Llegamos a Venecia (Mestre) una tarde de abril y, tras dejar nuestras mochilas en la habitación, nos fuimos a pasear por la ciudad. La intención era tener un primer contacto con la ciudad, dejando que nuestros pasos se perdieran por sus laberínticas calles. Así que eso hicimos, sin mirar ni un solo mapa ni saber a dónde saldríamos a parar.
A esas horas, en seguida comenzó a acompañarnos el atardecer y, con los suaves colores terrosos y rosados de las nubes, de los reflejos del agua de los canales y de los viejos palazzos, nuestros pasos acabaron en el Puente de Rialto. Una vez allí, decidimos no cruzar al otro lado del canal principal, que nos llevaría ya a la zona de la Plaza de San Marco y la parte más alejada para nosotros de la ciudad, sino que decidimos desandar el camino para cenar en alguno de los restaurantes que habíamos visto, bien de precio, en el barrio de Santa Croce.



Era sábado noche y el ambiente se notaba en la ciudad, pues había muchos italianos cenando y bebiendo en las calles, junto a los pequeños bares donde se sirven los famosos cicchetti, que son como las tapas. Nosotros, cansados del viaje y viendo que todos los lugares con ambiente festivo implicaban estar de pie, decidimos irnos a descansar. Eso sí, la magia de Venecia ya nos había encandilado.
En nuestro segundo día en Venecia, nos fuimos a visitar las islas de Murano y Burano, que comparten la laguna de Venecia no solo con la célebre ciudad, sino con muchas más islas. La escapada a estas dos islas no te llevará el día entero (a no ser que quieras que así sea, claro). Nosotros más o menos a las 17:00 de la tarde ya estábamos de vuelta. Eso sí, un problema que tiene Venecia es que a partir de las 18:00 todo lo que tenga horarios de visita está cerrado ya, por lo menos en abril. Así que, a partir de esas horas, lo mejor es que planees un paseo o el ir a tomarte algo antes de cenar. El problema es si hace un frío del carajo, con viento y lluvia, como nos pasó a nosotros en varias ocasiones en este viaje.
Afortunadamente, la tarde en que volvimos de las islas, nos pusimos a pasear y descubrimos que ¡era la Biennale de Venecia! Así que la ciudad estaba sembrada de pequeñas exposiciones de arte contemporáneo de artistas internacionales con entrada gratuita. Esta grata sorpresa nos permitió disfrutar de una combinación de un paseo por las calles de Venecia y por las exposiciones de un arte actual, por desgracia muy centrado en la guerra y en los abusos de poder (es lo que nos rodea hoy en día), pero muy interesante. Además, estas pequeñas exposiciones en muchos casos estaban alojadas en viejos palazzos, lo que nos permitía ir viendo también el interior de algunos edificios, sus patios… Así pasamos la tarde entretenidos y, tras una deliciosa cena de pizzas en el Rossopomodoro (restaurante con buena relación calidad/precio en el centro de Venecia y que tiene otro restaurante en la estación de tren que es más barato…), dimos un último paseo nocturno muy agradable para volver a la estación de autobuses y, de allí, a Mestre.





Venecia es, huelga decir, una de las ciudades más turísticas del mundo, pero si exceptúas ciertos puntos en los que se concentran todos los turistas y los puntos clave del transporte (como el vaporetto para ir a Burano y Murano, por ejemplo), se puede pasear también muy tranquilamente por esta colorida y bella ciudad palaciega (con una mezcla medieval y renacentista) que al caer la noche se vuelve misteriosa. Todos los caminos que cojas te llevarán por calles estrechas que, a veces, resultan no tener salida, que acaban en una reja, en una puerta o, directamente, en un embarcadero; tus pies subirán y bajarán decenas de puentes que cruzan estrechos canales y, de vez en cuando, aparecerás en una plaza, vacía y silenciosa, con tan solo un aljibe de agua de lluvia ahora sellado en el centro, o colorida, con terrazas y unos árboles que dan tregua a la falta de vegetación que reina en Venecia. Otras veces aparecerás frente al ancho canal y reconectarás con el bullicio de los turistas y el trajín acuático de góndolas, lanchas de reparto y vaporettos o saldrás a los límites de Venecia para contemplar el mar, mientras el fuerte siroco te enreda el pelo. A veces aparecerás también frente a alguna tienda artesanal de máscaras y vestidos venecianos que te transportará a los idílicos carnavales venecianos o junto a alguna librería antigua, por no hablar de los cientos de tiendas de recuerdos, de joyas de vidrio de Murano, de heladerías y de restaurantes que te acompañarán en tu camino veneciano. Sea como sea, debes saber que te perderás y, sin duda, lo mejor que puedes hacer por Venecia, es dejar que tus pasos se pierdan.


