LOMBOK, ENTRE SELVA Y ARROZALES

Nuestro plan, en principio, incluía tres días para visitar la isla de Lombok, que ya de por sí era poco tiempo, pero nuestros pequeños cambios en la ruta nos dejan sólo dos días para estar en ella. 

Esta isla se parece físicamente a Bali, pero sin que el turismo haya hecho estragos aún en ella. No podemos hablar con la boca muy grande porque apenas nos da tiempo de conocer la zona de Tetebatu, pero sí es cierto que la selva y los arrozales que encontramos aquí, a las faldas del imponente volcán Rinjani, nos traen recuerdos de Ubud, en Bali, sólo que sin apenas turistas, sin bares, restaurantes ni hoteles y sin tiendas de recuerdos. Vamos, mucho más auténtico. Sin embargo, aunque parezca extraño, durante la primera tarde allí nos sentimos muy presionados a comprar y un poco timados allá a donde vamos.

Nos alojamos en un hotel de bungalows al que se accede por un sendero y está entre selva y arrozales. El enclave y el alojamiento en sí es, sin duda, precioso, una maravilla. Los colores en toda la zona son brillantes, con el verde y el rojo de las flores predominando. 

El hotel nos había arreglado un servicio de recogida del aeropuerto, que luego nos damos cuenta de que nos cuesta el doble que un Grab. Al llegar nos explican las excursiones que ofrecen, pero dejan algunas que nos interesan apenas sin mencionar e insisten mucho en las que por lo visto les interesan a ellos. Finalmente, nos convencen para hacer esa misma tarde un recorrido por algunos pueblos Sasak de Tetebatu y enseñarnos cómo tejen las mujeres. 

Esta excursioncilla, de 3 horas, nos cuesta 20 € (lo cual nos resulta bastante caro en proporción a lo que hemos pagado en otras ocasiones) y consiste en un paseo por varias tiendas de artesanía en las que nos sentimos bastante obligados a comprar algo. Nada de pueblos de antaño. Nuestro guía, que ha traído también a su hijo de 4 años, nos lleva a tiendas situadas en pueblos muy auténticos, pero modernos. 

La situación de llevarnos de tienda en tienda pensando sólo en nuestros bolsillos nos desagrada tanto que tras la segunda tienda le decimos a nuestro guía que si el ir a otro pueblo (o más bien, tienda de artesanía) supone que vayamos a tener que comprar, mejor que no nos lleve. Entonces él nos propone llevarnos a una cascada, a lo cual aceptamos. Está claro, por lo tanto, que nos estaban obligando a comprar en las tiendas, algo que ya nos había quedado claro con su mirada cuando en la segunda tienda nos habíamos negado a comprar. Muy, muy desagradable. 

Por quedarnos con algo bueno de esto, diremos que ciertamente vimos el proceso real de creación de los sarong y otros tejidos. El dueño de la tienda de telas nos llevó por las casas donde las mujeres tejen y nos explicó muchas cosas. Aunque era domingo y la mayoría estaban de fiesta, por lo que había sólo un par de casas con mujeres tejiendo. Esto te hace ver que la situación al menos es real. Y en la segunda parada, que fue en una tienda de alfarería, nos dejaron hacer un cenicero de barro, para aprender con la artesana. 

Por otro lado, durante el camino el guía nos explicó muchas cosas sobre las cosechas que veíamos a ambos lados de la carretera. Así como sobre la decoración y las procesiones que veíamos ensayar a muchos niños de cara a la celebración del día de la independencia, el próximo 17 de agosto. Por todas partes se ven casas, escuelas y mezquitas en construcción. En Lombok es muy visible que siguen reparando los estragos del terremoto de hace exactamente un año, en verano del 2018.

