En fin, como a esas primeras horas de la tarde el calor apretaba mucho, nos sentamos en una terraza a la sombra de un bar-restaurante de Yaletown con cerveza artesanal de fabricación propia para tomar algo y pasar el rato antes del free tour que habíamos reservado a media tarde para conocer Gastown y Chinatown.
Por cierto, al hilo de la cerveza… Aunque parezca mentira, tomarse una cerveza en Vancouver puede no ser tan fácil como parece, pues está prohibido beber en la calle y hay algunos establecimientos (nos pasó en el mercado de Grandville) en los que solo te pueden vender una cerveza si también has comprado algo de comer. En contrapartida, olerás a marihuana por todos los rincones de la ciudad, pues en Canadá es legal.
El free tour que hicimos para conocer el centro de la ciudad digamos que fue… curioso. Nuestro guía, a mitad del tour, nos invitó a una cerveza en un bar, según él, icónico: el Cambie. La verdad es que el bar se veía muy animado y nos gustó. Aunque era de los de pagar entrada, nosotros no tuvimos que pagar (el guía ya lo debía de tener todo pactado). Y, para culminar el tour, antes de enseñarnos por dentro una de las tiendas de cannabis, nos «paseó» brevemente por una parte de la calle Hastings, con sus aceras abarrotadas de drogadictos fumando crack o doblados por el fentanilo. En esa calle, nos contó, los drogadictos venden algunos productos robados previamente en tiendas. Por supuesto, la sensación era sobrecogedora…
Vancouver, y no sabemos si sucederá lo mismo en otras ciudades del país, tiene un problema con la droga. Por toda la ciudad (aunque más por algunas calles del centro) hay gente sin hogar desgastada por la droga que arrastra carritos o mochilas y a los que, en muchas ocasiones, ves doblados, inmóviles. Nuestro guía nos contó que el gobierno, a los sin hogar, además de ofrecerles programas gratuitos de rehabilitación, les da una ayuda de 1000 dólares al mes. Esto parece evitar el problema de la violencia pues, efectivamente, eran todos muy pacíficos (no necesitan nada de ti, por lo que no te molestan), pero desgraciadamente las cifras de personas en esta situación parecen ir en aumento.
Quitando esto, la zona de Gastown es muy animada y es donde se pueden encontrar muchos establecimientos de restauración donde comer, cenar, tomar algo, ver espectáculos como monólogos, escuchar a los músicos callejeros, etc. En la calle principal hay un reloj de vapor muy curioso que da las horas con un juego musical creado por el vapor y que suena cada cuarto de hora. Se trata del Gastown Steam Clock, construido por Saunders, quien ha llenado el mundo de relojes similares y que aún de vez en cuando se pasa por allí para ajustarlo.





Nuestro segundo día en Vancouver se quedó un poco más alejado del centro, pues pasamos la mañana visitando el MOA (el museo de antropología) y la tarde, playera, en Wreck Beach, que estaba muy cerca del museo.
En el MOA pudimos aprender muchas cosas sobre lo que se ha hecho en Canadá con los indios americanos, primeros pobladores de estas tierras, así como ver tótems y otros elementos culturales y artísticos de estos pueblos indígenas, por lo que nos pareció muy interesante. La entrada costaba 24 dólares. El museo está junto a un campus universitario, así que después de visitar el museo anduvimos entre residencias y facultades estivalmente vacías hasta encontrar un boulevard con varios restaurantes, donde comimos antes de bajar a la playa.



Para acceder a la playa Wreck Beach hay que bajar un largo trecho de escaleras que cruzan un tramo boscoso, por lo que la playa tiene un paisaje más bonito que el del resto de playas de la ciudad, con una muralla de bosque que le guarda las espaldas y al frente el mar abierto, sin ciudad ya, cortado en el horizonte por el perfil montañoso de la Isla de Vancouver. No obstante, aquí vienen las pegas de esta playa: está llenísima de gente y ni la arena ni el agua están demasiado limpias. La playa es nudista, aunque conviven quienes llevan bañador y quienes van en cueros. El tipo de gente es de lo más variopinto, pero predominan los grupos de amigos y es una playa con mucho ambiente, así que la desaconsejamos si quieres encontrar calma. Se nota que hay gente que viene todos los días, pues, observando un poco, enseguida te das cuenta de quiénes son los «reyes de la playa». La playa tiene un par de chiringuitos improvisados en los que puedes comprarte algo de comer y de beber, pero nada de alcohol. Como este está prohibido en la playa, hay vendedores «ocultos» que lo llevan en su mochila y se pasean por la playa ofreciéndote cervezas. Otras chicas ofrecían también porros, setas… Esa playa era un Woodstock sin festival, a pesar de que no faltase el colega tocando la guitarra y el grupo de percusionistas animando con los djembés. Fue una experiencia curiosa.