El día completo que pasamos en Venecia llovía con fuerza y hacía un viento terrible, así que tuvimos que limitarnos a ver, como pudimos, los principales monumentos de la ciudad y, a media tarde, ya demasiado mojados y cansados de luchar contra las inclemencias del tiempo de abril-aguas-mil, retornamos a nuestro provisional hogar en Mestre.
Afortunadamente, por la mañana todavía no llovía. Así que, junto a la estación de Santa Lucía, cerca de donde nos había dejado el autobús al entrar en Venecia, tomamos un vaporetto que nos llevó lenta, tranquilamente, hasta la Plaza de San Marcos. El paseo, bajo un cielo gris y chispeante, fue igualmente precioso, ya que cruzas despacio toda la ciudad, por el canal principal. Además, tuvimos la suerte de poder sentarnos afuera en la parte de delante y disfrutar de las vistas como si se tratase de un tour, pues hay que tener en cuenta que el vaporetto es transporte público urbano y que es muy posible que te toque compartirlo con mucha gente y viajar de pie.
Una vez en la Plaza de San Marcos visitamos el Museo Correr (entrada incluida en el City Pass de Venecia), el Palacio Ducal, la Basílica de San Marcos y subimos también a la torre del Campanile.
El Museo Correr está en uno de los edificios clásicos que delimitan la Plaza de San Marcos. Es un museo de arte y de antigüedades que está bien para curiosear un poco, sobre todo teniendo en cuenta que la entrada te sale gratis si estás viajando con el City Pass de Venecia. Si no, quizás tampoco sea un museo que no puedes perderte.
El Palacio Ducal es, sin duda, precioso y debes visitarlo si viajas a Venecia. Ya por fuera, el edificio, blanco y rosado, ornamentado al estilo gótico veneciano, resulta cautivador. Por dentro, pasas de estancia en estancia y subes escaleras majestuosas, descubriendo salas palaciegas, frescos, cuadros… En tu recorrido atraviesas el Puente de los Suspiros, llamado así porque era el camino que llevaba a los condenados desde las salas del palacio donde se impartía justicia y se les acababa de condenar hasta las mazmorras de los calabozos, bajo tierra. Se trata de un puente cerrado con unos pequeños agujeros que les dejaban ver por última vez el exterior, a la vez que cruzaban sobre un estrecho canal. Así, con un suspiro, exhalaban su miseria y su pena por saber que quizás no volverían a ver el cielo. Por lo tanto, la visita al Palazzo Ducale finaliza en las antiguas mazmorras.






Para visitar la Basílica de San Marcos habíamos comprado por Internet unas entradas que incluían visita guiada. ¿Por qué? Porque habíamos leído que para entrar a ver el principal atractivo turístico de Venecia hay siempre unas filas terriblemente largas, ya que si haces fila la entrada es mucho más barata. No obstante, si compras una entrada con visita guiada no tienes que hacer fila y, además, esta entrada incluye el acceso al museo del interior (donde entre otras cosas puedes ver los Caballos de San Marcos originales, ya que los que hay en la fachada son una copia) y a la balconada, cosas para las que, de otro modo, tienes que pagar aparte. Lo cierto es que el día que nosotros fuimos no había demasiada fila, pero seguramente fuera porque estaba lloviendo mucho en ese momento. Cuando planifiques tu viaje a Venecia y empieces a mirar cómo comprar las entradas a la basílica, enseguida verás que hay también diversos packs combinados con el Palacio Ducal u otras cosas, así que puedes elegir lo que mejor se ajuste a ti.