La parada final que nos hace en la cascada de Joben resulta poco impresionante. Hay que pagar para entrar (precio menor para los locales), pero apenas son unos céntimos de Euro. Se trata de una zona con merenderos y piscinas sucias que se llenan del agua de una pequeña cascada cuyas aguas salen de la tierra y de los árboles y de las que se dice que son medicinales. Allí puedes ver monos y gente de la zona bañándose con ropa bajo el chorro de agua. Aunque parece que allí la atracción turística somos nosotros… Prueba de que no deben de pasar muchos occidentales por ahí.

Visto lo visto, decidimos no contratar nada más con este hotel. Así que para el día siguiente buscamos una excursión con otro guía, Jonny (http://www.jonnytourguide.com/ ) que nos ofrece mejor precio. ¡Y qué gran acierto! Jonny hace que nuestra experiencia en Tetebatu cambie radicalmente.

El personal de nuestro hotel, además, es muy intrusivo. No sabemos si serán sólo ellos o si hay una pequeña mafia en el pueblo, pero cuando les decimos que no necesitamos más transporte con ellos o que la excursión del día siguiente la vamos a contratar con otra persona se ponen muy serios y no dejan de preguntarnos con quién lo hemos contratado.

Para poner la guinda a nuestra estancia en ese hotel (Sama Sama Bungalows, por cierto) pasamos la peor noche del viaje: hace un frío que pela, las almohadas (aunque un poco como en todo Indonesia) están tan duras que dan dolor de cabeza y las mezquitas cercanas empiezan a cantar cuando aún es de noche (4:30, posiblemente) y se pegan así unas cuantas horas, a las 7:30 estamos desayunando y aún siguen en ello… Resultado: decidimos abandonar ese lugar, aunque perdamos la segunda noche que teníamos reservada.

Así que pagamos nuestra estancia después del desayuno y echamos las mochilas al coche que viene a recogernos. Tras la excursión de hoy, uno de los colegas de Jonny nos llevará hasta el nuevo hotel que hemos reservado, cerca del aeropuerto, en Praya.

La excursión con Jonny, un amigo suyo, otros dos turistas holandeses y un perro que se nos une por el camino, dura de 9:00 a 15:00, aproximadamente, y nos cuesta unos 8 € por cabeza. La entrada a las cascadas está incluida en el precio, así como un café a media mañana para hacer un alto en el camino. Pero la comida corre de tu cuenta.

La ruta es todo un paseo a pie por las terrazas de arrozales, las cascadas de Burung Walet y Kokok Duren y el Monkey Forest. ¿Es algo que podrías hacer por cuenta propia sin pagar a un guía? Sí. Pero seguramente te perderías y no encontrarías ninguna de las cascadas. No hay nada señalizado hasta que no estás junto a ellas y los paseos por los bordes de las terrazas de los arrozales son laberínticos.

El camino a veces se pone complicado: puentes de bambú inestables o que se rompen, escalones muy altos, senderos muy estrechos, barro, piedras, agua, subes mucho, bajas mucho… El verde reluce a tu alrededor y cuando estás en campo abierto puedes ver el Rinjani al fondo. Palmeras, flores, arroz, maíz, tomates, cocos, perros, gallos, polluelos, gatos, arañas, lagartos, agua… Por los campos vemos a gente trabajando. Todo el mundo conoce a Jonny. Unos hombres están sacudiendo el grano de arroz y nos dejan probar a hacerlo nosotros. Pasamos por las casas de los campesinos (a veces más estables, a veces cabañas de bambú) que viven allí mismo entre los arrozales y todos nos saludan. Las niñas nos piden bolígrafos. Más tarde nos explican que los quieren para fardar en el colegio diciendo que su bolígrafo es de no sé qué país y que se lo ha dado un extranjero. ¡Una pena que no tengamos ninguno para darles! 

Todo el mundo es increíblemente amable. Pasamos un buen rato charlando también con el tío de Jonny y unos amigos suyos mientras nos tomamos un café. Toda la excursión es relajada, divertida y familiar.

Durante todo el paseo, nos cruzamos con algún pequeño grupito más como el nuestro haciendo lo mismo. Pero estamos prácticamente solos. ¡Qué auténtico placer poder conocer un lugar sin estar rodeado de más turistas!

