Había llegado el momento más decisivo de nuestro viaje: el momento de ir a conocer el monte Fuji y decidir si subiríamos o no a él, a la cima de Japón. Por supuesto, queríamos hacerlo, pero mis rodillas (las de Clara) hacía años que me estaban impidiendo hacer rutas muy largas de montaña y estos días, con una media de 20 kilómetros diarios, se estaban haciendo notar. Así que la decisión de si subir o no a esos maravillosos 3776 metros de altura no estaba ni mucho menos tomada cuando emprendimos el viaje hacia allí.
El día comenzó un poco torcido. Salimos desde Tokio y queríamos coger un autobús (un highway bus) en la estación de Shinjuku, pues nos pareció ver que era la opción más cómoda, al ver que no había transbordos hasta Kawaguchiko, que es el pueblo en el que nos alojaríamos. Luego vimos que por lo visto hay también opciones cómodas para ir en tren. El caso es que nos confiamos, pensando que aunque fuéramos a la estación sin tener ya un billete comprado sería fácil conseguir plaza, si no en el primer autobús que saliera, en el siguiente, pero nos equivocamos… En este caso las cosas no funcionaban como en los trenes. Eran eso de las 11:00 y tuvimos que esperar hasta las 14:15 para tomar un autobús… Además, todas las consignas de la estación estaban ocupadas y no podíamos dejar nuestras mochilas para ir a dar una vuelta (¿mucha gente que se va a subir el Fuji y vuelve, dejando en Tokio sus maletas?). Estábamos atrapados 3 horas en la estación sin poder hacer nada…
Entre tanto, la duda seguía resonando en nuestras cabezas: «¿deberíamos intentar subir al Fuji o será una imprudencia?» Subir al Fuji, por la ruta Yoshida, que es la más fácil y, por ello, la más popular, implica un desnivel positivo de 1476 metros. ¿Serían mis rodillas capaces de subirlos y, sobre todo, de bajarlos después sin morir de dolor? La respuesta que parecía ir ganando terreno era un no, así que teníamos los ánimos bastante apagados. Por lo tanto, empezamos a pensar en qué haríamos en Kawaguchiko durante una tarde y un día enteros, que es el tiempo que habíamos planificado para pasar allí (el hotel ya estaba pagado y no podíamos cambiar los planes).
Así que… ¿Qué se puede hacer en Kawaguchiko más allá de subir al Fuji? Kawaguchiko es un pueblo grande que se sitúa a los pies del monte Fuji y junto a uno de los lagos que rodean sus faldas, el lago Kawaguchi. Es la mejor base si quieres subir al Fuji por la ruta Yoshida. No obstante, hay algunas rutas más que puedes elegir para hacer tu ascenso al volcán y entonces seguramente sea mejor que te alojes en otro lugar. Por supuesto, el mayor encanto de Kawaguchiko es el monte Fuji, que se alza a sus espaldas, pero este monte no siempre es fotogénico, ya que muchas veces su cumbre está cubierta por nubes. Si buscas su visión, es posible que sólo la obtengas a ratos, según el capricho de las nubes. El segundo encanto de Kawaguchiko, sin duda, es el lago Kawaguchi, un encanto que se suma al primero si nos vamos a la orilla de enfrente y disfrutamos de las vistas del lago con el Fuji al fondo. Este lago, además, está rodeado de boscosas montañas y puedes bañarte en sus aguas de un azul oscuro intenso, así que, se vea o no el Fuji al completo, el entorno es precioso. Es fácil alquilar bicicletas (nuestro albergue, por ejemplo, alquilaba), así que una buena opción para disfrutar del entorno es dar una vuelta al lago (o a parte de él) en bicicleta. Hay también un funicular que sube a uno de los montes desde los que se puede contemplar el Fuji, está la famosa pagoda del Arakurayama Park de la fotografía con los cerezos en flor y el Fuji al fondo y hay también un parque de atracciones en el que puedes mirar al Fuji mientras gritas descendiendo una montaña rusa. Pero nosotros no hicimos ninguna de estas 3 últimas cosas…
¿Y qué hicimos nosotros finalmente? Pues… ¡subir al Fuji! Es que no podíamos dejar pasar aquella oportunidad de escalar a la cima de Japón… Decidido: Jorge, como el fuerte caballero que es, llevaría todo el rato la mochila y yo me medicaría un poquito para prevenir todo lo posible el dolor de mis rodillas. ¡Fuji, allá vamos! Tomamos la decisión nada más llegar a la habitación de nuestro albergue, así que fuimos a la estación para ver qué autobús podíamos coger para subir hasta la quinta estación, desde donde comenzaríamos nuestra ascensión, y menos mal que lo hicimos en ese momento, porque el último autobús del día salía ¡en 40 minutos! Eso eran las 17:30, por cierto. Habíamos visto horarios más tarde, pero la chica de la taquilla nos dijo que esa era la única opción, así que no tenemos ni idea de dónde se podrán tomar autobuses para subir más tarde.