El último día que pasamos en la ciudad era para cuando teníamos reservado nuestro plato fuerte… ¡los avistamientos de ballenas! Y, tras la aventura, la zona del mercado de Grandville.
Si te apetece vivir la experiencia de ver ballenas en estado salvaje, nosotros sin duda te recomendamos que reserves algún tour de avistamiento de ballenas, orcas o lo que quiera surgir en tu camino. Son experiencias caras, pero muy bonitas. Hay distintas opciones de embarcación. Nosotros escogimos la zodiac con la empresa Wild Wales. La excursión duró unas 4 horas y nos costó 135 € por cabeza. Nuestra guía y capitana, Ashley, fue encantadora y nos contó cosas interesantes sobre los cetáceos que avistamos: las ballenas jorobadas.
Por supuesto, cuando haces este tipo de actividades, nunca sabes lo que te vas a encontrar. Nosotros nos quedamos con las ganas de ver orcas, pero la experiencia con las ballenas fue preciosa. Después de subir y bajar a toda velocidad con los botes de la lancha sobre las olas, llegamos a un punto entre la costa de tierra firme y la de la Isla de Vancouver donde otros barcos habían avistado a una pareja de ballenas jorobadas. Estuvimos un buen rato con ellas, que aparecían y desaparecían a su antojo, unas veces más cerca y otras más lejos, exhalaban creando un géiser de agua marina sobre sus espaldas, nos mostraban su cola antes de sumergirse profundo… En un momento dado, cuando nos habíamos alejado tras otra pareja de ballenas, vimos desde lejos que ¡se habían puesto a saltar! Entonces, al ver que estaban juguetonas, nuestra guía dio la vuelta y volvimos con ellas. Poco a poco se fueron acercando más a nuestra zodiac. Llegó un punto en que las teníamos casi al alcance de la mano. Desaparecieron. Y, de repente, justo debajo de nosotros una gran burbuja delató a la ballena que había pasado por debajo de nosotros. «Bbbffffsscchh…» emergió a nuestro lado y exhaló, calándonos, como decía Ashley, de agua de mar y moco de ballena. Tres ballenas jugando a nuestro lado, mostrándose, saludando… Fue precioso.
Tras este espectáculo difícil de mejorar, nuestra capitana cambió el rumbo y nos llevó junto a la costa, por una imponente entrada de mar cerca de Vancouver con unas montañas boscosas que te hacen sentir pequeñito allí abajo. Allí, descansando camufladas sobre las rocas de una pequeña isla, vimos varias colonias de simpáticas focas y una imponente águila calva sobrevolando nuestras cabezas.



La excursión acababa en el puerto del barrio de Grandville, así que nos quedamos a comer en su mercado, famoso por ser un buen lugar para comer comprando algo en sus puestos de comida para llevar. Grandville son varias calles llenas de color, de música callejera, de tiendas de artesanía y de recuerdos y de gente comprando o comiendo, tanto en las mesas del exterior como en las que hay dentro del mercado. En el mercado se pueden comprar frutas, verduras, carne, pescado… pero también dulces, muchos dulces. Así que pasamos por allí el mediodía y parte de la tarde comiendo, comprando y disfrutando tranquilos del trajín del mercado y del puerto.





Para terminar nuestra última tarde en Vancouver, sencillamente decidimos ir a dar un paseo tranquilos por Sunset Beach y English Bay Beach. Nos sentamos tranquilamente un rato sobre uno de los troncos de la playa, disfrutando de las vistas. A nuestro alrededor, muchos grupos de amigos, familias y parejas disfrutaban de lo mismo, o de un último baño de tarde.
Por supuesto, otros lugares que puedes visitar en Vancouver son: el barrio de Richmond, en la zona sur, y North Vancouver. Richmond dicen que es el barrio chino (el de verdad) y que hay un mercado que debe de ser interesante, pero para el que hay que pagar entrada. Y en North Vancouver dicen que están las casas impresionantes de los ricos, así como una serie de excursiones por la montaña, entre las que se encuentra la del puente colgante Capilano Bridge. Como nosotros íbamos a pasar dos semanas en la naturaleza de las Rocky Mountains, descartamos el hacer estas excursiones. También pensamos en ir a ver el Capilano Bridge en un primer momento, pero cuando vimos el precio de la entrada para verlo, lo descartamos (no nos gusta la idea de que te cobren por ver un puente, ni por entrar a un mercado, qué le vamos a hacer…).
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Empezamos ruta hacia las Rocosas, primera parada… WHISTLER