Cuando visitamos las cascadas nos topamos con otro grupito en la de Burung y con nadie en absoluto en la de Kokok.

Ambas cascadas tienen una poza para bañarse. Jorge se ha traído bañador pero yo, por desgracia, con nuestra huida repentina del hotel, me lo he dejado en la otra mochila, así que me quedo con las ganas.

La cascada de Burung es una de esas como encerradas en un agujero de roca y raíces chorreantes a la que llegas tras andar un rato chapoteando sobre el agua por un pequeño cañón. No es una de esas cascadas impresionantes, pero es muy bonita.

La de Kokok está más abierta y como no hace tanto fresco invita más al baño.

Después de comer, terminamos la ruta en el Monkey Forest. Es curioso cómo aquí la vegetación cambia radicalmente y de repente nos vemos inmersos en un tupido bosque verde casi como los que tenemos en Europa. Desde este sendero se puede emprender la ruta al volcán, nos cuenta Jonny. Andamos un rato pero no se ven monos. Nuestros guías los llaman. Por fin, vemos moverse las copas de los árboles y allí están, bien arriba, los grandes monos negros. Saltan un rato de lado a lado, se hacen un pis… Es entretenido observarlos un rato, pero no bajan y se les ve de muy lejos. 

Y con esto tenemos que decir adiós a la preciosa zona de Tetebatu. Nos quedamos con ganas de volver y terminar de explorarla.

Si venís a esta zona y tenéis tiempo, lo ideal debe de ser hacer la ascensión al Rinjani, pero requiere dos días y nosotros, por desgracia, ya no tenemos tanto tiempo para pasar aquí.

Es media tarde y ya estamos en el hotel de Praya, junto al aeropuerto, sin nada que hacer. Pues… nos vamos a dar un paseo al pueblo más cercano. Ni idea del nombre. Por el camino todo el mundo nos saluda: «Hello! Hello Mister! What’s your name? Where are you from?» Entre los niños de Tetebatu y todos los habitantes de este pueblo sin nombre, se nos seca ya la boca de la de veces que habremos repetido «hello» a diestro y siniestro. Parecemos ministros. O «los Brangelina» , yo qué sé.

Tres chicas se nos acercan. Dos no hablan y la tercera no calla. Habla inglés muy bien. Nos saluda, nos pregunta de dónde somos… Charlamos un poco y nos cuenta que hoy se han puesto guapas para una ceremonia y que les gustaría hacerse una foto con nosotros. Por supuesto. ¡Cómo no! Un grupo de mujeres que parece una bandada de loros, vestidas con tantos colores chillones que sólo conjuntan entre ellas, han visto la escena y ellas también quieren una foto con los extranjeros (según nos traduce la chica que habla inglés). Por supuesto nosotros también queremos un recuerdo. 

El camino sigue y más gente se para a hablar con nosotros. Un motorista se baja de la moto. Quiere ser profesor de inglés y nos cuenta su vida… Bueno, el pueblo es feo, sucio e incómodo para andar, sin aceras. Obviamente tampoco encontramos ningún lugar donde poder tomarnos algo, que era nuestro objetivo principal. Pero volvemos al hotel sorprendidos y divertidos.

Al día siguiente nos queda una mañana libre, antes de coger por la tarde el avión que nos llevará a Yakarta. De modo que, como tenemos playa a media hora, pedimos un Grab, cogemos toallas y nos vamos a la playa de Pantai Selong Belanak. Simplemente porque es la que más cerca nos pilla. Y resulta ser un lugar precioso, con una extensísima playa de arena blanca y aguas turquesas. Es perfecta para el baño, porque el fondo es de arena. No hay demasiada gente y, además, puedes perderte a lo lejos donde no hay nadie. También hay una zona de chiringuitos llena de escuelas de surf. La playa tiene rachas de olas perfectas para principiantes. El agua está llena de gente aprendiendo a cabalgar las olas.

Así nos despedimos de Lombok.

Nuestro viaje continúa en Yakarta

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