Corriendo, volvimos al albergue, revolvimos nuestras maletas para cambiarnos y coger todo lo necesario. Íbamos a subir al Fuji por la noche y había que abrigarse bien, pues las temperaturas en verano allí arriba bajan a cerca de los cero grados (nosotros tuvimos 4 grados en la cima). Por cierto, al Fuji sólo se puede subir en julio y en agosto, pues es cuando no hay nieve, así que si queréis subirlo, tendréis que hacerlo en esas fechas y sacrificar los cerezos en flor de la primavera… En fin, mochila para el Fuji: ropa de abrigo hasta el punto de que si puedes llevar gorro y guantes, mejor (nosotros no llevábamos y lo habríamos agradecido), por supuesto palos para andar (en la quinta estación venden unos de madera que te sellan en cada estación, aunque por la noche están cerradas… es un buen recuerdo, pero muy largo para llevar de vuelta en el avión y seguro que mucho más incómodo que unos buenos palos de senderismo), agua y comida, para tener también cuando no puedas comprar en alguna estación y, si subes de noche, por supuesto, imprescindible llevar un frontal. También está bien llevar crema de sol para la bajada por la mañana (a nosotros se nos olvidó y nos quemamos un poquito) y cuenta con que te irás desvistiendo conforme bajes, pues en seguida hace calor conforme bajas si es de día. Otra cuestión que hay que tener en cuenta es que subes a 3776 metros de altitud y que es posible que te falte el oxígeno y te dé el mal de altura. En las estaciones puedes comprar unas botellitas de oxígeno si crees que lo necesitas y verás que siempre hay algunas personas que hacen uso de ellas. A nosotros sí que nos dio un poco el mal de altura, pero no llegamos a usarlas, pues cuando peor nos sentimos es cuando ya estábamos en la cima (allí no podíamos comprarlas, pues estaba cerrado el puesto que hay, que abre después del amanecer). Al principio notamos a ratos presión en la cabeza y algunos mareos (cuidando dónde pisas si te dan, mejor parar un poco), luego más arriba yo noté también algo de presión en el pecho y náuseas, ya en la cima.
El mejor momento para subir a esta cima es, sin duda, por la noche. Sí, puede parecer que no es la mejor idea, pero después de hacerlo así y de ver en nuestra bajada a las 9:00 de la mañana y ya con una buena calorina a la gente que lo subía, estamos convencidos de que tomamos la mejor decisión: al Fuji se sube de noche. Y son varias las razones: en primer lugar, evitas el calor de un sol de justicia que te daría sin tregua durante toda tu ascensión, pues apenas hay un pequeño tramo de bosque entre la quinta y la sexta estación, luego subes por la escarpada ladera volcánica del monte que no tiene sombra; en segundo lugar, eso de no ver lo que tienes por delante para subir ayuda bastante en cuanto a la motivación… ¡mucho mejor para ir pasito a paso y que no decaigan los ánimos!; y, en tercer lugar, tanto las vistas nocturnas durante la ascensión como las del amanecer en el cráter son increíbles, seguramente se conviertan en algunas de las mejores vistas de tu vida. Además, el sendero está perfectamente marcado y hay tanta gente subiéndolo que no tienes más que seguir a los de delante.