La Basílica de San Marcos, por dentro, nos recordó mucho a la mezquita de Santa Sofía, en Estambul. Ambas están decoradas por doquier con mosaicos de pan de oro, regalando al ojo ese brillo y esos colores que las hacen tan especiales. Y es que la Basílica de San Marcos pasó por muchos estilos arquitectónicos, de modo que el bizantino que la une con Santa Sofía está muy presente en cada rincón y en cada cúpula.
Después de haber visitado la basílica, yo subí al Campanile, mientras Jorge daba un paseo por los soportales de la plaza, para visitar alguna exposición más de la Biennale. El tiempo era tan malo que no había ni siquiera fila para subir y, además, avisaban de que quien subiera, lo hacía por su cuenta y riesgo. No obstante, confié en que si estaba abierto era por alguna razón y subí. Efectivamente, arriba soplaba tanto viento que por alguno de los costados de la torre costaba asomarse. Sobre todo, porque el viento traía un poco de lluvia. Sin embargo, aunque hay ventanas, la torre está lo suficientemente cerrada como para que no haya ningún peligro a pesar del viento. Así que, aunque la meteorología no invitaba a disfrutar durante mucho rato de las vistas, estas sin duda merecían la pena. Desde tan arriba se pueden ver todo Venecia y el mar de la laguna de Venecia. Lo que me llamó la atención es que no hubiera ni rastro de ningún canal… Viendo las fotos, ¿quién diría que se trata de Venecia? ¡Los propios edificios los tapan y los borran de la vista desde esa perspectiva! Para todos aquellos a quienes, como a mí, les encante adoptar vistas de pájaro de todos los lugares a los que viajan, aunque solo sea por un momentito, creo que merece la pena pagar la entrada y subir al Campanile para ver Venecia.



Un barrio de Venecia quizás más olvidado que los demás y, por ello, muy tranquilo, es el barrio de Cannaregio. En este barrio hay restaurantes, bares y tiendas que, según nos contó el guía del free tour (nosotros no podemos constatarlo porque nos tuvimos que ir al aeropuerto nada más acabar el tour), tienen comida tradicional veneciana y un ambiente más local y menos turístico. Pero nosotros no fuimos allí por aquel motivo, que entonces desconocíamos, sino porque en ese barrio se halla el que fue el primer gueto de la historia: el ghetto judío de Venecia.
La palabra «gueto» tal y como la empleamos hoy, procede de aquí, de Venecia, del siglo XVI. Y es que este barrio, antes de convertirse en la prisión al aire libre de muchos judíos, era un barrio donde había una fundición de hierro, que le daba el nombre de ghetto, así que el barrio ya se llamaba así. En el siglo XVI se permitió a los judíos, que huían de la persecución en otros lugares del mundo, vivir allí, encerrados en ese barrio, en el barrio del ghetto. Como este fue el primer barrio del mundo en el que se aisló a los judíos dentro de una ciudad, al hacerse lo mismo posteriormente en otras ciudades, se les dio a este tipo de barrios el mismo nombre que el de este: ghetto (gueto). Y así el término fue evolucionando hasta lo que hoy en día conocemos por «gueto».
De modo que en este barrio los judíos estuvieron encerrados durante dos o tres siglos. Había dos puertas de entrada y de salida, siempre vigiladas, que hoy todavía pueden verse, ya abiertas. Dentro del barrio hay también un museo judío, cuya entrada incluye la visita a dos sinagogas (nosotros no tuvimos tiempo de hacer estas visitas). En la plaza principal se pueden ver también los bancos más antiguos del mundo: el banco rojo, el verde y el negro; cada uno financiaba un tipo de actividad.





Estos son solo algunos de los detalles que más nos llamaron la atención pero, por supuesto, el barrio está lleno de secretos y de detalles que siempre es mucho más fácil descubrir si te guía por él alguien que sabe del tema.
¡Venecia tiene mucha belleza, pero también mucha historia que contar!
