Nikko es un lugar que sin duda merece la pena visitar. Nosotros fuimos allí desde Tokio, en una excursión de un día y, aunque hubo momentos en que empezamos a arrepentirnos de haber decidido ir, pues llegar nos costó más de 2 horas con varios transbordos y trenes que se nos escapaban en las narices, al llegar allí nos dimos cuenta de que había merecido la pena.
Ir a Nikko, que se encuentra al pie de escarpadas montañas, muy boscosas como todas las que hemos visto por Japón, significa ir para visitar el templo de Toshogu. Este templo, que es precioso en sí, ve acrecentados sus encantos por el lugar que ocupa, en un bosque de imponentes cedros. El lado negativo es que había muchos turistas visitándolo y, entre ellos, varias excursiones de colegios. Aun así, su belleza te capta y puedes dedicarle un buen rato para pasear entre sus distintos edificios y contemplar sus ornamentos de colores.









Sin embargo, Nikko no es sólo el templo Toshogu. La ruta Takino es un paseo de 5 kilómetros que te lleva a través de este impresionante bosque de cedros de un templo a otro, pasando por pequeños altares y una pequeña cascada. Nosotros no entramos a todos los templos, pero visitamos también el templo Taiyuin y nos gustó casi incluso más que el de Toshogu, pues tiene un estilo similar pero apenas hay turistas en él, así que uno se encuentra inmerso en un rincón mágico del bosque. En nuestro caso, además, estaba empezando a llover (una lluvia suave que agradecimos mucho) y el día gris junto al canto de los pájaros del bosque dotaba a aquel rincón y al resto del camino que hicimos de un toque especial.








Terminamos la ruta Takino de vuelta en el Puente de Nikko, que es el icónico puente rojo que antaño marcaba la entrada a la zona sagrada de Nikko, salvando un precioso río de aguas turquesas. Hoy en día hay que pagar para cruzarlo, así que nadie lo hace y todos lo contemplamos desde enfrente. El lado bueno de eso es que siempre lo puedes ver vacío. Eran ya las cuatro de la tarde y aún no habíamos comido, así que bajamos la calle principal buscando un restaurante. De repente, todos los turistas habían desaparecido y muchos establecimientos estaban cerrados. En realidad, lo cierto es que desde que nos alejamos un poco en nuestra ruta subiendo la montaña (haciendo la ruta Takino), nos cruzamos con muy poca gente.
Después de comer, aunque nos habría gustado poder conocer también la ruta Kanman, que es otro camino que transcurre junto al río y seguro que es igualmente precioso, vimos que ya se nos hacía tarde para ello, pues aún nos quedaban dos horas de viaje para volver a Tokio… Así que en este punto tuvimos que decirle adiós a Nikko.
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