Como ya hemos comentado antes, nosotros escogimos la ruta Yoshida para hacer la ascensión, porque es la más suave, aunque claro, también la más concurrida. Esta ruta trepa por la ladera del Fuji zigzagueando como una cremallera en su piel volcánica. La ruta tiene varias estaciones hasta llegar a la cima, pero todo el mundo comienza su ascensión en la quinta estación, pues es hasta donde se puede llegar en coche o autobús. Esta estación está a 2300 metros de altitud. Hasta un poquito más allá de la sexta estación, el sendero es tanto de subida como de bajada, luego el sendero se divide en dos, por lo que subes por un lado y bajas por otro. Esto nos echaba un poco para atrás cuando estábamos decidiendo si subir o no, porque si mis rodillas fallaban pasado este punto, no habría retorno… ¡Afortunadamente no pasó! Tampoco nadie nos habría impedido bajar por el sendero de subida, pero es verdad que habría sido muy difícil, pues es más empinado y rocoso y además te cruzarías con toda la gente que sube, sin mucho espacio para maniobrar en dirección contraria.



Hasta la cima hay 9 estaciones, pero el caminito zigzagueante está lleno de casetas con un espacio en el que puedes descansar un poco, a veces protegerte del viento (según desde dónde sople), ir al baño, comprarte algo para comer o beber e incluso, si has hecho reserva, dormir y continuar tu ascenso más tarde. Lleva dinero en efectivo para poder comprarte bebida o comida e incluso para usar los servicios, pues te piden pagar 200 o 300 yenes.
Como nosotros a las 18:30 ya estábamos en la quinta estación, tuvimos que hacer un poco de tiempo hasta echar a andar, para no llegar a la cima mucho antes de que amaneciera y no pasar demasiado frío allá arriba. En Japón en verano amanece a las 4:30, aunque las primeras luces ya asoman a eso de las 4:00 por el horizonte. Esperamos aproximadamente una hora en la quinta estación, tiempo que aprovechamos para ir al baño, cenar y abrigarnos. Desde arriba, junto a la luna creciente, nos miraba la cima del Fuji… Empezamos a subir demasiado pronto, pero ya no aguantábamos más la espera. A las 19:45 comenzamos una ascensión que nos llevaría 7 horas. Encendimos nuestros frontales y, paso a paso, en medio de la oscuridad, anduvimos primero atravesando un bosque que no se veía. En seguida llegamos a la sexta estación. La primera etapa había sido fácil, muy amena, pero desde la sexta estación, mirando hacia arriba, se extendía una hilera zigzagueante de frontales y de focos de las restantes estaciones que nos esperaban colgando de la ladera. Esta hilera marcaba claramente el ascendente camino que debíamos seguir. Como íbamos muy sobrados de tiempo, teníamos muy claro que íbamos a subir pasito a paso, muy despacio, con calma. El hecho de que la oscuridad sólo te deje ver el suelo delante tuyo que vas a pisar ayuda mucho a subir con esta mentalidad tranquila, meditativa.
Conforme más subíamos, más viento y frío hacía. Sabíamos que si llegábamos al cráter demasiado pronto, pasaríamos mucho frío esperando el amanecer. Así que empezamos a hacer paradas de 10 o 15 minutos cada vez que llegábamos a una de las estaciones o casetas. El frío que comenzaba a hacer en cuanto estábamos más de 5 minutos quietos, tampoco nos dejaba prolongarlas más. Las vistas eran impresionantes. Sobre nosotros se extendía la cúpula del cielo nocturno plagado de estrellas, mirando hacia abajo, nos seguía los pasos el «dragón de luz del Fuji», formado por los cientos de personas que, como nosotros, emprendían aquella noche el camino del Fuji, más abajo se veían las luces de Kawaguchiko y, en la letanía, brillaba un Tokio amarillo.



