Desde Tokio es muy cómodo hacer una excursión a la cercana ciudad costera de Kamakura, pues el mismo metro de Tokio llega hasta allí, aunque el recorrido sea de aproximadamente una hora (dependiendo de dónde te alojes en la capital). Así que muchos turistas optan por dedicarle un día o una mañana e incluirla en su ruta de viaje. Nosotros decidimos dedicarle un día entero, pues era julio, el calor apretaba y nada nos apetecía más que una tarde de playa. Y, ¡sí, Kamakura tiene playa! No es una playa especialmente bonita, pero es agradable y es un gran alivio si viajas en verano eso de poder refrescarte y relajarte un poquito con un bañito (caliente, eso sí) en las aguas del Pacífico. Cualquiera diría que en una playa tan cercana a la gran ciudad de Tokio habría muuuucha gente, ¿verdad? Bueno, pues no es así. Aquí se evidencia el poco gusto que tienen los japoneses por las playas y ese terror al sol que les lleva incluso a cubrirse los brazos con calentadores en verano. En este caso, tanto mejor para nosotros, pues era la segunda vez que íbamos a la playa en este viaje y, aunque sí que había gente, estaba tranquila, tranquila. Por cierto, esta playa de Kamakura a la que fuimos a pasar la tarde se llama Yuigahama. Es una playa muy larga y está llena de chiringuitos, así que resulta muy cómoda e incluso puedes acabar la tarde tomándote algo al atardecer.

Pero bueno, en realidad nadie habla de la playa cuando se habla de Kamakura, pues… ¿cuál es el interés turístico que tiene esta ciudad? Una vez más, sorpresa, sorpresa… ¡los templos! Kamakura tiene numerosos templos budistas para visitar, por lo que hay quien la llama «la pequeña Kioto». Nosotros, que ya veníamos un poco empachados de templos, decidimos visitar sólo 4 de ellos: el templo Hase-dera, el templo Kotoku-in, el de Hachiman-gu y el de Hokoku-ji. Para movernos de uno a otro, en algunos casos cogimos el autobús (todas las líneas que necesitábamos salían de la estación de autobuses, junto a la de tren) y en otros casos fuimos andando. Aunque se puede hacer todo andando, si el calor aprieta o ya venimos un poco cansados de mucho trote diario, el autobús puede agradecerse. Kamakura tiene también una céntrica calle peatonal con muchas tiendas de recuerdos y restaurantes que se llama Komachi.

La verdad es que todos estos templos son pequeñitos y se visitan rápidamente. Si somos sinceros, tampoco nos llamaron especialmente la atención, pues otros templos que habíamos visto con anterioridad nos gustaron mucho más, así que, si no hubiera sido por la oportunidad de combinarlo con una tarde de playa, quizás no lo recomendaríamos. El templo que más nos gustó y que sí nos pareció realmente bonito fue el de Hase-dera, con numerosas estatuillas pequeñitas (las estatuas jizo), que sirven como ofrenda por el alma de los niños no nacidos o fallecidos. Este templo también contiene la mayor estatua de madera de Japón, que apareció cerca de Kamakura en el mar, después de que el monje que la talló allá por el año 700 la hubiera lanzado al mar como ofrenda, tras haber dejado su estatua gemela, tallada del mismo árbol, en Nara. Así que este templo se construyó para albergarla. Desde lo alto de este templo también se pueden contemplar los tejados de Kamakura, la playa Yuigahama y el océano.

En el templo de Kotoku-in puedes ver el Buda gigante, pero no hay ningún templo (como edificio) que visitar en realidad. Y el templo de Hokoku-ji, aunque muy pequeñito, es un rincón muy tranquilito con un pequeño bosque de bambú que es agradable. Por supuesto, nosotros sólo podemos hablar de los pocos templos que visitamos en una mañana en Kamakura. Es posible que la experiencia valga más la pena visitando otros templos que nosotros desconocemos. Eso no lo podemos saber… Sólo sabemos que, hecho esto y después de llenar la tripa, nos fuimos a la playa hasta que atardeció. Momento en que un chiringuito de madera nos acogió para finalizar una relajada tarde de verano. Nos la teníamos bien ganada después de tanto andar estos días…

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