Finalmente hicimos cima a las 3:00. Atravesamos el tori que te da la enhorabuena en los últimos metros de roca antes de llegar y, felices, contemplamos satisfechos la belleza del paisaje nocturno desde allí arriba. Después comenzamos a andar alrededor del cráter, pues no queríamos quedarnos fríos. Vimos unas máquinas expendedoras (sí, en la cima del Fuji hay máquinas expendedoras) y nos compramos unos cafés calentitos. Había mucha gente tirada sobre unos bancos intentando dormir hasta la salida del sol. ¿Cómo no se morían de frío? Cuando se nos acabó el calor del café, seguimos nuestro camino alrededor del cráter. Estábamos pasando mucho frío…Entonces, por fin, aparecieron las primeras luces en el horizonte, rojas, naranjas… Un mar de nubes blancas había sustituido a los bancos de niebla que por la noche cubrían algunas de las montañas vecinas y ahora tapaban las luces de las ciudades. Estábamos solos en el lugar perfecto en el momento mágico. ¡Lo habíamos conseguido! Al poco tiempo empezaron a pasar frente a nosotros grupos con guías. Les preguntamos si se dirigían a la cima (la parte más alta del cráter) y nos dijeron que sí, así que en cuanto se hizo más de día, seguimos sus pasos y dejamos que el resto del amanecer nos envolviera mientras rodeábamos el cráter, algo que posiblemente nos llevó una hora más. Subimos al punto más alto, nos fotografiamos con la sombre del Fuji reflejada en el mar de nubes, cotilleamos los lagos de la zona a vista de pájaro… Y subimos y bajamos un poco más hasta retornar al punto del cráter en el que habíamos aparecido al principio.



Si bien es cierto que las vistas desde esos 3776 metros de altitud no aburren, el mal de altura cada vez se notaba más y se iba haciendo hora de comenzar el descenso. Desayunamos lo que nos quedaba de comida y nos compramos una placa de madera con el Fuji pintado, una de esas que sirven para pedir deseos en los templos, de recuerdo, pues había un «templo-tienda» que acababa de abrir sus puertas y vendía algunas cosas de este tipo (modo tienda de recuerdos en la cima de un volcán…) Y hecho esto… ¡para abajo! Apenas eran alrededor de las 6:00 y ya parecía pleno día. Todavía había gente llegando a la cima, cansados, exhaustos… a ellos se les podía ver en la cara al llegar… El camino de bajada nos llevó 3 horas. Lo hicimos sin apenas parar, aunque no da mucha tregua a las rodillas. Consiste en una bajada, paralela al camino de subida, de nuevo zigzagueante, pero esta vez no hay roca, sino tierra suelta. La ceniza volcánica acaba cubriéndote entero y se queda de recuerdo dentro de ti al menos por un día más… Cansados, cuando cogimos el autobús de vuelta para bajar a Kawaguchiko nos costaba mantenernos despiertos…





Y bien, ¿qué hicimos en lo que nos restaba de día? ¿Descansar? Pues… ¡no! Después de una necesaria ducha, dormimos un par de horas y luego, medio zombis, nos fuimos a comer. Aquello nos fue devolviendo al mundo real poco a poco y nos dio fuerzas para coger unas bicicletas y pasar la tarde rodeando el lago Kawaguchi, unos 20 kilómetros más de ejercicio. Fue un día precioso y muy completo. Pudimos contemplar orgullosos el Fuji por completo desde abajo y, cuando se hizo de noche otra vez, alzamos la vista y, al ver una hilera de luces en su ladera, pensamos: «hace 24 horas estábamos nosotros allí arriba aportando nuestra gotita de luz». ¡Qué bien dormimos aquella noche en los futones del albergue!




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